Cuestionar, autocuestionarse y dejarse cuestionar

En todo lo que “nos pasa” nos podemos conocer. En todo lo que hacemos, y en cómo lo hacemos, en lo que decimos y cómo lo decimos, en cada instante nos podemos observar. Cuando estamos lo suficientemente atentos vemos claramente, no hay dudas, lo que es suele aparecer ahí frente a nosotros.

No tenemos la costumbre de estar en silencio (de hecho, nuestra sociedad nos tiene acostumbrados a “temerle”), y como estamos constantemente dentro del flujo del pensamiento, no nos detenemos, y al no detenernos nos perdemos la oportunidad de reflexionar sobre lo que estamos haciendo. Estamos habituados a estar siempre haciendo algo, consumiendo algo (un alimento, un producto, un programa de televisión, un contenido en internet) y en ese consumir, se privilegia una mentalidad que funciona como siguiendo un programa: Produce y consume. Produce para poder seguir consumiendo, consume para justificar y para sentir que necesitas el estar produciendo.

Ahí estamos atrapados, es la gran trampa del mundo moderno.

Salirse es simple, lo que no es simple es tomar la decisión de hacerlo. No lo es porque somos animales de costumbre, y salir de lo conocido nos da temor. Pero basta con detenerse. Y ya. Me detengo y empiezo a observar porque estoy haciendo todo lo que estoy haciendo.

Ese ejercicio reflexivo nos falta. Nos es difícil destinar un momento a solo observarnos. Pero desde ahí es de dónde surge la energía para, justamente, poder liberarnos del engranaje.

Tampoco, y derivado de no tener tiempo para reflexionar, tenemos la costumbre de cuestionar. Consumimos ideas sin cuestionarlas, ideas políticas, ideas religiosas, ideas económicas, ideas de contenido espiritual. No hay diferencia, porque no es la idea lo que importa sino como está funcionando nuestra mente. Lo tragamos todo sin filtrar, y eso viene de nuestra compulsión al consumo: somos consumidores de ideas, consumidores de cultura, pero en ese consumir inconsciente nos perdemos la verdadera naturaleza de las cosas, nos perdemos también la capacidad de crear nuevas cosas.

Es útil cuestionar. Es útil auto cuestionarse, y también dejarse cuestionar. Pero no nos gusta porque estamos tan “encariñados” con nuestra batería de ideas que nos ofendemos cuando son puestas en tela de juicio, es como si nos estuvieran quitando una parte de nosotros mismos. Sin embargo, una “idea” que no resista ser observada, que no resista ser cuestionada, no es una idea con la que valga la pena trabajar.

En este contexto, debemos ser capaces de cuestionarlo todo, y llegar a nuestra propias conclusiones, no como un proceso intelectual, sino más bien como un revisión, una observación de nosotros mismos.

¿De dónde viene la idea que tengo de dios? ¿Es saludable la idea de dios que la cultura que habito me entrega? ¿Qué es dios o lo divino para mí?

La forma en cómo me expreso ¿tiene realmente que ver conmigo en lo más íntimo o solo la uso porque la cultura y el lenguaje me tienen colonizado?

Las ideas y conocimientos que manejo y que le dan forma a mi mundo ¿han pasado por el filtro de la observación? ¿Me son útiles para descubrir quién soy?

¿Estoy repitiendo ideas o frasecitas hechas sin haber experimentado lo que realmente quieren decir? ¿Estoy pensando realmente o simplemente estoy reproduciendo sin cuestionar lo que he escuchado en los ambientes que transito?

¿Qué es para mí el éxito? ¿Qué idea tengo del dinero? ¿Qué es para mí llevar una vida sexual saludable?

¿Que es la felicidad para mi?

¿Qué tanto influye en las decisiones que tomo el hecho de querer cumplir con expectativas de otros (de mis padres, jefes o de la sociedad en general)?

¿De dónde viene lo que estoy comiendo?

¿Tiene algo que ver mi forma de consumo de productos con la mala distribución de la riqueza?

¿Realmente necesito los productos que adquiero o estoy sucumbiendo a la ansiedad y llenando mí vacío interior comprando cosas?

¿Son saludables y enriquecedoras las relaciones que tengo?

¿Quiero pasar más de 40 horas a la semana en un trabajo que no me satisface, que no me permite crecer y que incluso me hace mal para la salud?

¿Puedo dejar que alguien me diga que hice algo mal sin hacer un escándalo al respecto?

