El Kybalion

«Los medio-sabios, reconociendo la irrealidad relativa del universo, imaginan que pueden desafiar sus leyes; tales son tontos vanos y presuntuosos, y se estrellan contra las rocas y son rotos en pedazos por los elementos en razón de su locura. Los verdaderamente sabios, conociendo la naturaleza del universo, usan la ley contra las leyes; lo superior contra lo inferior; y por el arte de la alquimia transmutan lo que es indeseable en lo que es apreciable, y así triunfan.

La maestría no consiste en sueños anormales, visiones, e imaginaciones o vivencias fantásticas, sino en usar las fuerzas superiores contra las inferiores, escapando a los sufrimientos de los planos inferiores vibrando en los superiores. La transmutación, no la negación presuntuosa, es el arma del maestro.»

El Kybalion.

Libro completo acá: http://www.deeptrancenow.com/elkybalion.pdf

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Tirar el Ancla

No te dejes arrastrar por las mareas de la contingencia, tira el ancla hacia ti mismo.

Estamos permanentemente bombardeados de (des)información, de distractores, de una nueva serie, de un nuevo capítulo que ver, una noticia que comentar, un tema candente del que opinar, y es demasiado fácil creer que estás actuando, hablando por ti mismo, cuando solo estás reaccionando al condicionamiento. Un contenido despierta una cadena de reacciones automáticas, asociaciones tras asociaciones, y uno cree que está “pensando” o diciendo algo nuevo, pero en el fondo tu sumaste a una corriente que nada o poco tiene que ver contigo.

Si hablas de lo que todos hablan ¿cómo puedes llegar a lo propio?

El desafío es quedarse quieto y tranquilo, no dejarse intoxicar, pero sin convertirse en un indolente, sin dejar que la indiferencia te domine y así olvidar el dolor de los otros. La mirada compasiva tiene que estar presente.

La mejor ayuda que nos podemos hacer a nosotros y a los demás es trabajar para llegar a la sabiduría. Solo desde ahí surgirá la palabra y la acción justa que el momento requiere.

A veces uno cree que está “ayudando”, cuando lo único que está haciendo es compartir su caos personal con el mundo.

Un día a la vez, una tarea a la vez.

Tenemos la energía del día, y no es poca, pero desperdiciamos la mayor parte de ella. Por eso es importante volcar nuestros recursos (tiempo, atención y energía) en acciones que sean “conducentes”. La pregunta es:  ¿conducente a dónde?

Esa respuesta es personal. Cada uno de nosotros tiene el deber de responderla. La respuesta puede ir mutando, profundizándose, aclarándose a lo largo de la vida, y ciertamente lo hará. Pero aunque sepamos que la respuesta de hoy es producto de nuestro condicionamiento de hoy, no podemos eludir la responsabilidad de aun así darle forma. Aunque sepamos que mañana será otra, aún debemos trabajar hoy “con lo que hay”.

¿Cuál es mi Gran Meta Vital?

Todo lo que uno hace debería ir enfocado, ser conducente, a esa gran meta (esto ciertamente es un ideal, pero esa es la función de los ideales: aunque sean inalcanzables nos indican el camino, una dirección)

La forma de hacer las cosas también es importante. La manera en como conduzco mi vida hace la diferencia. ¿De qué manera me voy a conducir a mí mismo en el accionar que me llevará a mi Gran Meta? Responder esto tiene que ver con que principios rigen mi actuar. ¿Cuáles son tus principios rectores? Tener eso claro, y obrar en coherencia con esas formas, ciertamente también es una manera de ocupar bien los recursos vitales. Tener claro “de qué manera” haré lo que sea que tengo que hacer, puede significar incluso dilucidar la dirección a tomar en momento de confusión.

