Pulir al Usuario

Mira alrededor, de todas las creaciones humanas ¿cuál es la que más afecta la forma en la que vives? De todas las invenciones, adelantos, innovaciones, formas de pensar ¿cuál es la que está presente hasta en lo más íntimo de tu vida diaria? Algunos dirán que es la cultura imperante, cuyo efecto es innegable, pero aún dentro de una cultura establecida hay espacios de “autonomía”.  Otros dirán que son los cambios sociales, las políticas públicas del momento o la forma de hacer negocios lo que más orienta la manera en que vivimos. Cada una de esas áreas sin duda aporta un marco (a veces infranqueable) dentro del cual la acción humana, la individual y la colectiva, están situadas. Sin embargo hay un factor que va aún más allá: la tecnología.

La tecnología nos dice CÓMO HACER, y la mayor parte del tiempo ni siquiera notamos que estamos “obedeciendo”.  Desde mi forma de trasporte, pasando por el cómo producimos y conseguimos nuestros alimentos, hasta la Internet, todo nos dice “cómo hacer”. Si quiero picar leña para el invierno puedo recolectarla y usarla tal como la recogí, puedo partirla con un hacha, puedo usar una sierra eléctrica o simplemente puedo ir y comprarla ya lista. En cada uno de esos escenarios el nivel tecnológico que se tenga disponible definirá el “cómo”, al final del día obtendré la leña, pero el camino hacia ello puede ser muy diferente. Nuestros haceres y las habilidades que estos nos piden para ejecutarlos están predeterminados por la herramienta que poseamos en el momento. Hemos puesto en desuso algunas habilidades, así como hemos desarrollado otras que teníamos dormidas, por el simple hecho de usar (o no usar) alguna tecnología.

Puede ser juntar leña o mandar un mensaje. Puede ser alimentarse o consumir un contenido visual como una serie o una película. La tecnología y las formas de hacer que ella señala,  finalmente serán las formas de hacer que el usuario adoptará, sin cuestionarlo, por mera costumbre. Porque el ser humano es un animal obediente.

Usar una herramienta tiene beneficios innegables, pero también tiene un precio, y el precio es ¿qué habilidades, que parte de mí mismo, estoy adormeciendo porque eso que podría hacer yo lo está cubriendo una herramienta tecnológica? ¿Qué parte de mi ser no estoy expresando porque una “aplicación” lo hace por mí?

Hoy, si quiero comunicarme con alguien, no iré al correo a conseguir sellos, ni utilizaré tiempo, ni lápiz ni papel. Simplemente mandaré un mensaje de texto. El ahorro en tiempo es innegable. Si quiero entretenerme, lo más probable es que no saldré al cine, ni saldré a comprar un DVD, sino que me conectaré a alguna pantalla y abriré algún servicio de “streaming”.  La tecnología le ha ahorrado enormes cantidades de tiempo y esfuerzo al ser humano, pero en lo que nadie repara es ¿qué estamos haciendo con esa energía y tiempo que estamos ahorrando? ¿A dónde va? Probablemente, el tiempo que ahorramos con no salir de casa al cine o al teatro lo usamos en ver una segunda película, o un segundo capítulo de la serie del momento.  El tiempo que ahorramos al no ir al correo, lo usamos en mandar más mensajes a la misma u otras personas. Al final del proceso, efectivamente ahorramos tiempo, esfuerzo y energía, pero no notamos que no estamos haciendo “algo nuevo” con ellos, estamos simplemente volviendo a meterlos al mismo sistema tecnológico que nos permitió ahorrarlos en primer lugar. Lo estamos alimentando en vez de tomar la “ganancia” y ponerla en otra cosa.

No soy un anti-desarrollo, ni estoy en contra del avance técnico. Lo considero parte de nuestra propia evolución, es una expresión de esa capacidad de crear que tenemos como especie. Pero si estoy a favor de desarrollar, a la par con nuestras herramientas, al usuario de las misma.

La tecnología es maravillosa, es incluso una extensión,  una materialización de la capacidad imaginativa del ser humano. El punto es que el límite entre “usar” y “ser usado” es muy difuso. Sin “usuarios” las redes sociales no existirían ¿quién usa a quién para sobrevivir finalmente, el usuario o la red?

