Pulir al Usuario

Mira alrededor, de todas las creaciones humanas ¿cuál es la que más afecta la forma en la que vives? De todas las invenciones, adelantos, innovaciones, formas de pensar ¿cuál es la que está presente hasta en lo más íntimo de tu vida diaria? Algunos dirán que es la cultura imperante, cuyo efecto es innegable, pero aún dentro de una cultura establecida hay espacios de “autonomía”.  Otros dirán que son los cambios sociales, las políticas públicas del momento o la forma de hacer negocios lo que más orienta la manera en que vivimos. Cada una de esas áreas sin duda aporta un marco (a veces infranqueable) dentro del cual la acción humana, la individual y la colectiva, están situadas. Sin embargo hay un factor que va aún más allá: la tecnología.

La tecnología nos dice CÓMO HACER, y la mayor parte del tiempo ni siquiera notamos que estamos “obedeciendo”.  Desde mi forma de trasporte, pasando por el cómo producimos y conseguimos nuestros alimentos, hasta la Internet, todo nos dice “cómo hacer”. Si quiero picar leña para el invierno puedo recolectarla y usarla tal como la recogí, puedo partirla con un hacha, puedo usar una sierra eléctrica o simplemente puedo ir y comprarla ya lista. En cada uno de esos escenarios el nivel tecnológico que se tenga disponible definirá el “cómo”, al final del día obtendré la leña, pero el camino hacia ello puede ser muy diferente. Nuestros haceres y las habilidades que estos nos piden para ejecutarlos están predeterminados por la herramienta que poseamos en el momento. Hemos puesto en desuso algunas habilidades, así como hemos desarrollado otras que teníamos dormidas, por el simple hecho de usar (o no usar) alguna tecnología.

Puede ser juntar leña o mandar un mensaje. Puede ser alimentarse o consumir un contenido visual como una serie o una película. La tecnología y las formas de hacer que ella señala,  finalmente serán las formas de hacer que el usuario adoptará, sin cuestionarlo, por mera costumbre. Porque el ser humano es un animal obediente.

Usar una herramienta tiene beneficios innegables, pero también tiene un precio, y el precio es ¿qué habilidades, que parte de mí mismo, estoy adormeciendo porque eso que podría hacer yo lo está cubriendo una herramienta tecnológica? ¿Qué parte de mi ser no estoy expresando porque una “aplicación” lo hace por mí?

Hoy, si quiero comunicarme con alguien, no iré al correo a conseguir sellos, ni utilizaré tiempo, ni lápiz ni papel. Simplemente mandaré un mensaje de texto. El ahorro en tiempo es innegable. Si quiero entretenerme, lo más probable es que no saldré al cine, ni saldré a comprar un DVD, sino que me conectaré a alguna pantalla y abriré algún servicio de “streaming”.  La tecnología le ha ahorrado enormes cantidades de tiempo y esfuerzo al ser humano, pero en lo que nadie repara es ¿qué estamos haciendo con esa energía y tiempo que estamos ahorrando? ¿A dónde va? Probablemente, el tiempo que ahorramos con no salir de casa al cine o al teatro lo usamos en ver una segunda película, o un segundo capítulo de la serie del momento.  El tiempo que ahorramos al no ir al correo, lo usamos en mandar más mensajes a la misma u otras personas. Al final del proceso, efectivamente ahorramos tiempo, esfuerzo y energía, pero no notamos que no estamos haciendo “algo nuevo” con ellos, estamos simplemente volviendo a meterlos al mismo sistema tecnológico que nos permitió ahorrarlos en primer lugar. Lo estamos alimentando en vez de tomar la “ganancia” y ponerla en otra cosa.

No soy un anti-desarrollo, ni estoy en contra del avance técnico. Lo considero parte de nuestra propia evolución, es una expresión de esa capacidad de crear que tenemos como especie. Pero si estoy a favor de desarrollar, a la par con nuestras herramientas, al usuario de las misma.

La tecnología es maravillosa, es incluso una extensión,  una materialización de la capacidad imaginativa del ser humano. El punto es que el límite entre “usar” y “ser usado” es muy difuso. Sin “usuarios” las redes sociales no existirían ¿quién usa a quién para sobrevivir finalmente, el usuario o la red?