Sin embargo, tener una Gran Meta puede aún ser muy abstracto. La mayor parte del tiempo tenemos más o menos clara una Meta, pero no sabemos cómo aterrizarla a lo cotidiano. Es en la vida de todos los días dónde pasamos la mayor parte de la vida. Si no aterrizamos nuestro actuar a lo cotidiano, por heroicas y grandilocuentes que sean nuestras acciones, viviremos acumulando anécdotas, acciones majestuosas que nos llegan de “orgullo” pero que no tienen aplicación ni consecuencia práctica en un día “común y corriente” de nuestra vida. Por esto hay que desglosar ese gran objetivo vital en Sub Metas. Ese gran objetivo que nos hemos propuesto ciertamente toca muchas (sino todas) áreas de nuestra vida, por lo tanto la manera de dirigirnos hacia ella es cumpliendo objetivos más pequeños enraizados en las distintas áreas vitales.

A su vez, cada una de esas Sub Metas necesita un “plan de acción”: tareas pequeñas y realizables que estén dirigidas hacia el cumplimiento de la Sub Meta, lo que un escalón más arriba repercutirá en que también nos estamos acercando a nuestra Gran Meta Vital.

Cuando divido un gran objetivo en tareas cotidianas y fácilmente abordables, he logrado trasladar la utopía al día a día. Puedo organizar mi jornada decidiendo que tareas concretas realizaré, y al final de ese día, de ese día común y corriente, me encontraré más cerca de mis grandes objetivos. Esto permite además sentir que se avanza, aunque se haga una  sola pequeña acción, sé que los recursos vitales consumidos ese día son conducentes a algo mayor. Esto ciertamente juega a favor de nuestra motivación. Realizar una tarea que sé me está acercando a dónde quiero llegar es una gratificación diaria, es generar y alimentar una corriente que estará ahí el día siguiente, cuando tenga que realizar las tareas correspondientes a esa nueva jornada.

Llegados a este punto surge un posible problema: la energía y el tiempo no nos alcanzan. Tenemos un montón de cosas que hacer, responsabilidades, etc., y el día simplemente no nos alcanza. Esto es real, pero modificable.

La manera de saber dónde está mi tiempo, atención y energía es observando dónde las  invierto. ¿Cuáles son las acciones de las que se compone mi día? Es útil realizar un “inventario” de todas las cosas que hago, desde la hora en que me levanto, cuáles son mis hábitos de alimentación, cuanto tiempo paso frente a las pantallas, con quién me vinculo, en que actividades me entretengo y por cuanto tiempo al día, con que personas interactúo, etc.

Tenemos comportamientos habituales, algunos nos llenan de energía y otros nos drenan. La mayor parte del tiempo vivimos en piloto automático, ni siquiera sabemos que tenemos ciertos comportamientos o hábitos, hasta que los observamos. Hacer un inventario es observar dónde está mi energía.

El paso siguiente es casi obvio: dejar de ejecutar hábitos que te quitan energía, y redistribuir el “excedente” a las tareas que te conducen a tus sub metas, para así acercarte a tu Gran Meta.

Un buen indicador de cómo vas es hacer una recapitulación diaria: lo que hice hoy ¿en qué posición estratégica me deja ubicado en esta ruta a mi gran meta? ¿Lo que hice hoy me acerca a mis objetivos?

De esta manera es como un día común y corriente se transforma en una meta cumplida en sí misma. Solo podemos vivir un día a la vez, y solo podemos ejecutar (bien) una tarea a la vez, aunque los gurúes del “multitasking” digan lo contrario.

Una tarea conducente a una meta vislumbrada por ti mismo cada vez, todos los días van construyendo un curso vital que responde cada vez más a ti mismo, a tu propia voluntad y cada vez menos a las mareas de la contingencia, a las modas, a lo superfluo, a todo aquello que tienen como objetivo alejarte cada vez más de tu propia naturaleza.