Nuestro desarrollo tecnológico no avanza a la par con el desarrollo del usuario. El  conocimiento se puede “tomar prestado” de otros (a veces incluso cayendo en la ilusión de que es propio). La técnica y las herramientas que produce el conocimiento se pueden utilizar sin haberse esforzado o trabajado para generarlos. Sin embargo, nuestro desarrollo humano no se lo podemos pedir prestado a nadie, y esto es importante, ya que el usuario de la tecnología es un ser humano, y en la mayoría de los casos, ese usuario es un niño inocente.

En el frágil equilibrio entre usar y ser usado por la tecnología hay que poner énfasis en mantenerse humano. Esto significa poner atención en vivir en lugar de simplemente ser vivido. Pulir al usuario finalmente se trata de entrenar la voluntad, es decir, ser UNO el que haga, decida y use, y no la máquina ni la herramienta de turno. Significa observar que hábitos se tienen respecto al uso de la tecnología (y de cualquier otra cosa) porque “ser vivido” se trata de eso, de hacer cosas creyendo que se está actuando, cuando solo estamos respondiendo a un comportamiento habitual del cual no tenemos conciencia. Esto es justamente lo que le puede hacer una máquina, herramienta o pantalla al ser humano: imponerle una forma pre determinada de hacer, una vía a seguir, un hábito, una forma de disponer de su tiempo y su energía, del cual no somos conscientes simplemente porque la máquina tiene una forma de funcionar y la asumimos como natural y hasta “propia”.

Nadie quiere ser exiliado. Hoy en una ciudad híper conectada, quién no ve las series del momento prácticamente queda fuera de los temas de conversación. Quién no tiene aplicaciones de mensajería en su celular, poco a poco va siendo marginado de las comunicaciones. Sin embargo, quizás ese exilio voluntario y medido sea hasta necesario  y parte del entrenamiento para no perder la humanidad. Nadie quiere ser exiliado pero, ¿será saludable pertenecer, participar y nutrir un funcionamiento social basado en el entretenimiento, la distracción y el desarrollo desenfrenado a cualquier precio? Ciertamente “padecer” cierto nivel de exilio, vivir un poco al margen de esos lineamientos puede ser necesario. (si se hace la experiencia de dejar de usar aplicaciones de mensajería, ciertamente tendrás menos “conversaciones”, pero al mismo tiempo notarás que te contacta la gente que realmente tiene algo que decirte. Al final te verás con menos información basura que atender y con más tiempo para ti)

Pero no se trata solo de aplicación de celular y pantallas. Un ser humano que vive de manera mecánica puede adormecerse ya sea que use un lápiz, una tarjeta de crédito, una aplicación de celular o una tostadora de pan. Poner énfasis en mantener despierto y atento al usuario nos conducirá a ese desarrollo que verdaderamente nos llevará a ser quienes dirijamos el curso del hacer maquinal, en vez de someternos a las formas impuestas por una simple aplicación de teléfono. No es la cosa, es cómo y para qué se la usa.

Estándar

Dios me libre de una vida estándar,
con fotos estándar,
vacaciones estándar,
opiniones estándar,
con gustos estándar que se satisfacen en el mall.

Dios me libre incluso                                                                                                                                       de concebir a un dios promedio
que recibe peticiones                                                                                                                                   sacadas de catálogo de supermercado

Que me libre también
de querer salir del estándar de manera común.
de quejarme sin gracia
de creer que si, cuando no.

Dios me ayude
a dejar de pedir ayuda de manera promedio
pero,
por sobre todo
líbrame de creer que soy distinto
cuando solo disfrazo mi personalidad estándar
bajo capas de cosas
que no son yo.

¿Qué estás comprando?

¿Dónde está tu atención y tu energía?

Curiosamente, al tratar de responder esta pregunta, surge en mi mente una asociación que a esta altura es innegable. Esa pregunta, concerniente a nuestra intimidad,  a nuestro tiempo, atención y energía no es separable de la pregunta “¿Qué estás comprando?”

El dinero no es distinto al tiempo que invertiste para conseguirlo, nace de ahí. Cuando pagas por algo, en realidad estás intercambiando tu tiempo de vida por un producto o servicio. Lo irónico es que llega un punto en la vida económica de una persona en la que uno se da cuenta de que el “producto” más valioso es el tiempo, y entonces se hace evidente que el sistema está basado en una idea ridícula: pagas con tu tiempo el dinero que te permitirá comprar más tiempo. Vas detrás lo que tenías cuando empezaste.

