Cultura y personalidad como herramientas para la expresión de lo que somos.

“La cultura no es tu amiga, la cultura es tu sistema operativo” Terence McKenna

Bajo la personalidad yace el Yo Real (Yo Soy). Es esa “actividad consiente siendo” lo que verdaderamente uno es. La personalidad es útil, es nuestra interfaz para actuar en esta realidad física en la que estamos pero, tal y como los iconos del escritorio de tu computadora no son la realidad de tu computadora, tu personalidad no es tu realidad última. Los iconos son útiles, nos ayudan a actuar, ordenan la información y tienen lo que podríamos llamar una realidad secundaria. Mientras uno esté aquí se verán como lo suficientemente reales y hay que considerarlos como si lo fueran. No podemos ignorar una señalética de peligro, por muy simbólica que sea, por mucho que sepamos que es una “realidad secundaria”, porque una parte de ti mismo está justamente compartiendo ese mismo nivel de realidad. (Como escuché por ahí alguna vez, el icono de la papelera de tu ordenador es solo una interfaz, algo simbólico, pero por muy simbólico que sea, no se te ocurriría poner ahí una carpeta con algo que has estado haciendo durante semanas, porque aunque eso sea una realidad secundaria, va a tener un efecto bastante “real”)

Con la cultura pasa lo mismo. La cultura es a la sociedad lo que la personalidad es al individuo.  Son capas de “adornos” o “aplicaciones” que se sobreponen a la sociedad (que es una trama de relaciones actuando en interdependencia).

La cultura entonces es una realidad terciaria (por seguir usando el mismo lenguaje), y tiene el mismo nivel de realidad que la personalidad en ese sentido, y está en relación de mutua influencia con ella. Mientras estemos dentro de una cultura será para nosotros “real”, y es ilusorio querer negar o ignorar sus efectos.

Así como hay “adornos” de la personalidad más “saludables” que otros, también hay manifestaciones culturales más saludables que otras. Nadie negaría, por ejemplo, que la no-violencia, el no-machismo, el consumo responsable de los recursos son más sanos que sus opuestos.

Tanto las etiquetas ( o definiciones) de la personalidad como de la cultura conducen cada una a un lugar distinto, nos ponen en contacto con experiencias, situaciones y personas diferentes. El hincha del futbol va hacia una dirección y el repetidor de frases espirituales va hacia otro lado. (Hago énfasis en que la etiqueta que nos ponemos nos conduce a lugares distintos, no haré juicios de valor para decir cuál es “mejor” o peor”, todo depende de a dónde uno quiera llegar. Si yo quiero ir al estadio a ver un partido, no me sirve ponerme la etiqueta de ratón de biblioteca, porque esta última me conducirá probablemente a una librería y no al estadio, por lo tanto no me sirve para lo que yo quiero hacer en ese momento)

El punto es que nos haría bien ir más allá  (si usted se interesa en todo esto, por supuesto. Si no hay interés, no le haría bien, en el sentido de que no le sería útil para llegar a dónde usted quiere ir) Hay que ir a la naturaleza profunda de las cosas, al proceso, al Yo Soy, a la actividad de la vida siendo.

Aquí es dónde hay que abrazar las contradicciones: ambas cosas tienen su existencia y ambas son “reales” (tanto la realidad secundaria y terciaria como la naturaleza profunda de las cosas, la esencia) “La forma es vacío, el vacío es forma”. Negar una es negar la otra, una se sustenta en la otra. Venimos de allí mismo a dónde nos dirigimos.

Vivimos “a medias” tanto si negamos el plano material como si negamos el plano verdadero. Ambas actitudes son parciales, polares, y por lo tanto nos alejan de la unidad, de nuestra verdadera esencia.

Querer ser “puro espíritu”, es querer estar allá cuando se está aquí. Querer vivir ilusionado, engañado por la realidad relativa del mundo material (la personalidad y la cultura) también es querer estar en la mitad de la experiencia, es vivir a medias.

