El Kybalion

«Los medio-sabios, reconociendo la irrealidad relativa del universo, imaginan que pueden desafiar sus leyes; tales son tontos vanos y presuntuosos, y se estrellan contra las rocas y son rotos en pedazos por los elementos en razón de su locura. Los verdaderamente sabios, conociendo la naturaleza del universo, usan la ley contra las leyes; lo superior contra lo inferior; y por el arte de la alquimia transmutan lo que es indeseable en lo que es apreciable, y así triunfan.

La maestría no consiste en sueños anormales, visiones, e imaginaciones o vivencias fantásticas, sino en usar las fuerzas superiores contra las inferiores, escapando a los sufrimientos de los planos inferiores vibrando en los superiores. La transmutación, no la negación presuntuosa, es el arma del maestro.»

El Kybalion.

Libro completo acá: http://www.deeptrancenow.com/elkybalion.pdf

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Tirar el Ancla

No te dejes arrastrar por las mareas de la contingencia, tira el ancla hacia ti mismo.

Estamos permanentemente bombardeados de (des)información, de distractores, de una nueva serie, de un nuevo capítulo que ver, una noticia que comentar, un tema candente del que opinar, y es demasiado fácil creer que estás actuando, hablando por ti mismo, cuando solo estás reaccionando al condicionamiento. Un contenido despierta una cadena de reacciones automáticas, asociaciones tras asociaciones, y uno cree que está “pensando” o diciendo algo nuevo, pero en el fondo tu sumaste a una corriente que nada o poco tiene que ver contigo.

Si hablas de lo que todos hablan ¿cómo puedes llegar a lo propio?

El desafío es quedarse quieto y tranquilo, no dejarse intoxicar, pero sin convertirse en un indolente, sin dejar que la indiferencia te domine y así olvidar el dolor de los otros. La mirada compasiva tiene que estar presente.

La mejor ayuda que nos podemos hacer a nosotros y a los demás es trabajar para llegar a la sabiduría. Solo desde ahí surgirá la palabra y la acción justa que el momento requiere.

A veces uno cree que está “ayudando”, cuando lo único que está haciendo es compartir su caos personal con el mundo.

Un día a la vez, una tarea a la vez.

Tenemos la energía del día, y no es poca, pero desperdiciamos la mayor parte de ella. Por eso es importante volcar nuestros recursos (tiempo, atención y energía) en acciones que sean “conducentes”. La pregunta es:  ¿conducente a dónde?

Esa respuesta es personal. Cada uno de nosotros tiene el deber de responderla. La respuesta puede ir mutando, profundizándose, aclarándose a lo largo de la vida, y ciertamente lo hará. Pero aunque sepamos que la respuesta de hoy es producto de nuestro condicionamiento de hoy, no podemos eludir la responsabilidad de aun así darle forma. Aunque sepamos que mañana será otra, aún debemos trabajar hoy “con lo que hay”.

¿Cuál es mi Gran Meta Vital?

Todo lo que uno hace debería ir enfocado, ser conducente, a esa gran meta (esto ciertamente es un ideal, pero esa es la función de los ideales: aunque sean inalcanzables nos indican el camino, una dirección)

La forma de hacer las cosas también es importante. La manera en como conduzco mi vida hace la diferencia. ¿De qué manera me voy a conducir a mí mismo en el accionar que me llevará a mi Gran Meta? Responder esto tiene que ver con que principios rigen mi actuar. ¿Cuáles son tus principios rectores? Tener eso claro, y obrar en coherencia con esas formas, ciertamente también es una manera de ocupar bien los recursos vitales. Tener claro “de qué manera” haré lo que sea que tengo que hacer, puede significar incluso dilucidar la dirección a tomar en momento de confusión.

Sin embargo, tener una Gran Meta puede aún ser muy abstracto. La mayor parte del tiempo tenemos más o menos clara una Meta, pero no sabemos cómo aterrizarla a lo cotidiano. Es en la vida de todos los días dónde pasamos la mayor parte de la vida. Si no aterrizamos nuestro actuar a lo cotidiano, por heroicas y grandilocuentes que sean nuestras acciones, viviremos acumulando anécdotas, acciones majestuosas que nos llegan de “orgullo” pero que no tienen aplicación ni consecuencia práctica en un día “común y corriente” de nuestra vida. Por esto hay que desglosar ese gran objetivo vital en Sub Metas. Ese gran objetivo que nos hemos propuesto ciertamente toca muchas (sino todas) áreas de nuestra vida, por lo tanto la manera de dirigirnos hacia ella es cumpliendo objetivos más pequeños enraizados en las distintas áreas vitales.