Pulir al Usuario

Mira alrededor, de todas las creaciones humanas ¿cuál es la que más afecta la forma en la que vives? De todas las invenciones, adelantos, innovaciones, formas de pensar ¿cuál es la que está presente hasta en lo más íntimo de tu vida diaria? Algunos dirán que es la cultura imperante, cuyo efecto es innegable, pero aún dentro de una cultura establecida hay espacios de “autonomía”.  Otros dirán que son los cambios sociales, las políticas públicas del momento o la forma de hacer negocios lo que más orienta la manera en que vivimos. Cada una de esas áreas sin duda aporta un marco (a veces infranqueable) dentro del cual la acción humana, la individual y la colectiva, están situadas. Sin embargo hay un factor que va aún más allá: la tecnología.

La tecnología nos dice CÓMO HACER, y la mayor parte del tiempo ni siquiera notamos que estamos “obedeciendo”.  Desde mi forma de trasporte, pasando por el cómo producimos y conseguimos nuestros alimentos, hasta la Internet, todo nos dice “cómo hacer”. Si quiero picar leña para el invierno puedo recolectarla y usarla tal como la recogí, puedo partirla con un hacha, puedo usar una sierra eléctrica o simplemente puedo ir y comprarla ya lista. En cada uno de esos escenarios el nivel tecnológico que se tenga disponible definirá el “cómo”, al final del día obtendré la leña, pero el camino hacia ello puede ser muy diferente. Nuestros haceres y las habilidades que estos nos piden para ejecutarlos están predeterminados por la herramienta que poseamos en el momento. Hemos puesto en desuso algunas habilidades, así como hemos desarrollado otras que teníamos dormidas, por el simple hecho de usar (o no usar) alguna tecnología.

Puede ser juntar leña o mandar un mensaje. Puede ser alimentarse o consumir un contenido visual como una serie o una película. La tecnología y las formas de hacer que ella señala,  finalmente serán las formas de hacer que el usuario adoptará, sin cuestionarlo, por mera costumbre. Porque el ser humano es un animal obediente.

Usar una herramienta tiene beneficios innegables, pero también tiene un precio, y el precio es ¿qué habilidades, que parte de mí mismo, estoy adormeciendo porque eso que podría hacer yo lo está cubriendo una herramienta tecnológica? ¿Qué parte de mi ser no estoy expresando porque una “aplicación” lo hace por mí?

Hoy, si quiero comunicarme con alguien, no iré al correo a conseguir sellos, ni utilizaré tiempo, ni lápiz ni papel. Simplemente mandaré un mensaje de texto. El ahorro en tiempo es innegable. Si quiero entretenerme, lo más probable es que no saldré al cine, ni saldré a comprar un DVD, sino que me conectaré a alguna pantalla y abriré algún servicio de “streaming”.  La tecnología le ha ahorrado enormes cantidades de tiempo y esfuerzo al ser humano, pero en lo que nadie repara es ¿qué estamos haciendo con esa energía y tiempo que estamos ahorrando? ¿A dónde va? Probablemente, el tiempo que ahorramos con no salir de casa al cine o al teatro lo usamos en ver una segunda película, o un segundo capítulo de la serie del momento.  El tiempo que ahorramos al no ir al correo, lo usamos en mandar más mensajes a la misma u otras personas. Al final del proceso, efectivamente ahorramos tiempo, esfuerzo y energía, pero no notamos que no estamos haciendo “algo nuevo” con ellos, estamos simplemente volviendo a meterlos al mismo sistema tecnológico que nos permitió ahorrarlos en primer lugar. Lo estamos alimentando en vez de tomar la “ganancia” y ponerla en otra cosa.

No soy un anti-desarrollo, ni estoy en contra del avance técnico. Lo considero parte de nuestra propia evolución, es una expresión de esa capacidad de crear que tenemos como especie. Pero si estoy a favor de desarrollar, a la par con nuestras herramientas, al usuario de las misma.

La tecnología es maravillosa, es incluso una extensión,  una materialización de la capacidad imaginativa del ser humano. El punto es que el límite entre “usar” y “ser usado” es muy difuso. Sin “usuarios” las redes sociales no existirían ¿quién usa a quién para sobrevivir finalmente, el usuario o la red?