Lo importante es saber que se está al medio, siendo parte de ambas realidades, al mismo tiempo.

Dedicar la vida, por ejemplo, a la transformación cultural sin ocuparse del funcionamiento del estar siendo también es parcial, es adornar la realidad terciaria de la cultura con más “aplicaciones”, pero que sirven solo a ese nivel. ¿Qué pasaría si avanzamos creando buenas y útiles aplicaciones, pero nos engatusamos con ellas, como quién se hace prisionero de su teléfono porque cree que lo controla, que le da lo que quiere, que le ayuda a vivir?

Avanzar “solo” culturalmente, sin indagar en nuestra estructura psicológica, sin experimentar el estar siendo, es vivir a medias. Todo avance tecnológico/cultural es una herramienta que será utilizada por un usuario ¿qué sucede si el usuario es psicológicamente un niño o un adolescente? Probablemente solo usará dicha herramienta para satisfacer los deseos de esa parte animal/mecánica que todos tenemos dentro, y esto ¿a dónde conduce? A dónde siempre ha conducido el buscar satisfacer los deseos: a la competencia, al conflicto y a un continuo estado de distracción, un constante estar “entretenido”.

Cuando se visitan culturas distintas ocurre un shock. Si se está atento, se nota que la cultura es solo un “sistema operativo” del ser que está siendo, el tema es que lo olvidamos rápidamente, y en la mayoría de los casos tomamos alguna aplicación de la cultura visitada (o leída, o vista en una película o serie) y la hacemos “propia”, aumentando así en un capa más nuestra personalidad.  En vez de comprender la naturaleza del funcionamiento, creemos ilusoriamente que nos hemos expandido porque aprendimos un nuevo idioma, una idea nueva, una forma de vestir, hasta una forma de pensar, Pero en el fondo solo hemos agregado una etiqueta más a nuestro conglomerado de relaciones internas.

Hay que hacer la salvedad, eso sí, de que expandirse culturalmente si tiene beneficios. No podemos negar que al aprender un nuevo idioma o concepciones del mundo distintas a la propia tiene un efecto en la expansión. Se le da a la esencia una herramienta más a través de la cual expresarse. Hasta la trama de relaciones neuronales del cerebro se modifica al aprender una lengua extranjera. La sutil diferencia está en que lo importante es la expansión que se experimenta al adquirir nuevas herramientas de expresión, no la herramienta misma. Por ejemplo, una persona que domina muchos idiomas puede identificarse con su naturaleza de políglota, o usar esas distintas formas de expresión lingüística para recordarse a sí mismo que su naturaleza profunda es amplia, y tan amplia que hay cosas que en un idioma no puede ni siquiera expresar y por eso necesita varios. Insisto, recordar el proceso, no pegarse en la etiqueta.

Lo relevante es el proceso de expresión a través de las herramientas, y no las herramientas instaladas en nuestra personalidad. En el apego a la máscara me pierdo el recordarme, me pierdo el llevar la atención sobre el que está siendo. Una persona “poco culta” haciendo actividades muy sencillas puede estar más consiente de sí misma que alguien muy leído y muy viajado que solo acumula etiquetas para adornar la personalidad.

Hacer cosas nuevas, romper hábitos, visitar lugares en los que nunca se ha estado nos es útil a modo de alarma, algo que nos recuerda el no identificarnos. Actúan como desprogramadores, pero es curioso observar cómo, con la repetición inconsciente, eso que alguna vez actuó de desprogramador, solo pasa a ser parte de un nuevo programa, y en este punto hay que empezar otra vez. Pareciera ser que nunca se puede decir “he llegado”, constantemente debe haber un nuevo hábito que romper, algo que aprender, para en ese hacer recordarnos a nosotros mismos como “el que está siendo”. Caer en actitudes mecánicas y repetitivas es algo que está siempre cerca, y por eso la observación de si debe ser constante.