Los intercambios son naturales. Incluso cuando cultivas tus propios alimentos tienes que “invertir” tiempo y trabajo para obtener un producto.  Las perversiones empiezan cuando el dinero se convierte en el fin en sí mismo,  se transforma en motor, incentivo y destino. Entonces aquí es dónde la pregunta inicial cobra aún mayor importancia:  ¿Dónde está tu atención? ¿Dónde se está yendo tu tiempo? ¿En qué estás invirtiendo (o malgastando) tu energía? ¿Dónde estás tú?

Tal y como están las cosas en nuestras sociedades basadas en el consumo, una de las pocas libertades que nos quedan es “elegir” dónde poner nuestro dinero (y hasta por ahí no más). Es triste, pero la “libertad” (vista desde dentro del sistema) se limita a elegir que comprar dentro de un set preestablecido de opciones (Opciones que dicho sea de paso muy poco tienen que ver con lo que necesitamos)

Estamos tan acostumbrados a ejercer ese tipo de “libertad”, que ya no cuestionamos su modo de operar, ni su origen, mucho menos nos quitan el sueño sus consecuencias.

Es necesario hacerse preguntas como: ¿a dónde va a ir a parar esta energía? ¿La fortuna de quién estoy engordando al comprar tal o cual producto? ¿Quién está detrás de este “contenido” por el que estoy pagando?.

Por estos días, cientos de miles de personas se han volcado a las calles de la ciudad donde vivo para protestar en contra del sistema de pensiones. Expresar el sentir es más que necesario. Para los países como Chile, que vivieron largas dictaduras, el derecho a manifestarse libremente tiene quizás una connotación  aún mayor, y ejercer ese derecho es sin duda necesario. Pero después de ver las imágenes de las calles de muchas ciudades llenas, me hice una pregunta ¿Cuántas de esas personas se pasaron al Mall después de manifestarse? Que es lo mismo que preguntar ¿cuántas de esas personas fueron “voluntariamente” a alimentar las fortunas del mismo grupo de gente contra el que estaban protestando? (Quizás familiares, amigos o socios de los dueños de las AFP)

Cuando nos fuerzan a poner nuestra energía/dinero en un fondo que será administrado por otros, cuando te obligan a alimentar con tu vida/tiempo un sistema que le saca “ganancias” al fruto de tu trabajo, se hace evidente que algo no anda muy bien. Pero cuando tienes la capacidad de elegir “libremente” si compras tal o cual cosa, la compras igual, sabiendo que estás alimentando los bolsillos de los mismos que, por otras vías, te obligan a alimentarlos.

Insistiré en algo: tal y como está formulado el sistema, la única libertad que nos va quedando es elegir dónde poner la plata. Elegir que comprar y dónde comprarlo. Podemos reclamar todo lo que queramos ( e insisto en la validez de esta vía), pero a fin de cuentas nuestro campo de acción verdadero y concreto son nuestras acciones cotidianas.  Si al momento de decidir que comprar tu elección sigue alineada con el engorde del mismo grupo de capitales, entonces la “protesta” se desinfla, se queda en vociferación callejera, porque cuando pudiste ACTUAR en el día a día, a nivel local, ahí no ejerciste tu derecho a decir “NO”, y una vez más, esta vez de forma “voluntaria” alimentaste eso contra lo que tanto te quejas.

El tema es complejo, porque en cierta medida, somos el mismo engranaje de la maquinaria que nos está drenando la vida. La construcción de algo más  “saludable” tiene que darse en forma paralela al como ya estamos viviendo, y desde nuestras humildes trincheras de seres humanos anónimos al menos podemos comenzar a HUMANIZAR  nuestro campo de acción inmediato. Por otra parte, no se trata de “demonizar” el consumo, ni de ponerle etiquetas a nadie según sean sus hábitos de compra, cada cuál tiene (aún) la libertad de hacer lo que quiera. El recordatorio que me hago a mi mismo, y que por extensión comparto, es  simplemente  poner atención,  observar la cadena de relaciones que alimentamos con nuestros actos. Este sencillo ejercicio ya es suficiente.