A su vez, cada una de esas Sub Metas necesita un “plan de acción”: tareas pequeñas y realizables que estén dirigidas hacia el cumplimiento de la Sub Meta, lo que un escalón más arriba repercutirá en que también nos estamos acercando a nuestra Gran Meta Vital.

Cuando divido un gran objetivo en tareas cotidianas y fácilmente abordables, he logrado trasladar la utopía al día a día. Puedo organizar mi jornada decidiendo que tareas concretas realizaré, y al final de ese día, de ese día común y corriente, me encontraré más cerca de mis grandes objetivos. Esto permite además sentir que se avanza, aunque se haga una  sola pequeña acción, sé que los recursos vitales consumidos ese día son conducentes a algo mayor. Esto ciertamente juega a favor de nuestra motivación. Realizar una tarea que sé me está acercando a dónde quiero llegar es una gratificación diaria, es generar y alimentar una corriente que estará ahí el día siguiente, cuando tenga que realizar las tareas correspondientes a esa nueva jornada.

Llegados a este punto surge un posible problema: la energía y el tiempo no nos alcanzan. Tenemos un montón de cosas que hacer, responsabilidades, etc., y el día simplemente no nos alcanza. Esto es real, pero modificable.

La manera de saber dónde está mi tiempo, atención y energía es observando dónde las  invierto. ¿Cuáles son las acciones de las que se compone mi día? Es útil realizar un “inventario” de todas las cosas que hago, desde la hora en que me levanto, cuáles son mis hábitos de alimentación, cuanto tiempo paso frente a las pantallas, con quién me vinculo, en que actividades me entretengo y por cuanto tiempo al día, con que personas interactúo, etc.

Tenemos comportamientos habituales, algunos nos llenan de energía y otros nos drenan. La mayor parte del tiempo vivimos en piloto automático, ni siquiera sabemos que tenemos ciertos comportamientos o hábitos, hasta que los observamos. Hacer un inventario es observar dónde está mi energía.

El paso siguiente es casi obvio: dejar de ejecutar hábitos que te quitan energía, y redistribuir el “excedente” a las tareas que te conducen a tus sub metas, para así acercarte a tu Gran Meta.

Un buen indicador de cómo vas es hacer una recapitulación diaria: lo que hice hoy ¿en qué posición estratégica me deja ubicado en esta ruta a mi gran meta? ¿Lo que hice hoy me acerca a mis objetivos?

De esta manera es como un día común y corriente se transforma en una meta cumplida en sí misma. Solo podemos vivir un día a la vez, y solo podemos ejecutar (bien) una tarea a la vez, aunque los gurúes del “multitasking” digan lo contrario.

Una tarea conducente a una meta vislumbrada por ti mismo cada vez, todos los días van construyendo un curso vital que responde cada vez más a ti mismo, a tu propia voluntad y cada vez menos a las mareas de la contingencia, a las modas, a lo superfluo, a todo aquello que tienen como objetivo alejarte cada vez más de tu propia naturaleza.

Pulir al Usuario

Mira alrededor, de todas las creaciones humanas ¿cuál es la que más afecta la forma en la que vives? De todas las invenciones, adelantos, innovaciones, formas de pensar ¿cuál es la que está presente hasta en lo más íntimo de tu vida diaria? Algunos dirán que es la cultura imperante, cuyo efecto es innegable, pero aún dentro de una cultura establecida hay espacios de “autonomía”.  Otros dirán que son los cambios sociales, las políticas públicas del momento o la forma de hacer negocios lo que más orienta la manera en que vivimos. Cada una de esas áreas sin duda aporta un marco (a veces infranqueable) dentro del cual la acción humana, la individual y la colectiva, están situadas. Sin embargo hay un factor que va aún más allá: la tecnología.

