Los unos y los otros

Están los unos
están los otros
y están los que logran ver que
los unos y los otros
son una y la misma cosa.

Una mente que ha contactado con el silencio, una mente que ha, por lo menos,  atisbado lo que llamamos “unidad”, poco a poco deja de necesitar hacer clasificaciones. Una mente quieta, que es capaz de observar, no necesita categorías, hacer distinciones, diferencias. Una vez que se ha intuido que todo lo que vemos es parte de un mismo conglomerado, donde cada parte está íntimamente relacionada con la otra, naturalmente se comienza a prescindir de esa necesidad de andar otorgándole a todo lo que se nos cruza una “etiqueta”.

No es que las etiquetas y las clasificaciones sean del todo inútiles, ciertamente sirven para “ordenar” nuestro mundo. Eso es innegable, el problema que tenemos es que terminamos creyendo que las cosas son las etiquetas que nosotros mismos inventamos (o aprendimos). Entonces vivimos en un mundo de diferencias, de grados, de grupos que se niegan mutuamente porque creen cosas distintas. Aquí es cuando, una categoría que bien usada es útil para intentar darle orden a las cosas, termina siendo una causa de desorden. Lo que podría haber sido una herramienta, termina convertido en un arma que usamos contra nosotros mismos.

Vivir en el mundo de las etiquetas trae desorden porque nos hace caer en la ilusión de la separación, nos hace priorizar la diferencia por sobre la unidad, y esto bien podría ser la causa de parte de nuestro sufrimiento.

Insisto,  que lo relativo, el contraste, la diferencia es útil. Aprendemos gracias al contraste de las situaciones que experimentamos, sabemos que es el calor porque hemos experimentado el frío. A lo que me estoy refiriendo es que quedarnos con lo relativo es ver la película, literalmente, incompleta. Las cosas son lo que son, nosotros accedemos a ellas parcialmente, conocemos la mitad, una parte de ellas y, por ignorancia, creemos que eso es todo. Caemos en el error de imaginar que nuestro mundo ES las categorías y etiquetas con las que lo describimos, cuando estas son solo utilitarias, una forma limitada de aproximarnos a los fenómenos.

De la mano con esto es que nace la discriminación. Nos apegamos a la nacionalidad, a los estereotipos, a nuestro nivel socio cultural, incluso a nuestro grupo de práctica espiritual. Nos vemos creyendo que mi país es mejor que el de los demás, que la clase alta y baja de verdad determinan que los seres humanos tengan distinto “valor”, que mi grupo de meditación es mejor que el de los demás, que mi religión es la verdadera, que mi guía tiene más experiencia y por lo tanto los demás no van a acceder a la verdad, que por ir a cierta actividad soy mejor que los que no van, que por dejar de hacer lo que todo el mundo hace eso me da superioridad y me hace ser “diferente”, que porque he tenido acceso a cierta educación estoy en un nivel superior que quienes no, etc. Cuando lo vemos así, logramos ver lo ridículo que suena.

Cuando miramos al mundo y seguimos viendo a los demás separados en grupos, cuando predominan en nuestra visión las categorías, “los unos y los otros”, “nosotros y ellos”, podemos observar que en nuestra mente aún predomina la visión separatista. Aún no somos capaces de ver la unidad.

Cada cual está dónde le “corresponde”, es decir que ha contactado con aquellas realidades con las que tiene cierta afinidad. Esto es natural, el problema está en cuando le doy un “valor agregado” a mi grupo de pertenencia por sobre los otros, y esa sobrevaloración (ficticia por cierto) viene con la negación del otro.

Una persona que se ha propuesto vivir de manera completa, que se dedica a observar, sin juicio de por medio, logra acercarse a eso que llamamos visión de unidad. Una persona con una visión de unidad, suelta el juicio, acepta a los otros tal como son, no los intenta modificar ni convencer, porque sabe que el otro es una manifestación de la diversidad de la vida, y que parte del estar vivo es lograr ver la esencia de la vida misma en todas las cosas. Por distintas o contradictorias que parezcan las formas, TODOS estamos sustentados por la vida, la misma vida.

Si crees que el otro se equivoca, déjalo. Es lo que le toca vivir. Así como a cada uno de nosotros nos gustaría que nos dejaran en paz las múltiples veces que nos vamos a equivocar (¿porque alguien realmente cree que pasará el resto de su existencia sin volver a equivocarse?)

¿Podemos compartir formas de pensar? ¿Podemos compartir las comprensiones a las que hemos llegado? Por supuesto, pero en el compartir no hay negación, no hay competición por ver quién tiene la razón, no hay intento de convencer de que uno está en lo cierto. Hay, justamente eso, un compartir. Un observar juntos, un experimentar juntos, y un disfrutar el proceso.

¿Qué hago si observo que el camino que ha tomado el otro lo conducirá al sufrimiento? Podemos verbalizar esa observación, pero le corresponde a cada cual tomar acción sobre su propia vida. Hacer una observación no es hacer un juicio, es poner de manifiesto algo de lo que me estoy dando cuenta, ya verá el otro (o nosotros mismos) que hacer con lo que le estamos diciendo. ¿Quién sabe?, quizás seamos nosotros mismos, los que creemos que estamos simplemente observando, los que estemos equivocados.

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Esta entrada fue publicada en Palabras.

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