¿Dónde está tu atención? ¿Qué estás comprando? ¿A quién se lo estas comprando? Finalmente no son preguntas distintas a ¿Qué estás haciendo con tu tiempo? ¿Qué estás haciendo con tu vida?

 

Transformación desde la acción cotidiana

No solemos vislumbrar el efecto que tienen nuestras acciones. No somos capaces de ver las consecuencias,  ni siquiera las inmediatas, de las decisiones que tomamos o de las acciones que ejecutamos. Como vivimos, o nos obligan a vivir, dentro del culto a la inmediatez, a lo rápido y eficiente, como estamos inmersos en la productividad, no paramos a observar sobre hacia dónde nos están llevando las decisiones que estamos tomando, y menos aún  somos capaces de ver cómo afectan a los otros (y a nosotros mismos) nuestros actos.

Es difícil. Eso no lo voy a negar. Es difícil detenerse. Estamos tan metidos en las corrientes del mundo, que parar, detenerse y observarse nos cuesta. A veces le hacemos el quite (más o menos conscientemente) ya que sabemos o intuimos que nos encontraremos con situaciones que merecen nuestra atención, y como estamos “tan ocupados” sabemos que echarle una mirada a esos aspectos nos “retrasará”, nos arruinará la agenda, nos quitará tiempo.

Pero parar  y observarnos es necesario, siempre lo ha sido. Sobretodo hoy, que vamos tan rápido (a ninguna parte, pero rápido).

Cuando nos detenemos, es inevitable que se nos haga evidente él cómo estamos caminando. Una persona que se detiene logra verse, y logra ver una cantidad de cosas que tomaría mucho tiempo describir, y que prácticamente es infinita.

Por lo tanto, quiero detenerme es un solo aspecto de este “observar”,  y  se puede enmarcar en la siguiente pregunta “¿Cómo contribuyo yo, a través de mis acciones, con ese mundo contra el que tanto me quejo?”

Uno no es capaz de ver el poder que tiene. Lamentablemente, dentro de las “democracias neoliberales” que pululan hoy, tiene más peso nuestra decisión de compra que nuestra decisión de voto. Las empresas producen y venden según lo que nosotros compramos. Si colectivamente dejáramos de comprar algo, quienes producen ese algo simplemente tendrían que dejar de hacerlo. Suena simple y utópico pero en el fondo es así. Somos, colectivamente, profundamente poderosos en cuanto a que, según lo que decidimos comprar, así se comportarán las empresas que nos venden aquello que (o creemos que) necesitamos.

Si mañana decidimos que no necesitamos actualizar nuestros equipos de teléfono, la empresa que los vende simplemente tendría que dejar de hacerlos, porque NADIE los compraría.

En este punto cabe mencionar algo, y es cómo somos influenciados  por la industria publicitaria (quizás la más nefasta de todas). Una persona que no se detiene a observar(se) cae fácilmente en la influencia de cualquiera, ya que como no sabe para dónde ir, ni cómo ir, espera a que alguien le diga que hacer.  Una persona que obedece a todas las órdenes de la industria publicitaria no es diferente a un niño que necesita que le digan que hacer porque no conoce aún el mundo.

En el otro polo, está alguien que, yendo quizás en contra de la corriente mayoritaria, ha tomado la drástica decisión de perderle el miedo  a detenerse. Nos han enseñado a temerle a la improductividad, al ocio, pero es justamente en esas instancias en las que una persona puede realmente darse cuenta de cómo está conduciendo su vida.

Caemos en la incoherencia por ignorancia. Algunos de nosotros tenemos perfectamente claro que nuestro sistema de vida nos está perjudicando, quitándonos la salud, el tiempo, la creatividad y la energía, pero aún así seguimos actuando dentro del escenario global como fieles sirvientes de aquello mismo que nos está matando.

Una persona consciente de que nuestro sistema de consumo de productos es la razón de nuestro precario estado medioambiental ¿entraría a comprar a un mega centro comercial? Una persona consciente de que los productores de alimentos saludables se ven perjudicados por las grandes transnacionales alimentarias ¿entraría a comprar a un mega mercado o preferiría los mercados locales? Una persona consciente de que nuestro desenfrenado nivel de consumo nos está matando ¿cambiaría sus aparatos electrónicos solamente porque ya salió la nueva versión de los mismos?