La tecnología nos dice CÓMO HACER, y la mayor parte del tiempo ni siquiera notamos que estamos “obedeciendo”.  Desde mi forma de trasporte, pasando por el cómo producimos y conseguimos nuestros alimentos, hasta la Internet, todo nos dice “cómo hacer”. Si quiero picar leña para el invierno puedo recolectarla y usarla tal como la recogí, puedo partirla con un hacha, puedo usar una sierra eléctrica o simplemente puedo ir y comprarla ya lista. En cada uno de esos escenarios el nivel tecnológico que se tenga disponible definirá el “cómo”, al final del día obtendré la leña, pero el camino hacia ello puede ser muy diferente. Nuestros haceres y las habilidades que estos nos piden para ejecutarlos están predeterminados por la herramienta que poseamos en el momento. Hemos puesto en desuso algunas habilidades, así como hemos desarrollado otras que teníamos dormidas, por el simple hecho de usar (o no usar) alguna tecnología.

Puede ser juntar leña o mandar un mensaje. Puede ser alimentarse o consumir un contenido visual como una serie o una película. La tecnología y las formas de hacer que ella señala,  finalmente serán las formas de hacer que el usuario adoptará, sin cuestionarlo, por mera costumbre. Porque el ser humano es un animal obediente.

Usar una herramienta tiene beneficios innegables, pero también tiene un precio, y el precio es ¿qué habilidades, que parte de mí mismo, estoy adormeciendo porque eso que podría hacer yo lo está cubriendo una herramienta tecnológica? ¿Qué parte de mi ser no estoy expresando porque una “aplicación” lo hace por mí?

Hoy, si quiero comunicarme con alguien, no iré al correo a conseguir sellos, ni utilizaré tiempo, ni lápiz ni papel. Simplemente mandaré un mensaje de texto. El ahorro en tiempo es innegable. Si quiero entretenerme, lo más probable es que no saldré al cine, ni saldré a comprar un DVD, sino que me conectaré a alguna pantalla y abriré algún servicio de “streaming”.  La tecnología le ha ahorrado enormes cantidades de tiempo y esfuerzo al ser humano, pero en lo que nadie repara es ¿qué estamos haciendo con esa energía y tiempo que estamos ahorrando? ¿A dónde va? Probablemente, el tiempo que ahorramos con no salir de casa al cine o al teatro lo usamos en ver una segunda película, o un segundo capítulo de la serie del momento.  El tiempo que ahorramos al no ir al correo, lo usamos en mandar más mensajes a la misma u otras personas. Al final del proceso, efectivamente ahorramos tiempo, esfuerzo y energía, pero no notamos que no estamos haciendo “algo nuevo” con ellos, estamos simplemente volviendo a meterlos al mismo sistema tecnológico que nos permitió ahorrarlos en primer lugar. Lo estamos alimentando en vez de tomar la “ganancia” y ponerla en otra cosa.

No soy un anti-desarrollo, ni estoy en contra del avance técnico. Lo considero parte de nuestra propia evolución, es una expresión de esa capacidad de crear que tenemos como especie. Pero si estoy a favor de desarrollar, a la par con nuestras herramientas, al usuario de las misma.

La tecnología es maravillosa, es incluso una extensión,  una materialización de la capacidad imaginativa del ser humano. El punto es que el límite entre “usar” y “ser usado” es muy difuso. Sin “usuarios” las redes sociales no existirían ¿quién usa a quién para sobrevivir finalmente, el usuario o la red?

Nuestro desarrollo tecnológico no avanza a la par con el desarrollo del usuario. El  conocimiento se puede “tomar prestado” de otros (a veces incluso cayendo en la ilusión de que es propio). La técnica y las herramientas que produce el conocimiento se pueden utilizar sin haberse esforzado o trabajado para generarlos. Sin embargo, nuestro desarrollo humano no se lo podemos pedir prestado a nadie, y esto es importante, ya que el usuario de la tecnología es un ser humano, y en la mayoría de los casos, ese usuario es un niño inocente.