Nuestro desarrollo tecnológico no avanza a la par con el desarrollo del usuario. El  conocimiento se puede “tomar prestado” de otros (a veces incluso cayendo en la ilusión de que es propio). La técnica y las herramientas que produce el conocimiento se pueden utilizar sin haberse esforzado o trabajado para generarlos. Sin embargo, nuestro desarrollo humano no se lo podemos pedir prestado a nadie, y esto es importante, ya que el usuario de la tecnología es un ser humano, y en la mayoría de los casos, ese usuario es un niño inocente.

En el frágil equilibrio entre usar y ser usado por la tecnología hay que poner énfasis en mantenerse humano. Esto significa poner atención en vivir en lugar de simplemente ser vivido. Pulir al usuario finalmente se trata de entrenar la voluntad, es decir, ser UNO el que haga, decida y use, y no la máquina ni la herramienta de turno. Significa observar que hábitos se tienen respecto al uso de la tecnología (y de cualquier otra cosa) porque “ser vivido” se trata de eso, de hacer cosas creyendo que se está actuando, cuando solo estamos respondiendo a un comportamiento habitual del cual no tenemos conciencia. Esto es justamente lo que le puede hacer una máquina, herramienta o pantalla al ser humano: imponerle una forma pre determinada de hacer, una vía a seguir, un hábito, una forma de disponer de su tiempo y su energía, del cual no somos conscientes simplemente porque la máquina tiene una forma de funcionar y la asumimos como natural y hasta “propia”.

Nadie quiere ser exiliado. Hoy en una ciudad híper conectada, quién no ve las series del momento prácticamente queda fuera de los temas de conversación. Quién no tiene aplicaciones de mensajería en su celular, poco a poco va siendo marginado de las comunicaciones. Sin embargo, quizás ese exilio voluntario y medido sea hasta necesario  y parte del entrenamiento para no perder la humanidad. Nadie quiere ser exiliado pero, ¿será saludable pertenecer, participar y nutrir un funcionamiento social basado en el entretenimiento, la distracción y el desarrollo desenfrenado a cualquier precio? Ciertamente “padecer” cierto nivel de exilio, vivir un poco al margen de esos lineamientos puede ser necesario. (si se hace la experiencia de dejar de usar aplicaciones de mensajería, ciertamente tendrás menos “conversaciones”, pero al mismo tiempo notarás que te contacta la gente que realmente tiene algo que decirte. Al final te verás con menos información basura que atender y con más tiempo para ti)

Pero no se trata solo de aplicación de celular y pantallas. Un ser humano que vive de manera mecánica puede adormecerse ya sea que use un lápiz, una tarjeta de crédito, una aplicación de celular o una tostadora de pan. Poner énfasis en mantener despierto y atento al usuario nos conducirá a ese desarrollo que verdaderamente nos llevará a ser quienes dirijamos el curso del hacer maquinal, en vez de someternos a las formas impuestas por una simple aplicación de teléfono. No es la cosa, es cómo y para qué se la usa.

El cuarto camino

“…esa idea del despertar se convierte fácilmente en un sueño más. Buda era el despierto, y vemos esto como una adquisición definitiva, lejana, superior, que no está al alcance de cualquiera y entretanto seguimos durmiendo. Pero el que siente que sigue durmiendo y tiene ganas de despertar, no sueña con Buda, sino que busca en su atención.
Pero la atención permite la auto conciencia por un instante, y vuelve a caer, y solo un trabajo de muchos años puede fortalecer esa atención (por eso a esto se le llama un trabajo), de manera que se pueda llegar a una relativa continuidad de esa atención, sino estamos constantemente cayendo en el sueño sin darnos cuenta, porque seguimos  hablando de todas estas técnicas y teorías, y seguimos soñando”

 

Cultura y personalidad como herramientas para la expresión de lo que somos.