Nuestro desarrollo tecnológico no avanza a la par con el desarrollo del usuario. El  conocimiento se puede “tomar prestado” de otros (a veces incluso cayendo en la ilusión de que es propio). La técnica y las herramientas que produce el conocimiento se pueden utilizar sin haberse esforzado o trabajado para generarlos. Sin embargo, nuestro desarrollo humano no se lo podemos pedir prestado a nadie, y esto es importante, ya que el usuario de la tecnología es un ser humano, y en la mayoría de los casos, ese usuario es un niño inocente.

En el frágil equilibrio entre usar y ser usado por la tecnología hay que poner énfasis en mantenerse humano. Esto significa poner atención en vivir en lugar de simplemente ser vivido. Pulir al usuario finalmente se trata de entrenar la voluntad, es decir, ser UNO el que haga, decida y use, y no la máquina ni la herramienta de turno. Significa observar que hábitos se tienen respecto al uso de la tecnología (y de cualquier otra cosa) porque “ser vivido” se trata de eso, de hacer cosas creyendo que se está actuando, cuando solo estamos respondiendo a un comportamiento habitual del cual no tenemos conciencia. Esto es justamente lo que le puede hacer una máquina, herramienta o pantalla al ser humano: imponerle una forma pre determinada de hacer, una vía a seguir, un hábito, una forma de disponer de su tiempo y su energía, del cual no somos conscientes simplemente porque la máquina tiene una forma de funcionar y la asumimos como natural y hasta “propia”.

Nadie quiere ser exiliado. Hoy en una ciudad híper conectada, quién no ve las series del momento prácticamente queda fuera de los temas de conversación. Quién no tiene aplicaciones de mensajería en su celular, poco a poco va siendo marginado de las comunicaciones. Sin embargo, quizás ese exilio voluntario y medido sea hasta necesario  y parte del entrenamiento para no perder la humanidad. Nadie quiere ser exiliado pero, ¿será saludable pertenecer, participar y nutrir un funcionamiento social basado en el entretenimiento, la distracción y el desarrollo desenfrenado a cualquier precio? Ciertamente “padecer” cierto nivel de exilio, vivir un poco al margen de esos lineamientos puede ser necesario. (si se hace la experiencia de dejar de usar aplicaciones de mensajería, ciertamente tendrás menos “conversaciones”, pero al mismo tiempo notarás que te contacta la gente que realmente tiene algo que decirte. Al final te verás con menos información basura que atender y con más tiempo para ti)

Pero no se trata solo de aplicación de celular y pantallas. Un ser humano que vive de manera mecánica puede adormecerse ya sea que use un lápiz, una tarjeta de crédito, una aplicación de celular o una tostadora de pan. Poner énfasis en mantener despierto y atento al usuario nos conducirá a ese desarrollo que verdaderamente nos llevará a ser quienes dirijamos el curso del hacer maquinal, en vez de someternos a las formas impuestas por una simple aplicación de teléfono. No es la cosa, es cómo y para qué se la usa.

El cuarto camino

“…esa idea del despertar se convierte fácilmente en un sueño más. Buda era el despierto, y vemos esto como una adquisición definitiva, lejana, superior, que no está al alcance de cualquiera y entretanto seguimos durmiendo. Pero el que siente que sigue durmiendo y tiene ganas de despertar, no sueña con Buda, sino que busca en su atención.
Pero la atención permite la auto conciencia por un instante, y vuelve a caer, y solo un trabajo de muchos años puede fortalecer esa atención (por eso a esto se le llama un trabajo), de manera que se pueda llegar a una relativa continuidad de esa atención, sino estamos constantemente cayendo en el sueño sin darnos cuenta, porque seguimos  hablando de todas estas técnicas y teorías, y seguimos soñando”

 

Cultura y personalidad como herramientas para la expresión de lo que somos.