En el frágil equilibrio entre usar y ser usado por la tecnología hay que poner énfasis en mantenerse humano. Esto significa poner atención en vivir en lugar de simplemente ser vivido. Pulir al usuario finalmente se trata de entrenar la voluntad, es decir, ser UNO el que haga, decida y use, y no la máquina ni la herramienta de turno. Significa observar que hábitos se tienen respecto al uso de la tecnología (y de cualquier otra cosa) porque “ser vivido” se trata de eso, de hacer cosas creyendo que se está actuando, cuando solo estamos respondiendo a un comportamiento habitual del cual no tenemos conciencia. Esto es justamente lo que le puede hacer una máquina, herramienta o pantalla al ser humano: imponerle una forma pre determinada de hacer, una vía a seguir, un hábito, una forma de disponer de su tiempo y su energía, del cual no somos conscientes simplemente porque la máquina tiene una forma de funcionar y la asumimos como natural y hasta “propia”.

Nadie quiere ser exiliado. Hoy en una ciudad híper conectada, quién no ve las series del momento prácticamente queda fuera de los temas de conversación. Quién no tiene aplicaciones de mensajería en su celular, poco a poco va siendo marginado de las comunicaciones. Sin embargo, quizás ese exilio voluntario y medido sea hasta necesario  y parte del entrenamiento para no perder la humanidad. Nadie quiere ser exiliado pero, ¿será saludable pertenecer, participar y nutrir un funcionamiento social basado en el entretenimiento, la distracción y el desarrollo desenfrenado a cualquier precio? Ciertamente “padecer” cierto nivel de exilio, vivir un poco al margen de esos lineamientos puede ser necesario. (si se hace la experiencia de dejar de usar aplicaciones de mensajería, ciertamente tendrás menos “conversaciones”, pero al mismo tiempo notarás que te contacta la gente que realmente tiene algo que decirte. Al final te verás con menos información basura que atender y con más tiempo para ti)

Pero no se trata solo de aplicación de celular y pantallas. Un ser humano que vive de manera mecánica puede adormecerse ya sea que use un lápiz, una tarjeta de crédito, una aplicación de celular o una tostadora de pan. Poner énfasis en mantener despierto y atento al usuario nos conducirá a ese desarrollo que verdaderamente nos llevará a ser quienes dirijamos el curso del hacer maquinal, en vez de someternos a las formas impuestas por una simple aplicación de teléfono. No es la cosa, es cómo y para qué se la usa.

Cultura y personalidad como herramientas para la expresión de lo que somos.

“La cultura no es tu amiga, la cultura es tu sistema operativo” Terence McKenna

Bajo la personalidad yace el Yo Real (Yo Soy). Es esa “actividad consiente siendo” lo que verdaderamente uno es. La personalidad es útil, es nuestra interfaz para actuar en esta realidad física en la que estamos pero, tal y como los iconos del escritorio de tu computadora no son la realidad de tu computadora, tu personalidad no es tu realidad última. Los iconos son útiles, nos ayudan a actuar, ordenan la información y tienen lo que podríamos llamar una realidad secundaria. Mientras uno esté aquí se verán como lo suficientemente reales y hay que considerarlos como si lo fueran. No podemos ignorar una señalética de peligro, por muy simbólica que sea, por mucho que sepamos que es una “realidad secundaria”, porque una parte de ti mismo está justamente compartiendo ese mismo nivel de realidad. (Como escuché por ahí alguna vez, el icono de la papelera de tu ordenador es solo una interfaz, algo simbólico, pero por muy simbólico que sea, no se te ocurriría poner ahí una carpeta con algo que has estado haciendo durante semanas, porque aunque eso sea una realidad secundaria, va a tener un efecto bastante “real”)

Con la cultura pasa lo mismo. La cultura es a la sociedad lo que la personalidad es al individuo.  Son capas de “adornos” o “aplicaciones” que se sobreponen a la sociedad (que es una trama de relaciones actuando en interdependencia).

La cultura entonces es una realidad terciaria (por seguir usando el mismo lenguaje), y tiene el mismo nivel de realidad que la personalidad en ese sentido, y está en relación de mutua influencia con ella. Mientras estemos dentro de una cultura será para nosotros “real”, y es ilusorio querer negar o ignorar sus efectos.