“La cultura no es tu amiga, la cultura es tu sistema operativo” Terence McKenna

Bajo la personalidad yace el Yo Real (Yo Soy). Es esa “actividad consiente siendo” lo que verdaderamente uno es. La personalidad es útil, es nuestra interfaz para actuar en esta realidad física en la que estamos pero, tal y como los iconos del escritorio de tu computadora no son la realidad de tu computadora, tu personalidad no es tu realidad última. Los iconos son útiles, nos ayudan a actuar, ordenan la información y tienen lo que podríamos llamar una realidad secundaria. Mientras uno esté aquí se verán como lo suficientemente reales y hay que considerarlos como si lo fueran. No podemos ignorar una señalética de peligro, por muy simbólica que sea, por mucho que sepamos que es una “realidad secundaria”, porque una parte de ti mismo está justamente compartiendo ese mismo nivel de realidad. (Como escuché por ahí alguna vez, el icono de la papelera de tu ordenador es solo una interfaz, algo simbólico, pero por muy simbólico que sea, no se te ocurriría poner ahí una carpeta con algo que has estado haciendo durante semanas, porque aunque eso sea una realidad secundaria, va a tener un efecto bastante “real”)

Con la cultura pasa lo mismo. La cultura es a la sociedad lo que la personalidad es al individuo.  Son capas de “adornos” o “aplicaciones” que se sobreponen a la sociedad (que es una trama de relaciones actuando en interdependencia).

La cultura entonces es una realidad terciaria (por seguir usando el mismo lenguaje), y tiene el mismo nivel de realidad que la personalidad en ese sentido, y está en relación de mutua influencia con ella. Mientras estemos dentro de una cultura será para nosotros “real”, y es ilusorio querer negar o ignorar sus efectos.

Así como hay “adornos” de la personalidad más “saludables” que otros, también hay manifestaciones culturales más saludables que otras. Nadie negaría, por ejemplo, que la no-violencia, el no-machismo, el consumo responsable de los recursos son más sanos que sus opuestos.

Tanto las etiquetas ( o definiciones) de la personalidad como de la cultura conducen cada una a un lugar distinto, nos ponen en contacto con experiencias, situaciones y personas diferentes. El hincha del futbol va hacia una dirección y el repetidor de frases espirituales va hacia otro lado. (Hago énfasis en que la etiqueta que nos ponemos nos conduce a lugares distintos, no haré juicios de valor para decir cuál es “mejor” o peor”, todo depende de a dónde uno quiera llegar. Si yo quiero ir al estadio a ver un partido, no me sirve ponerme la etiqueta de ratón de biblioteca, porque esta última me conducirá probablemente a una librería y no al estadio, por lo tanto no me sirve para lo que yo quiero hacer en ese momento)

El punto es que nos haría bien ir más allá  (si usted se interesa en todo esto, por supuesto. Si no hay interés, no le haría bien, en el sentido de que no le sería útil para llegar a dónde usted quiere ir) Hay que ir a la naturaleza profunda de las cosas, al proceso, al Yo Soy, a la actividad de la vida siendo.

Aquí es dónde hay que abrazar las contradicciones: ambas cosas tienen su existencia y ambas son “reales” (tanto la realidad secundaria y terciaria como la naturaleza profunda de las cosas, la esencia) “La forma es vacío, el vacío es forma”. Negar una es negar la otra, una se sustenta en la otra. Venimos de allí mismo a dónde nos dirigimos.

Vivimos “a medias” tanto si negamos el plano material como si negamos el plano verdadero. Ambas actitudes son parciales, polares, y por lo tanto nos alejan de la unidad, de nuestra verdadera esencia.

Querer ser “puro espíritu”, es querer estar allá cuando se está aquí. Querer vivir ilusionado, engañado por la realidad relativa del mundo material (la personalidad y la cultura) también es querer estar en la mitad de la experiencia, es vivir a medias.

Lo importante es saber que se está al medio, siendo parte de ambas realidades, al mismo tiempo.

Dedicar la vida, por ejemplo, a la transformación cultural sin ocuparse del funcionamiento del estar siendo también es parcial, es adornar la realidad terciaria de la cultura con más “aplicaciones”, pero que sirven solo a ese nivel. ¿Qué pasaría si avanzamos creando buenas y útiles aplicaciones, pero nos engatusamos con ellas, como quién se hace prisionero de su teléfono porque cree que lo controla, que le da lo que quiere, que le ayuda a vivir?

Avanzar “solo” culturalmente, sin indagar en nuestra estructura psicológica, sin experimentar el estar siendo, es vivir a medias. Todo avance tecnológico/cultural es una herramienta que será utilizada por un usuario ¿qué sucede si el usuario es psicológicamente un niño o un adolescente? Probablemente solo usará dicha herramienta para satisfacer los deseos de esa parte animal/mecánica que todos tenemos dentro, y esto ¿a dónde conduce? A dónde siempre ha conducido el buscar satisfacer los deseos: a la competencia, al conflicto y a un continuo estado de distracción, un constante estar “entretenido”.