(Está bien, tampoco me pondré extremista. Yo personalmente compro en supermercados, y cuándo necesito algo en particular entro a los mega centros comerciales. Pero a lo que apunto aquí es a no hacer de esto un comportamiento habitual, sino limitarnos a justamente lo necesario, a un nivel de consumo consciente, no mecánico, no obediente, no guiado por la industria publicitaria. Un consumo que no sea una excusa, una forma de llenar el vacío existencial)

Da para pensar, por lo menos. ¿Cómo mi pequeña acción cotidiana da forma al camino que estamos siguiendo colectivamente?

Con esto no estoy llamando a un boicot comercial, y no lo estoy haciendo porque sería un llamado inútil (nadie me haría caso), pero si estoy apelando a la capacidad de cada uno, de cada una, para ponerle atención a nuestras acciones, y como ellas le dan forma al mundo que TODOS habitamos.

A veces nos pasamos vociferando en nombre de la empatía, la inclusión y  la solidaridad, pero a la hora de actuar (o de comprar) no somos ni empáticos, ni inclusivos ni solidarios. Pero no lo somos no porque no queramos, si no porque no hemos parado a reflexionar en cómo nuestros hábitos de consumo y de comportamiento, van en contra de lo que verborreicamente no nos cansamos de promulgar.

El mundo, ese que suena tan lejano, tan inalcanzable, tan poco modificable desde dónde estamos, es maleable y responde a lo que cada uno de nosotros está haciendo. No necesitamos grandes cambios, con ponerle atención a nuestra cotidianeidad basta, y ese quizás sea el “gran cambio” que realmente necesitamos.

Cuestionar, autocuestionarse y dejarse cuestionar

En todo lo que “nos pasa” nos podemos conocer. En todo lo que hacemos, y en cómo lo hacemos, en lo que decimos y cómo lo decimos, en cada instante nos podemos observar. Cuando estamos lo suficientemente atentos vemos claramente, no hay dudas, lo que es suele aparecer ahí frente a nosotros.

No tenemos la costumbre de estar en silencio (de hecho, nuestra sociedad nos tiene acostumbrados a “temerle”), y como estamos constantemente dentro del flujo del pensamiento, no nos detenemos, y al no detenernos nos perdemos la oportunidad de reflexionar sobre lo que estamos haciendo. Estamos habituados a estar siempre haciendo algo, consumiendo algo (un alimento, un producto, un programa de televisión, un contenido en internet) y en ese consumir, se privilegia una mentalidad que funciona como siguiendo un programa: Produce y consume. Produce para poder seguir consumiendo, consume para justificar y para sentir que necesitas el estar produciendo.

Ahí estamos atrapados, es la gran trampa del mundo moderno.

Salirse es simple, lo que no es simple es tomar la decisión de hacerlo. No lo es porque somos animales de costumbre, y salir de lo conocido nos da temor. Pero basta con detenerse. Y ya. Me detengo y empiezo a observar porque estoy haciendo todo lo que estoy haciendo.

Ese ejercicio reflexivo nos falta. Nos es difícil destinar un momento a solo observarnos. Pero desde ahí es de dónde surge la energía para, justamente, poder liberarnos del engranaje.

Tampoco, y derivado de no tener tiempo para reflexionar, tenemos la costumbre de cuestionar. Consumimos ideas sin cuestionarlas, ideas políticas, ideas religiosas, ideas económicas, ideas de contenido espiritual. No hay diferencia, porque no es la idea lo que importa sino como está funcionando nuestra mente. Lo tragamos todo sin filtrar, y eso viene de nuestra compulsión al consumo: somos consumidores de ideas, consumidores de cultura, pero en ese consumir inconsciente nos perdemos la verdadera naturaleza de las cosas, nos perdemos también la capacidad de crear nuevas cosas.

Es útil cuestionar. Es útil auto cuestionarse, y también dejarse cuestionar. Pero no nos gusta porque estamos tan “encariñados” con nuestra batería de ideas que nos ofendemos cuando son puestas en tela de juicio, es como si nos estuvieran quitando una parte de nosotros mismos. Sin embargo, una “idea” que no resista ser observada, que no resista ser cuestionada, no es una idea con la que valga la pena trabajar.