Así como hay “adornos” de la personalidad más “saludables” que otros, también hay manifestaciones culturales más saludables que otras. Nadie negaría, por ejemplo, que la no-violencia, el no-machismo, el consumo responsable de los recursos son más sanos que sus opuestos.

Tanto las etiquetas ( o definiciones) de la personalidad como de la cultura conducen cada una a un lugar distinto, nos ponen en contacto con experiencias, situaciones y personas diferentes. El hincha del futbol va hacia una dirección y el repetidor de frases espirituales va hacia otro lado. (Hago énfasis en que la etiqueta que nos ponemos nos conduce a lugares distintos, no haré juicios de valor para decir cuál es “mejor” o peor”, todo depende de a dónde uno quiera llegar. Si yo quiero ir al estadio a ver un partido, no me sirve ponerme la etiqueta de ratón de biblioteca, porque esta última me conducirá probablemente a una librería y no al estadio, por lo tanto no me sirve para lo que yo quiero hacer en ese momento)

El punto es que nos haría bien ir más allá  (si usted se interesa en todo esto, por supuesto. Si no hay interés, no le haría bien, en el sentido de que no le sería útil para llegar a dónde usted quiere ir) Hay que ir a la naturaleza profunda de las cosas, al proceso, al Yo Soy, a la actividad de la vida siendo.

Aquí es dónde hay que abrazar las contradicciones: ambas cosas tienen su existencia y ambas son “reales” (tanto la realidad secundaria y terciaria como la naturaleza profunda de las cosas, la esencia) “La forma es vacío, el vacío es forma”. Negar una es negar la otra, una se sustenta en la otra. Venimos de allí mismo a dónde nos dirigimos.

Vivimos “a medias” tanto si negamos el plano material como si negamos el plano verdadero. Ambas actitudes son parciales, polares, y por lo tanto nos alejan de la unidad, de nuestra verdadera esencia.

Querer ser “puro espíritu”, es querer estar allá cuando se está aquí. Querer vivir ilusionado, engañado por la realidad relativa del mundo material (la personalidad y la cultura) también es querer estar en la mitad de la experiencia, es vivir a medias.

Lo importante es saber que se está al medio, siendo parte de ambas realidades, al mismo tiempo.

Dedicar la vida, por ejemplo, a la transformación cultural sin ocuparse del funcionamiento del estar siendo también es parcial, es adornar la realidad terciaria de la cultura con más “aplicaciones”, pero que sirven solo a ese nivel. ¿Qué pasaría si avanzamos creando buenas y útiles aplicaciones, pero nos engatusamos con ellas, como quién se hace prisionero de su teléfono porque cree que lo controla, que le da lo que quiere, que le ayuda a vivir?

Avanzar “solo” culturalmente, sin indagar en nuestra estructura psicológica, sin experimentar el estar siendo, es vivir a medias. Todo avance tecnológico/cultural es una herramienta que será utilizada por un usuario ¿qué sucede si el usuario es psicológicamente un niño o un adolescente? Probablemente solo usará dicha herramienta para satisfacer los deseos de esa parte animal/mecánica que todos tenemos dentro, y esto ¿a dónde conduce? A dónde siempre ha conducido el buscar satisfacer los deseos: a la competencia, al conflicto y a un continuo estado de distracción, un constante estar “entretenido”.

Cuando se visitan culturas distintas ocurre un shock. Si se está atento, se nota que la cultura es solo un “sistema operativo” del ser que está siendo, el tema es que lo olvidamos rápidamente, y en la mayoría de los casos tomamos alguna aplicación de la cultura visitada (o leída, o vista en una película o serie) y la hacemos “propia”, aumentando así en un capa más nuestra personalidad.  En vez de comprender la naturaleza del funcionamiento, creemos ilusoriamente que nos hemos expandido porque aprendimos un nuevo idioma, una idea nueva, una forma de vestir, hasta una forma de pensar, Pero en el fondo solo hemos agregado una etiqueta más a nuestro conglomerado de relaciones internas.