Cuando se visitan culturas distintas ocurre un shock. Si se está atento, se nota que la cultura es solo un “sistema operativo” del ser que está siendo, el tema es que lo olvidamos rápidamente, y en la mayoría de los casos tomamos alguna aplicación de la cultura visitada (o leída, o vista en una película o serie) y la hacemos “propia”, aumentando así en un capa más nuestra personalidad.  En vez de comprender la naturaleza del funcionamiento, creemos ilusoriamente que nos hemos expandido porque aprendimos un nuevo idioma, una idea nueva, una forma de vestir, hasta una forma de pensar, Pero en el fondo solo hemos agregado una etiqueta más a nuestro conglomerado de relaciones internas.

Hay que hacer la salvedad, eso sí, de que expandirse culturalmente si tiene beneficios. No podemos negar que al aprender un nuevo idioma o concepciones del mundo distintas a la propia tiene un efecto en la expansión. Se le da a la esencia una herramienta más a través de la cual expresarse. Hasta la trama de relaciones neuronales del cerebro se modifica al aprender una lengua extranjera. La sutil diferencia está en que lo importante es la expansión que se experimenta al adquirir nuevas herramientas de expresión, no la herramienta misma. Por ejemplo, una persona que domina muchos idiomas puede identificarse con su naturaleza de políglota, o usar esas distintas formas de expresión lingüística para recordarse a sí mismo que su naturaleza profunda es amplia, y tan amplia que hay cosas que en un idioma no puede ni siquiera expresar y por eso necesita varios. Insisto, recordar el proceso, no pegarse en la etiqueta.

Lo relevante es el proceso de expresión a través de las herramientas, y no las herramientas instaladas en nuestra personalidad. En el apego a la máscara me pierdo el recordarme, me pierdo el llevar la atención sobre el que está siendo. Una persona “poco culta” haciendo actividades muy sencillas puede estar más consiente de sí misma que alguien muy leído y muy viajado que solo acumula etiquetas para adornar la personalidad.

Hacer cosas nuevas, romper hábitos, visitar lugares en los que nunca se ha estado nos es útil a modo de alarma, algo que nos recuerda el no identificarnos. Actúan como desprogramadores, pero es curioso observar cómo, con la repetición inconsciente, eso que alguna vez actuó de desprogramador, solo pasa a ser parte de un nuevo programa, y en este punto hay que empezar otra vez. Pareciera ser que nunca se puede decir “he llegado”, constantemente debe haber un nuevo hábito que romper, algo que aprender, para en ese hacer recordarnos a nosotros mismos como “el que está siendo”. Caer en actitudes mecánicas y repetitivas es algo que está siempre cerca, y por eso la observación de si debe ser constante.

Estándar

Dios me libre de una vida estándar,
con fotos estándar,
vacaciones estándar,
opiniones estándar,
con gustos estándar que se satisfacen en el mall.

Dios me libre incluso                                                                                                                                       de concebir a un dios promedio
que recibe peticiones                                                                                                                                   sacadas de catálogo de supermercado

Que me libre también
de querer salir del estándar de manera común.
de quejarme sin gracia
de creer que si, cuando no.

Dios me ayude
a dejar de pedir ayuda de manera promedio
pero,
por sobre todo
líbrame de creer que soy distinto
cuando solo disfrazo mi personalidad estándar
bajo capas de cosas
que no son yo.

¿Qué estás comprando?

¿Dónde está tu atención y tu energía?

Curiosamente, al tratar de responder esta pregunta, surge en mi mente una asociación que a esta altura es innegable. Esa pregunta, concerniente a nuestra intimidad,  a nuestro tiempo, atención y energía no es separable de la pregunta “¿Qué estás comprando?”

El dinero no es distinto al tiempo que invertiste para conseguirlo, nace de ahí. Cuando pagas por algo, en realidad estás intercambiando tu tiempo de vida por un producto o servicio. Lo irónico es que llega un punto en la vida económica de una persona en la que uno se da cuenta de que el “producto” más valioso es el tiempo, y entonces se hace evidente que el sistema está basado en una idea ridícula: pagas con tu tiempo el dinero que te permitirá comprar más tiempo. Vas detrás lo que tenías cuando empezaste.