En este contexto, debemos ser capaces de cuestionarlo todo, y llegar a nuestra propias conclusiones, no como un proceso intelectual, sino más bien como un revisión, una observación de nosotros mismos.

¿De dónde viene la idea que tengo de dios? ¿Es saludable la idea de dios que la cultura que habito me entrega? ¿Qué es dios o lo divino para mí?

La forma en cómo me expreso ¿tiene realmente que ver conmigo en lo más íntimo o solo la uso porque la cultura y el lenguaje me tienen colonizado?

Las ideas y conocimientos que manejo y que le dan forma a mi mundo ¿han pasado por el filtro de la observación? ¿Me son útiles para descubrir quién soy?

¿Estoy repitiendo ideas o frasecitas hechas sin haber experimentado lo que realmente quieren decir? ¿Estoy pensando realmente o simplemente estoy reproduciendo sin cuestionar lo que he escuchado en los ambientes que transito?

¿Qué es para mí el éxito? ¿Qué idea tengo del dinero? ¿Qué es para mí llevar una vida sexual saludable?

¿Que es la felicidad para mi?

¿Qué tanto influye en las decisiones que tomo el hecho de querer cumplir con expectativas de otros (de mis padres, jefes o de la sociedad en general)?

¿De dónde viene lo que estoy comiendo?

¿Tiene algo que ver mi forma de consumo de productos con la mala distribución de la riqueza?

¿Realmente necesito los productos que adquiero o estoy sucumbiendo a la ansiedad y llenando mí vacío interior comprando cosas?

¿Son saludables y enriquecedoras las relaciones que tengo?

¿Quiero pasar más de 40 horas a la semana en un trabajo que no me satisface, que no me permite crecer y que incluso me hace mal para la salud?

¿Puedo dejar que alguien me diga que hice algo mal sin hacer un escándalo al respecto?

¿Qué tan adultamente gestiono mis relaciones personales?

La vida espiritual que llevo, las actividades y “productos espirituales” que consumo ¿son necesarios para mi crecimiento o solo estoy haciendo lo que todo el mundo hace para no sentirme aislado?

¿Mi vida social es un espacio de riqueza y cocreación, de empatía y comprensión o es un espacio estéril que hábito para no sentirme solo?

Estas son solo algunas de las preguntas que cada uno de nosotros debería responderse lo más honestamente posible. Es una responsabilidad revisar estas interrogantes, ya que las respuestas de cada cual le están dando forma al mundo que habitamos (lo veamos o no)

Es un ejercicio que ciertamente nos puede desmoronar, desarmar nuestras estructuras, sacar de lo conocido, pero quizás sea justamente ahí, en ese terreno que aún ignoramos dónde podamos encontrar lo que sea que cada uno de nosotros anda buscando.

Los unos y los otros

Están los unos
están los otros
y están los que logran ver que
los unos y los otros
son una y la misma cosa.

Una mente que ha contactado con el silencio, una mente que ha, por lo menos,  atisbado lo que llamamos “unidad”, poco a poco deja de necesitar hacer clasificaciones. Una mente quieta, que es capaz de observar, no necesita categorías, hacer distinciones, diferencias. Una vez que se ha intuido que todo lo que vemos es parte de un mismo conglomerado, donde cada parte está íntimamente relacionada con la otra, naturalmente se comienza a prescindir de esa necesidad de andar otorgándole a todo lo que se nos cruza una “etiqueta”.

No es que las etiquetas y las clasificaciones sean del todo inútiles, ciertamente sirven para “ordenar” nuestro mundo. Eso es innegable, el problema que tenemos es que terminamos creyendo que las cosas son las etiquetas que nosotros mismos inventamos (o aprendimos). Entonces vivimos en un mundo de diferencias, de grados, de grupos que se niegan mutuamente porque creen cosas distintas. Aquí es cuando, una categoría que bien usada es útil para intentar darle orden a las cosas, termina siendo una causa de desorden. Lo que podría haber sido una herramienta, termina convertido en un arma que usamos contra nosotros mismos.

Vivir en el mundo de las etiquetas trae desorden porque nos hace caer en la ilusión de la separación, nos hace priorizar la diferencia por sobre la unidad, y esto bien podría ser la causa de parte de nuestro sufrimiento.