Hay que hacer la salvedad, eso sí, de que expandirse culturalmente si tiene beneficios. No podemos negar que al aprender un nuevo idioma o concepciones del mundo distintas a la propia tiene un efecto en la expansión. Se le da a la esencia una herramienta más a través de la cual expresarse. Hasta la trama de relaciones neuronales del cerebro se modifica al aprender una lengua extranjera. La sutil diferencia está en que lo importante es la expansión que se experimenta al adquirir nuevas herramientas de expresión, no la herramienta misma. Por ejemplo, una persona que domina muchos idiomas puede identificarse con su naturaleza de políglota, o usar esas distintas formas de expresión lingüística para recordarse a sí mismo que su naturaleza profunda es amplia, y tan amplia que hay cosas que en un idioma no puede ni siquiera expresar y por eso necesita varios. Insisto, recordar el proceso, no pegarse en la etiqueta.

Lo relevante es el proceso de expresión a través de las herramientas, y no las herramientas instaladas en nuestra personalidad. En el apego a la máscara me pierdo el recordarme, me pierdo el llevar la atención sobre el que está siendo. Una persona “poco culta” haciendo actividades muy sencillas puede estar más consiente de sí misma que alguien muy leído y muy viajado que solo acumula etiquetas para adornar la personalidad.

Hacer cosas nuevas, romper hábitos, visitar lugares en los que nunca se ha estado nos es útil a modo de alarma, algo que nos recuerda el no identificarnos. Actúan como desprogramadores, pero es curioso observar cómo, con la repetición inconsciente, eso que alguna vez actuó de desprogramador, solo pasa a ser parte de un nuevo programa, y en este punto hay que empezar otra vez. Pareciera ser que nunca se puede decir “he llegado”, constantemente debe haber un nuevo hábito que romper, algo que aprender, para en ese hacer recordarnos a nosotros mismos como “el que está siendo”. Caer en actitudes mecánicas y repetitivas es algo que está siempre cerca, y por eso la observación de si debe ser constante.

¿Qué estás comprando?

¿Dónde está tu atención y tu energía?

Curiosamente, al tratar de responder esta pregunta, surge en mi mente una asociación que a esta altura es innegable. Esa pregunta, concerniente a nuestra intimidad,  a nuestro tiempo, atención y energía no es separable de la pregunta “¿Qué estás comprando?”

El dinero no es distinto al tiempo que invertiste para conseguirlo, nace de ahí. Cuando pagas por algo, en realidad estás intercambiando tu tiempo de vida por un producto o servicio. Lo irónico es que llega un punto en la vida económica de una persona en la que uno se da cuenta de que el “producto” más valioso es el tiempo, y entonces se hace evidente que el sistema está basado en una idea ridícula: pagas con tu tiempo el dinero que te permitirá comprar más tiempo. Vas detrás lo que tenías cuando empezaste.

Los intercambios son naturales. Incluso cuando cultivas tus propios alimentos tienes que “invertir” tiempo y trabajo para obtener un producto.  Las perversiones empiezan cuando el dinero se convierte en el fin en sí mismo,  se transforma en motor, incentivo y destino. Entonces aquí es dónde la pregunta inicial cobra aún mayor importancia:  ¿Dónde está tu atención? ¿Dónde se está yendo tu tiempo? ¿En qué estás invirtiendo (o malgastando) tu energía? ¿Dónde estás tú?

Tal y como están las cosas en nuestras sociedades basadas en el consumo, una de las pocas libertades que nos quedan es “elegir” dónde poner nuestro dinero (y hasta por ahí no más). Es triste, pero la “libertad” (vista desde dentro del sistema) se limita a elegir que comprar dentro de un set preestablecido de opciones (Opciones que dicho sea de paso muy poco tienen que ver con lo que necesitamos)

Estamos tan acostumbrados a ejercer ese tipo de “libertad”, que ya no cuestionamos su modo de operar, ni su origen, mucho menos nos quitan el sueño sus consecuencias.

Es necesario hacerse preguntas como: ¿a dónde va a ir a parar esta energía? ¿La fortuna de quién estoy engordando al comprar tal o cual producto? ¿Quién está detrás de este “contenido” por el que estoy pagando?.