Los intercambios son naturales. Incluso cuando cultivas tus propios alimentos tienes que “invertir” tiempo y trabajo para obtener un producto.  Las perversiones empiezan cuando el dinero se convierte en el fin en sí mismo,  se transforma en motor, incentivo y destino. Entonces aquí es dónde la pregunta inicial cobra aún mayor importancia:  ¿Dónde está tu atención? ¿Dónde se está yendo tu tiempo? ¿En qué estás invirtiendo (o malgastando) tu energía? ¿Dónde estás tú?

Tal y como están las cosas en nuestras sociedades basadas en el consumo, una de las pocas libertades que nos quedan es “elegir” dónde poner nuestro dinero (y hasta por ahí no más). Es triste, pero la “libertad” (vista desde dentro del sistema) se limita a elegir que comprar dentro de un set preestablecido de opciones (Opciones que dicho sea de paso muy poco tienen que ver con lo que necesitamos)

Estamos tan acostumbrados a ejercer ese tipo de “libertad”, que ya no cuestionamos su modo de operar, ni su origen, mucho menos nos quitan el sueño sus consecuencias.

Hacerse preguntas del tipo ¿a dónde va a ir a parar esta energía? ¿La fortuna de quién estoy engordando al comprar tal o cual producto? ¿Quién está detrás de este “contenido” por el que estoy pagando? Son necesarias de formular.

Por estos días, cientos de miles de personas se han volcado a las calles de la ciudad donde vivo para protestar en contra del sistema de pensiones. Expresar el sentir es más que necesario. Para los países como Chile, que vivieron largas dictaduras, el derecho a manifestarse libremente tiene quizás una connotación  aún mayor, y ejercer ese derecho es sin duda necesario. Pero después de ver las imágenes de las calles de muchas ciudades llenas, me hice una pregunta ¿Cuántas de esas personas se pasaron al Mall después de manifestarse? Que es lo mismo que preguntar ¿cuántas de esas personas fueron “voluntariamente” a alimentar las fortunas del mismo grupo de gente contra el que estaban protestando? (Quizás familiares, amigos o socios de los dueños de las AFP)

Cuando nos fuerzan a poner nuestra energía/dinero en un fondo que será administrado por otros, cuando te obligan a alimentar con tu vida/tiempo un sistema que le saca “ganancias” al fruto de tu trabajo, se hace evidente que algo no anda muy bien. Pero cuando tienes la capacidad de elegir “libremente” si compras tal o cual cosa, la compras igual, sabiendo que estás alimentando los bolsillos de los mismos que, por otras vías, te obligan a alimentarlos.

Insistiré en algo: tal y como está formulado el sistema, la única libertad que nos va quedando es elegir dónde poner la plata. Elegir que comprar y dónde comprarlo. Podemos reclamar todo lo que queramos ( e insisto en la validez de esta vía), pero a fin de cuentas nuestro campo de acción verdadero y concreto son nuestras acciones cotidianas.  Si al momento de decidir que comprar tu elección sigue alineada con el engorde del mismo grupo de capitales, entonces la “protesta” se desinfla, se queda en vociferación callejera, porque cuando pudiste ACTUAR en el día a día, a nivel local, ahí no ejerciste tu derecho a decir “NO”, y una vez más, esta vez de forma “voluntaria” alimentaste eso contra lo que tanto te quejas.

El tema es complejo, porque en cierta medida, somos el mismo engranaje de la maquinaria que nos está drenando la vida. La construcción de algo más  “saludable” tiene que darse en forma paralela al como ya estamos viviendo, y desde nuestras humildes trincheras de seres humanos anónimos al menos podemos comenzar a HUMANIZAR  nuestro campo de acción inmediato. Por otra parte, no se trata de “demonizar” el consumo, ni de ponerle etiquetas a nadie según sean sus hábitos de compra, cada cuál tiene (aún) la libertad de hacer lo que quiera. El recordatorio que me hago a mi mismo, y que por extensión comparto, es  simplemente  poner atención,  observar la cadena de relaciones que alimentamos con nuestros actos. Este sencillo ejercicio ya es suficiente.

¿Dónde está tu atención? ¿Qué estás comprando? ¿A quién se lo estas comprando? Finalmente no son preguntas distintas a ¿Qué estás haciendo con tu tiempo? ¿Qué estás haciendo con tu vida?