Insisto,  que lo relativo, el contraste, la diferencia es útil. Aprendemos gracias al contraste de las situaciones que experimentamos, sabemos que es el calor porque hemos experimentado el frío. A lo que me estoy refiriendo es que quedarnos con lo relativo es ver la película, literalmente, incompleta. Las cosas son lo que son, nosotros accedemos a ellas parcialmente, conocemos la mitad, una parte de ellas y, por ignorancia, creemos que eso es todo. Caemos en el error de imaginar que nuestro mundo ES las categorías y etiquetas con las que lo describimos, cuando estas son solo utilitarias, una forma limitada de aproximarnos a los fenómenos.

De la mano con esto es que nace la discriminación. Nos apegamos a la nacionalidad, a los estereotipos, a nuestro nivel socio cultural, incluso a nuestro grupo de práctica espiritual. Nos vemos creyendo que mi país es mejor que el de los demás, que la clase alta y baja de verdad determinan que los seres humanos tengan distinto “valor”, que mi grupo de meditación es mejor que el de los demás, que mi religión es la verdadera, que mi guía tiene más experiencia y por lo tanto los demás no van a acceder a la verdad, que por ir a cierta actividad soy mejor que los que no van, que por dejar de hacer lo que todo el mundo hace eso me da superioridad y me hace ser “diferente”, que porque he tenido acceso a cierta educación estoy en un nivel superior que quienes no, etc. Cuando lo vemos así, logramos ver lo ridículo que suena.

Cuando miramos al mundo y seguimos viendo a los demás separados en grupos, cuando predominan en nuestra visión las categorías, “los unos y los otros”, “nosotros y ellos”, podemos observar que en nuestra mente aún predomina la visión separatista. Aún no somos capaces de ver la unidad.

Cada cual está dónde le “corresponde”, es decir que ha contactado con aquellas realidades con las que tiene cierta afinidad. Esto es natural, el problema está en cuando le doy un “valor agregado” a mi grupo de pertenencia por sobre los otros, y esa sobrevaloración (ficticia por cierto) viene con la negación del otro.

Una persona que se ha propuesto vivir de manera completa, que se dedica a observar, sin juicio de por medio, logra acercarse a eso que llamamos visión de unidad. Una persona con una visión de unidad, suelta el juicio, acepta a los otros tal como son, no los intenta modificar ni convencer, porque sabe que el otro es una manifestación de la diversidad de la vida, y que parte del estar vivo es lograr ver la esencia de la vida misma en todas las cosas. Por distintas o contradictorias que parezcan las formas, TODOS estamos sustentados por la vida, la misma vida.

Si crees que el otro se equivoca, déjalo. Es lo que le toca vivir. Así como a cada uno de nosotros nos gustaría que nos dejaran en paz las múltiples veces que nos vamos a equivocar (¿porque alguien realmente cree que pasará el resto de su existencia sin volver a equivocarse?)

¿Podemos compartir formas de pensar? ¿Podemos compartir las comprensiones a las que hemos llegado? Por supuesto, pero en el compartir no hay negación, no hay competición por ver quién tiene la razón, no hay intento de convencer de que uno está en lo cierto. Hay, justamente eso, un compartir. Un observar juntos, un experimentar juntos, y un disfrutar el proceso.

¿Qué hago si observo que el camino que ha tomado el otro lo conducirá al sufrimiento? Podemos verbalizar esa observación, pero le corresponde a cada cual tomar acción sobre su propia vida. Hacer una observación no es hacer un juicio, es poner de manifiesto algo de lo que me estoy dando cuenta, ya verá el otro (o nosotros mismos) que hacer con lo que le estamos diciendo. ¿Quién sabe?, quizás seamos nosotros mismos, los que creemos que estamos simplemente observando, los que estemos equivocados.

Consciencia de Unidad como antídoto para el sufrimiento

El sufrimiento existe, todos lo hemos experimentado. Es un fenómeno real. Pero lo que nos cuesta ver sobre el sufrimiento es que es en sí mismo una gran motivación para ir más allá, por lo menos más allá del sufrimiento. Es curioso, porque es la propia angustia la que nos motiva a indagar sus causas, para atravesar ese estado.