Por estos días, cientos de miles de personas se han volcado a las calles de la ciudad donde vivo para protestar en contra del sistema de pensiones. Expresar el sentir es más que necesario. Para los países como Chile, que vivieron largas dictaduras, el derecho a manifestarse libremente tiene quizás una connotación  aún mayor, y ejercer ese derecho es sin duda necesario. Pero después de ver las imágenes de las calles de muchas ciudades llenas, me hice una pregunta ¿Cuántas de esas personas se pasaron al Mall después de manifestarse? Que es lo mismo que preguntar ¿cuántas de esas personas fueron “voluntariamente” a alimentar las fortunas del mismo grupo de gente contra el que estaban protestando? (Quizás familiares, amigos o socios de los dueños de las AFP)

Cuando nos fuerzan a poner nuestra energía/dinero en un fondo que será administrado por otros, cuando te obligan a alimentar con tu vida/tiempo un sistema que le saca “ganancias” al fruto de tu trabajo, se hace evidente que algo no anda muy bien. Pero cuando tienes la capacidad de elegir “libremente” si compras tal o cual cosa, la compras igual, sabiendo que estás alimentando los bolsillos de los mismos que, por otras vías, te obligan a alimentarlos.

Insistiré en algo: tal y como está formulado el sistema, la única libertad que nos va quedando es elegir dónde poner la plata. Elegir que comprar y dónde comprarlo. Podemos reclamar todo lo que queramos ( e insisto en la validez de esta vía), pero a fin de cuentas nuestro campo de acción verdadero y concreto son nuestras acciones cotidianas.  Si al momento de decidir que comprar tu elección sigue alineada con el engorde del mismo grupo de capitales, entonces la “protesta” se desinfla, se queda en vociferación callejera, porque cuando pudiste ACTUAR en el día a día, a nivel local, ahí no ejerciste tu derecho a decir “NO”, y una vez más, esta vez de forma “voluntaria” alimentaste eso contra lo que tanto te quejas.

El tema es complejo, porque en cierta medida, somos el mismo engranaje de la maquinaria que nos está drenando la vida. La construcción de algo más  “saludable” tiene que darse en forma paralela al como ya estamos viviendo, y desde nuestras humildes trincheras de seres humanos anónimos al menos podemos comenzar a HUMANIZAR  nuestro campo de acción inmediato. Por otra parte, no se trata de “demonizar” el consumo, ni de ponerle etiquetas a nadie según sean sus hábitos de compra, cada cuál tiene (aún) la libertad de hacer lo que quiera. El recordatorio que me hago a mi mismo, y que por extensión comparto, es  simplemente  poner atención,  observar la cadena de relaciones que alimentamos con nuestros actos. Este sencillo ejercicio ya es suficiente.

¿Dónde está tu atención? ¿Qué estás comprando? ¿A quién se lo estas comprando? ¿Qué contenido estás consumiendo? Finalmente no son preguntas distintas a ¿Qué estás haciendo con tu tiempo? ¿Qué estás haciendo con tu vida?

 

Transformación desde la acción cotidiana

No solemos vislumbrar el efecto que tienen nuestras acciones. No somos capaces de ver las consecuencias,  ni siquiera las inmediatas, de las decisiones que tomamos o de las acciones que ejecutamos. Como vivimos, o nos obligan a vivir, dentro del culto a la inmediatez, a lo rápido y eficiente, como estamos inmersos en la productividad, no paramos a observar sobre hacia dónde nos están llevando las decisiones que estamos tomando, y menos aún  somos capaces de ver cómo afectan a los otros (y a nosotros mismos) nuestros actos.

Es difícil. Eso no lo voy a negar. Es difícil detenerse. Estamos tan metidos en las corrientes del mundo, que parar, detenerse y observarse nos cuesta. A veces le hacemos el quite (más o menos conscientemente) ya que sabemos o intuimos que nos encontraremos con situaciones que merecen nuestra atención, y como estamos “tan ocupados” sabemos que echarle una mirada a esos aspectos nos “retrasará”, nos arruinará la agenda, nos quitará tiempo.

Pero parar  y observarnos es necesario, siempre lo ha sido. Sobretodo hoy, que vamos tan rápido (a ninguna parte, pero rápido).

Cuando nos detenemos, es inevitable que se nos haga evidente él cómo estamos caminando. Una persona que se detiene logra verse, y logra ver una cantidad de cosas que tomaría mucho tiempo describir, y que prácticamente es infinita.