¿Qué tan adultamente gestiono mis relaciones personales?

La vida espiritual que llevo, las actividades y “productos espirituales” que consumo ¿son necesarios para mi crecimiento o solo estoy haciendo lo que todo el mundo hace para no sentirme aislado?

¿Mi vida social es un espacio de riqueza y cocreación, de empatía y comprensión o es un espacio estéril que hábito para no sentirme solo?

Estas son solo algunas de las preguntas que cada uno de nosotros debería responderse lo más honestamente posible. Es una responsabilidad revisar estas interrogantes, ya que las respuestas de cada cual le están dando forma al mundo que habitamos (lo veamos o no)

Es un ejercicio que ciertamente nos puede desmoronar, desarmar nuestras estructuras, sacar de lo conocido, pero quizás sea justamente ahí, en ese terreno que aún ignoramos dónde podamos encontrar lo que sea que cada uno de nosotros anda buscando.

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Los unos y los otros

Están los unos
están los otros
y están los que logran ver que
los unos y los otros
son una y la misma cosa.

Una mente que ha contactado con el silencio, una mente que ha, por lo menos,  atisbado lo que llamamos “unidad”, poco a poco deja de necesitar hacer clasificaciones. Una mente quieta, que es capaz de observar, no necesita categorías, hacer distinciones, diferencias. Una vez que se ha intuido que todo lo que vemos es parte de un mismo conglomerado, donde cada parte está íntimamente relacionada con la otra, naturalmente se comienza a prescindir de esa necesidad de andar otorgándole a todo lo que se nos cruza una “etiqueta”.

No es que las etiquetas y las clasificaciones sean del todo inútiles, ciertamente sirven para “ordenar” nuestro mundo. Eso es innegable, el problema que tenemos es que terminamos creyendo que las cosas son las etiquetas que nosotros mismos inventamos (o aprendimos). Entonces vivimos en un mundo de diferencias, de grados, de grupos que se niegan mutuamente porque creen cosas distintas. Aquí es cuando, una categoría que bien usada es útil para intentar darle orden a las cosas, termina siendo una causa de desorden. Lo que podría haber sido una herramienta, termina convertido en un arma que usamos contra nosotros mismos.

Vivir en el mundo de las etiquetas trae desorden porque nos hace caer en la ilusión de la separación, nos hace priorizar la diferencia por sobre la unidad, y esto bien podría ser la causa de parte de nuestro sufrimiento.

Insisto,  que lo relativo, el contraste, la diferencia es útil. Aprendemos gracias al contraste de las situaciones que experimentamos, sabemos que es el calor porque hemos experimentado el frío. A lo que me estoy refiriendo es que quedarnos con lo relativo es ver la película, literalmente, incompleta. Las cosas son lo que son, nosotros accedemos a ellas parcialmente, conocemos la mitad, una parte de ellas y, por ignorancia, creemos que eso es todo. Caemos en el error de imaginar que nuestro mundo ES las categorías y etiquetas con las que lo describimos, cuando estas son solo utilitarias, una forma limitada de aproximarnos a los fenómenos.

De la mano con esto es que nace la discriminación. Nos apegamos a la nacionalidad, a los estereotipos, a nuestro nivel socio cultural, incluso a nuestro grupo de práctica espiritual. Nos vemos creyendo que mi país es mejor que el de los demás, que la clase alta y baja de verdad determinan que los seres humanos tengan distinto “valor”, que mi grupo de meditación es mejor que el de los demás, que mi religión es la verdadera, que mi guía tiene más experiencia y por lo tanto los demás no van a acceder a la verdad, que por ir a cierta actividad soy mejor que los que no van, que por dejar de hacer lo que todo el mundo hace eso me da superioridad y me hace ser “diferente”, que porque he tenido acceso a cierta educación estoy en un nivel superior que quienes no, etc. Cuando lo vemos así, logramos ver lo ridículo que suena.

Cuando miramos al mundo y seguimos viendo a los demás separados en grupos, cuando predominan en nuestra visión las categorías, “los unos y los otros”, “nosotros y ellos”, podemos observar que en nuestra mente aún predomina la visión separatista. Aún no somos capaces de ver la unidad.

Cada cual está dónde le “corresponde”, es decir que ha contactado con aquellas realidades con las que tiene cierta afinidad. Esto es natural, el problema está en cuando le doy un “valor agregado” a mi grupo de pertenencia por sobre los otros, y esa sobrevaloración (ficticia por cierto) viene con la negación del otro.