“La cultura no es tu amiga, la cultura es tu sistema operativo” Terence McKenna

Bajo la personalidad yace el Yo Real (Yo Soy). Es esa “actividad consiente siendo” lo que verdaderamente uno es. La personalidad es útil, es nuestra interfaz para actuar en esta realidad física en la que estamos pero, tal y como los iconos del escritorio de tu computadora no son la realidad de tu computadora, tu personalidad no es tu realidad última. Los iconos son útiles, nos ayudan a actuar, ordenan la información y tienen lo que podríamos llamar una realidad secundaria. Mientras uno esté aquí se verán como lo suficientemente reales y hay que considerarlos como si lo fueran. No podemos ignorar una señalética de peligro, por muy simbólica que sea, por mucho que sepamos que es una “realidad secundaria”, porque una parte de ti mismo está justamente compartiendo ese mismo nivel de realidad. (Como escuché por ahí alguna vez, el icono de la papelera de tu ordenador es solo una interfaz, algo simbólico, pero por muy simbólico que sea, no se te ocurriría poner ahí una carpeta con algo que has estado haciendo durante semanas, porque aunque eso sea una realidad secundaria, va a tener un efecto bastante “real”)

Con la cultura pasa lo mismo. La cultura es a la sociedad lo que la personalidad es al individuo.  Son capas de “adornos” o “aplicaciones” que se sobreponen a la sociedad (que es una trama de relaciones actuando en interdependencia).

La cultura entonces es una realidad terciaria (por seguir usando el mismo lenguaje), y tiene el mismo nivel de realidad que la personalidad en ese sentido, y está en relación de mutua influencia con ella. Mientras estemos dentro de una cultura será para nosotros “real”, y es ilusorio querer negar o ignorar sus efectos.

Así como hay “adornos” de la personalidad más “saludables” que otros, también hay manifestaciones culturales más saludables que otras. Nadie negaría, por ejemplo, que la no-violencia, el no-machismo, el consumo responsable de los recursos son más sanos que sus opuestos.

Tanto las etiquetas ( o definiciones) de la personalidad como de la cultura conducen cada una a un lugar distinto, nos ponen en contacto con experiencias, situaciones y personas diferentes. El hincha del futbol va hacia una dirección y el repetidor de frases espirituales va hacia otro lado. (Hago énfasis en que la etiqueta que nos ponemos nos conduce a lugares distintos, no haré juicios de valor para decir cuál es “mejor” o peor”, todo depende de a dónde uno quiera llegar. Si yo quiero ir al estadio a ver un partido, no me sirve ponerme la etiqueta de ratón de biblioteca, porque esta última me conducirá probablemente a una librería y no al estadio, por lo tanto no me sirve para lo que yo quiero hacer en ese momento)

El punto es que nos haría bien ir más allá  (si usted se interesa en todo esto, por supuesto. Si no hay interés, no le haría bien, en el sentido de que no le sería útil para llegar a dónde usted quiere ir) Hay que ir a la naturaleza profunda de las cosas, al proceso, al Yo Soy, a la actividad de la vida siendo.

Aquí es dónde hay que abrazar las contradicciones: ambas cosas tienen su existencia y ambas son “reales” (tanto la realidad secundaria y terciaria como la naturaleza profunda de las cosas, la esencia) “La forma es vacío, el vacío es forma”. Negar una es negar la otra, una se sustenta en la otra. Venimos de allí mismo a dónde nos dirigimos.

Vivimos “a medias” tanto si negamos el plano material como si negamos el plano verdadero. Ambas actitudes son parciales, polares, y por lo tanto nos alejan de la unidad, de nuestra verdadera esencia.

Querer ser “puro espíritu”, es querer estar allá cuando se está aquí. Querer vivir ilusionado, engañado por la realidad relativa del mundo material (la personalidad y la cultura) también es querer estar en la mitad de la experiencia, es vivir a medias.

