Transformación desde la acción cotidiana

No solemos vislumbrar el efecto que tienen nuestras acciones. No somos capaces de ver las consecuencias,  ni siquiera las inmediatas, de las decisiones que tomamos o de las acciones que ejecutamos. Como vivimos, o nos obligan a vivir, dentro del culto a la inmediatez, a lo rápido y eficiente, como estamos inmersos en la productividad, no paramos a observar sobre hacia dónde nos están llevando las decisiones que estamos tomando, y menos aún  somos capaces de ver cómo afectan a los otros (y a nosotros mismos) nuestros actos.

Es difícil. Eso no lo voy a negar. Es difícil detenerse. Estamos tan metidos en las corrientes del mundo, que parar, detenerse y observarse nos cuesta. A veces le hacemos el quite (más o menos conscientemente) ya que sabemos o intuimos que nos encontraremos con situaciones que merecen nuestra atención, y como estamos “tan ocupados” sabemos que echarle una mirada a esos aspectos nos “retrasará”, nos arruinará la agenda, nos quitará tiempo.

Pero parar  y observarnos es necesario, siempre lo ha sido. Sobretodo hoy, que vamos tan rápido (a ninguna parte, pero rápido).

Cuando nos detenemos, es inevitable que se nos haga evidente él cómo estamos caminando. Una persona que se detiene logra verse, y logra ver una cantidad de cosas que tomaría mucho tiempo describir, y que prácticamente es infinita.

Por lo tanto, quiero detenerme es un solo aspecto de este “observar”,  y  se puede enmarcar en la siguiente pregunta “¿Cómo contribuyo yo, a través de mis acciones, con ese mundo contra el que tanto me quejo?”

Uno no es capaz de ver el poder que tiene. Lamentablemente, dentro de las “democracias neoliberales” que pululan hoy, tiene más peso nuestra decisión de compra que nuestra decisión de voto. Las empresas producen y venden según lo que nosotros compramos. Si colectivamente dejáramos de comprar algo, quienes producen ese algo simplemente tendrían que dejar de hacerlo. Suena simple y utópico pero en el fondo es así. Somos, colectivamente, profundamente poderosos en cuanto a que, según lo que decidimos comprar, así se comportarán las empresas que nos venden aquello que (o creemos que) necesitamos.

Si mañana decidimos que no necesitamos actualizar nuestros equipos de teléfono, la empresa que los vende simplemente tendría que dejar de hacerlos, porque NADIE los compraría.

En este punto cabe mencionar algo, y es cómo somos influenciados  por la industria publicitaria (quizás la más nefasta de todas). Una persona que no se detiene a observar(se) cae fácilmente en la influencia de cualquiera, ya que como no sabe para dónde ir, ni cómo ir, espera a que alguien le diga que hacer.  Una persona que obedece a todas las órdenes de la industria publicitaria no es diferente a un niño que necesita que le digan que hacer porque no conoce aún el mundo.

En el otro polo, está alguien que, yendo quizás en contra de la corriente mayoritaria, ha tomado la drástica decisión de perderle el miedo  a detenerse. Nos han enseñado a temerle a la improductividad, al ocio, pero es justamente en esas instancias en las que una persona puede realmente darse cuenta de cómo está conduciendo su vida.

Caemos en la incoherencia por ignorancia. Algunos de nosotros tenemos perfectamente claro que nuestro sistema de vida nos está perjudicando, quitándonos la salud, el tiempo, la creatividad y la energía, pero aún así seguimos actuando dentro del escenario global como fieles sirvientes de aquello mismo que nos está matando.

Una persona consciente de que nuestro sistema de consumo de productos es la razón de nuestro precario estado medioambiental ¿entraría a comprar a un mega centro comercial? Una persona consciente de que los productores de alimentos saludables se ven perjudicados por las grandes transnacionales alimentarias ¿entraría a comprar a un mega mercado o preferiría los mercados locales? Una persona consciente de que nuestro desenfrenado nivel de consumo nos está matando ¿cambiaría sus aparatos electrónicos solamente porque ya salió la nueva versión de los mismos?

(Está bien, tampoco me pondré extremista. Yo personalmente compro en supermercados, y cuándo necesito algo en particular entro a los mega centros comerciales. Pero a lo que apunto aquí es a no hacer de esto un comportamiento habitual, sino limitarnos a justamente lo necesario, a un nivel de consumo consciente, no mecánico, no obediente, no guiado por la industria publicitaria. Un consumo que no sea una excusa, una forma de llenar el vacío existencial)

Da para pensar, por lo menos. ¿Cómo mi pequeña acción cotidiana da forma al camino que estamos siguiendo colectivamente?

Con esto no estoy llamando a un boicot comercial, y no lo estoy haciendo porque sería un llamado inútil (nadie me haría caso), pero si estoy apelando a la capacidad de cada uno, de cada una, para ponerle atención a nuestras acciones, y como ellas le dan forma al mundo que TODOS habitamos.

A veces nos pasamos vociferando en nombre de la empatía, la inclusión y  la solidaridad, pero a la hora de actuar (o de comprar) no somos ni empáticos, ni inclusivos ni solidarios. Pero no lo somos no porque no queramos, si no porque no hemos parado a reflexionar en cómo nuestros hábitos de consumo y de comportamiento, van en contra de lo que verborreicamente no nos cansamos de promulgar.

El mundo, ese que suena tan lejano, tan inalcanzable, tan poco modificable desde dónde estamos, es maleable y responde a lo que cada uno de nosotros está haciendo. No necesitamos grandes cambios, con ponerle atención a nuestra cotidianeidad basta, y ese quizás sea el “gran cambio” que realmente necesitamos.

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Elogio a la lentitud

“¿Te retrasas en el trabajo? Hazte con una conexión más rápida a Internet. ¿No tienes tiempo para leer esa novela que te regalaron en Navidad? Aprende la técnica de la lectura rápida. ¿La dieta no ha surtido efecto? Prueba con la liposucción. ¿Demasiado atareado para cocinar? Cómprate un microondas.

No obstante, ciertas cosas no pueden o no deberían acelerarse, requieren tiempo, necesitan hacerse lentamente. Cuando aceleras cosas que no deberían acelerarse, cuando olvidas cómo ir más lentamente, tienes que pagar un precio”