El problema es que vivimos en la sociedad de la comodidad, dónde el sufrimiento sigue estando presente, pero los lujos que nos rodean hacen que sea “soportable”. Entonces, ciertamente seguimos sufriendo, pero como las burbujas socio culturales que habitamos nos adormecen con lujo y comodidad, no somos capaces de aprovechar el gran motor que es el sufrimiento mismo. Sufrimos sin usar esa angustia como aliciente para ir más allá.

Por otra parte, como estamos tan distraídos, rara vez nos preguntamos cuál es el origen de este fenómeno. Llegamos a respuestas parciales y de aquí surgen conclusiones como que el origen del hambre es la mala distribución de los recursos, o que el que tengamos una educación que no educa a nadie responde a un tema económico y de poca valoración a los profesores. Ahora bien, la mala distribución de los recursos y la poca o nula valoración a los docentes existe, es real, y ciertamente son temas a solucionar, pero ¿Cuál es el origen de la mala distribución de la riqueza o de la poca conciencia sobre el rol docente? (solo por poner dos ejemplo).

En nuestros análisis del funcionamiento del mundo que habitamos rara vez llegamos hasta el fondo, y si bien, insisto, los problemas cotidianos deben ser resueltos, estos deben ser resueltos en su origen, y cuando nos preguntamos por la causa de estos problemas llegamos al tema de la “falta de conciencia”. Estamos intentando resolver (infructíferamente) nuestros problemas concentrando nuestros esfuerzos en un nivel distinto a aquel en el cual esas situaciones se originaron. Estamos gastando millones (en tiempo y energía) en arreglar las cañerías, cuando la razón de que no haya agua es que estamos secando los ríos.

Cuando analizamos nuestros problemas, llegando al fondo, al origen de ellos, siempre nos toparemos con una respuesta que puede ser expresada de muchas maneras, pero que siempre significa lo mismo: nos falta conciencia de unidad.

Los recursos del mundo están mal distribuidos porque unos acumulan más de lo que consumen, porque no ven que están creando un desequilibrio. Si hubiera conciencia de unidad en este caso, de ahí se derivaría la empatía, el ponerse en el lugar del otro, porque veríamos que estamos interrelacionados, y que lo que afecta a uno termina por afectar al colectivo.

No vemos la trama de relaciones que nos sostiene, la obviamos, nos cuesta vernos como parte de un sistema que está, quien sabe que tan profundamente, relacionado. Nos “afectamos” mutuamente”. Ver eso es tener conciencia de unidad.

No hace falta caer en misticismos para observar que esto es cierto. Basta ver cómo funcionan los ecosistemas.

Sufrimos porque no vemos el origen de nuestros problemas, y ese origen es una conciencia limitada, una visión limitada de las cosas. El origen del sufrimiento es la ignorancia del funcionamiento del mundo, es la ignorancia de cómo estamos interrelacionados.

Por lo tanto, el paso que no estamos dando y que deberíamos dar, es empezar a trabajar para transformar, resolver y atravesar el sufrimiento pero desde su origen. Hacer una “toma de conciencia”, “darnos cuenta”. Cuando vemos el mundo con ojos de unidad y con una mirada global, nuestra acción local, nuestra humilde acción cotidiana se transforma. Aparece el otro, y cuando vemos al otro, aparece la empatía, la compasión, las ganas de avanzar juntos, de no dañarnos.

Cuando llegamos a ese nivel de conciencia unitaria, dejamos de ver el mundo en categorías, desaparecen “los unos y los otros” y vemos que unos y otros son una y la misma cosa: humanidad. Una humanidad en la cual cada uno está haciendo lo mejor que puede con las herramientas que tiene, y darnos cuenta de eso, acaba automáticamente con el juicio que hacemos, tan fácilmente, de los demás. Comprendemos que todos estamos más bien dónde mismo, ninguno sin mucha idea de dónde está parado, tratando de no perder la cabeza en el proceso.

La tarea es personal, cada uno es responsable de ampliar su propia mirada (lo que no significa que no podamos acompañarnos, ayudarnos) Las pequeñas transformaciones en la vida de cada uno suman, aportan a lo colectivo. Una pequeña acción local, con conciencia de unidad, es lo que cambiará la forma en cómo compartimos este mundo.