Lo importante es saber que se está al medio, siendo parte de ambas realidades, al mismo tiempo.

Dedicar la vida, por ejemplo, a la transformación cultural sin ocuparse del funcionamiento del estar siendo también es parcial, es adornar la realidad terciaria de la cultura con más “aplicaciones”, pero que sirven solo a ese nivel. ¿Qué pasaría si avanzamos creando buenas y útiles aplicaciones, pero nos engatusamos con ellas, como quién se hace prisionero de su teléfono porque cree que lo controla, que le da lo que quiere, que le ayuda a vivir?

Avanzar “solo” culturalmente, sin indagar en nuestra estructura psicológica, sin experimentar el estar siendo, es vivir a medias. Todo avance tecnológico/cultural es una herramienta que será utilizada por un usuario ¿qué sucede si el usuario es psicológicamente un niño o un adolescente? Probablemente solo usará dicha herramienta para satisfacer los deseos de esa parte animal/mecánica que todos tenemos dentro, y esto ¿a dónde conduce? A dónde siempre ha conducido el buscar satisfacer los deseos: a la competencia, al conflicto y a un continuo estado de distracción, un constante estar “entretenido”.

Cuando se visitan culturas distintas ocurre un shock. Si se está atento, se nota que la cultura es solo un “sistema operativo” del ser que está siendo, el tema es que lo olvidamos rápidamente, y en la mayoría de los casos tomamos alguna aplicación de la cultura visitada (o leída, o vista en una película o serie) y la hacemos “propia”, aumentando así en un capa más nuestra personalidad.  En vez de comprender la naturaleza del funcionamiento, creemos ilusoriamente que nos hemos expandido porque aprendimos un nuevo idioma, una idea nueva, una forma de vestir, hasta una forma de pensar, Pero en el fondo solo hemos agregado una etiqueta más a nuestro conglomerado de relaciones internas.

Hay que hacer la salvedad, eso sí, de que expandirse culturalmente si tiene beneficios. No podemos negar que al aprender un nuevo idioma o concepciones del mundo distintas a la propia tiene un efecto en la expansión. Se le da a la esencia una herramienta más a través de la cual expresarse. Hasta la trama de relaciones neuronales del cerebro se modifica al aprender una lengua extranjera. La sutil diferencia está en que lo importante es la expansión que se experimenta al adquirir nuevas herramientas de expresión, no la herramienta misma. Por ejemplo, una persona que domina muchos idiomas puede identificarse con su naturaleza de políglota, o usar esas distintas formas de expresión lingüística para recordarse a sí mismo que su naturaleza profunda es amplia, y tan amplia que hay cosas que en un idioma no puede ni siquiera expresar y por eso necesita varios. Insisto, recordar el proceso, no pegarse en la etiqueta.

Lo relevante es el proceso de expresión a través de las herramientas, y no las herramientas instaladas en nuestra personalidad. En el apego a la máscara me pierdo el recordarme, me pierdo el llevar la atención sobre el que está siendo. Una persona “poco culta” haciendo actividades muy sencillas puede estar más consiente de sí misma que alguien muy leído y muy viajado que solo acumula etiquetas para adornar la personalidad.

Hacer cosas nuevas, romper hábitos, visitar lugares en los que nunca se ha estado nos es útil a modo de alarma, algo que nos recuerda el no identificarnos. Actúan como desprogramadores, pero es curioso observar cómo, con la repetición inconsciente, eso que alguna vez actuó de desprogramador, solo pasa a ser parte de un nuevo programa, y en este punto hay que empezar otra vez. Pareciera ser que nunca se puede decir “he llegado”, constantemente debe haber un nuevo hábito que romper, algo que aprender, para en ese hacer recordarnos a nosotros mismos como “el que está siendo”. Caer en actitudes mecánicas y repetitivas es algo que está siempre cerca, y por eso la observación de si debe ser constante.