Por lo tanto, quiero detenerme es un solo aspecto de este “observar”,  y  se puede enmarcar en la siguiente pregunta “¿Cómo contribuyo yo, a través de mis acciones, con ese mundo contra el que tanto me quejo?”

Uno no es capaz de ver el poder que tiene. Lamentablemente, dentro de las “democracias neoliberales” que pululan hoy, tiene más peso nuestra decisión de compra que nuestra decisión de voto. Las empresas producen y venden según lo que nosotros compramos. Si colectivamente dejáramos de comprar algo, quienes producen ese algo simplemente tendrían que dejar de hacerlo. Suena simple y utópico pero en el fondo es así. Somos, colectivamente, profundamente poderosos en cuanto a que, según lo que decidimos comprar, así se comportarán las empresas que nos venden aquello que (o creemos que) necesitamos.

Si mañana decidimos que no necesitamos actualizar nuestros equipos de teléfono, la empresa que los vende simplemente tendría que dejar de hacerlos, porque NADIE los compraría.

En este punto cabe mencionar algo, y es cómo somos influenciados  por la industria publicitaria (quizás la más nefasta de todas). Una persona que no se detiene a observar(se) cae fácilmente en la influencia de cualquiera, ya que como no sabe para dónde ir, ni cómo ir, espera a que alguien le diga que hacer.  Una persona que obedece a todas las órdenes de la industria publicitaria no es diferente a un niño que necesita que le digan que hacer porque no conoce aún el mundo.

En el otro polo, está alguien que, yendo quizás en contra de la corriente mayoritaria, ha tomado la drástica decisión de perderle el miedo  a detenerse. Nos han enseñado a temerle a la improductividad, al ocio, pero es justamente en esas instancias en las que una persona puede realmente darse cuenta de cómo está conduciendo su vida.

Caemos en la incoherencia por ignorancia. Algunos de nosotros tenemos perfectamente claro que nuestro sistema de vida nos está perjudicando, quitándonos la salud, el tiempo, la creatividad y la energía, pero aún así seguimos actuando dentro del escenario global como fieles sirvientes de aquello mismo que nos está matando.

Una persona consciente de que nuestro sistema de consumo de productos es la razón de nuestro precario estado medioambiental ¿entraría a comprar a un mega centro comercial? Una persona consciente de que los productores de alimentos saludables se ven perjudicados por las grandes transnacionales alimentarias ¿entraría a comprar a un mega mercado o preferiría los mercados locales? Una persona consciente de que nuestro desenfrenado nivel de consumo nos está matando ¿cambiaría sus aparatos electrónicos solamente porque ya salió la nueva versión de los mismos?

(Está bien, tampoco me pondré extremista. Yo personalmente compro en supermercados, y cuándo necesito algo en particular entro a los mega centros comerciales. Pero a lo que apunto aquí es a no hacer de esto un comportamiento habitual, sino limitarnos a justamente lo necesario, a un nivel de consumo consciente, no mecánico, no obediente, no guiado por la industria publicitaria. Un consumo que no sea una excusa, una forma de llenar el vacío existencial)

Da para pensar, por lo menos. ¿Cómo mi pequeña acción cotidiana da forma al camino que estamos siguiendo colectivamente?

Con esto no estoy llamando a un boicot comercial, y no lo estoy haciendo porque sería un llamado inútil (nadie me haría caso), pero si estoy apelando a la capacidad de cada uno, de cada una, para ponerle atención a nuestras acciones, y como ellas le dan forma al mundo que TODOS habitamos.

A veces nos pasamos vociferando en nombre de la empatía, la inclusión y  la solidaridad, pero a la hora de actuar (o de comprar) no somos ni empáticos, ni inclusivos ni solidarios. Pero no lo somos no porque no queramos, si no porque no hemos parado a reflexionar en cómo nuestros hábitos de consumo y de comportamiento, van en contra de lo que verborreicamente no nos cansamos de promulgar.

El mundo, ese que suena tan lejano, tan inalcanzable, tan poco modificable desde dónde estamos, es maleable y responde a lo que cada uno de nosotros está haciendo. No necesitamos grandes cambios, con ponerle atención a nuestra cotidianeidad basta, y ese quizás sea el “gran cambio” que realmente necesitamos.