Una persona que se ha propuesto vivir de manera completa, que se dedica a observar, sin juicio de por medio, logra acercarse a eso que llamamos visión de unidad. Una persona con una visión de unidad, suelta el juicio, acepta a los otros tal como son, no los intenta modificar ni convencer, porque sabe que el otro es una manifestación de la diversidad de la vida, y que parte del estar vivo es lograr ver la esencia de la vida misma en todas las cosas. Por distintas o contradictorias que parezcan las formas, TODOS estamos sustentados por la vida, la misma vida.

Si crees que el otro se equivoca, déjalo. Es lo que le toca vivir. Así como a cada uno de nosotros nos gustaría que nos dejaran en paz las múltiples veces que nos vamos a equivocar (¿porque alguien realmente cree que pasará el resto de su existencia sin volver a equivocarse?)

¿Podemos compartir formas de pensar? ¿Podemos compartir las comprensiones a las que hemos llegado? Por supuesto, pero en el compartir no hay negación, no hay competición por ver quién tiene la razón, no hay intento de convencer de que uno está en lo cierto. Hay, justamente eso, un compartir. Un observar juntos, un experimentar juntos, y un disfrutar el proceso.

¿Qué hago si observo que el camino que ha tomado el otro lo conducirá al sufrimiento? Podemos verbalizar esa observación, pero le corresponde a cada cual tomar acción sobre su propia vida. Hacer una observación no es hacer un juicio, es poner de manifiesto algo de lo que me estoy dando cuenta, ya verá el otro (o nosotros mismos) que hacer con lo que le estamos diciendo. ¿Quién sabe?, quizás seamos nosotros mismos, los que creemos que estamos simplemente observando, los que estemos equivocados.

Consciencia de Unidad como antídoto para el sufrimiento

El sufrimiento existe, todos lo hemos experimentado. Es un fenómeno real. Pero lo que nos cuesta ver sobre el sufrimiento es que es en sí mismo una gran motivación para ir más allá, por lo menos más allá del sufrimiento. Es curioso, porque es la propia angustia la que nos motiva a indagar sus causas, para atravesar ese estado.

El problema es que vivimos en la sociedad de la comodidad, dónde el sufrimiento sigue estando presente, pero los lujos que nos rodean hacen que sea “soportable”. Entonces, ciertamente seguimos sufriendo, pero como las burbujas socio culturales que habitamos nos adormecen con lujo y comodidad, no somos capaces de aprovechar el gran motor que es el sufrimiento mismo. Sufrimos sin usar esa angustia como aliciente para ir más allá.

Por otra parte, como estamos tan distraídos, rara vez nos preguntamos cuál es el origen de este fenómeno. Llegamos a respuestas parciales y de aquí surgen conclusiones como que el origen del hambre es la mala distribución de los recursos, o que el que tengamos una educación que no educa a nadie responde a un tema económico y de poca valoración a los profesores. Ahora bien, la mala distribución de los recursos y la poca o nula valoración a los docentes existe, es real, y ciertamente son temas a solucionar, pero ¿Cuál es el origen de la mala distribución de la riqueza o de la poca conciencia sobre el rol docente? (solo por poner dos ejemplo).

En nuestros análisis del funcionamiento del mundo que habitamos rara vez llegamos hasta el fondo, y si bien, insisto, los problemas cotidianos deben ser resueltos, estos deben ser resueltos en su origen, y cuando nos preguntamos por la causa de estos problemas llegamos al tema de la “falta de conciencia”. Estamos intentando resolver (infructíferamente) nuestros problemas concentrando nuestros esfuerzos en un nivel distinto a aquel en el cual esas situaciones se originaron. Estamos gastando millones (en tiempo y energía) en arreglar las cañerías, cuando la razón de que no haya agua es que estamos secando los ríos.

Cuando analizamos nuestros problemas, llegando al fondo, al origen de ellos, siempre nos toparemos con una respuesta que puede ser expresada de muchas maneras, pero que siempre significa lo mismo: nos falta conciencia de unidad.

Los recursos del mundo están mal distribuidos porque unos acumulan más de lo que consumen, porque no ven que están creando un desequilibrio. Si hubiera conciencia de unidad en este caso, de ahí se derivaría la empatía, el ponerse en el lugar del otro, porque veríamos que estamos interrelacionados, y que lo que afecta a uno termina por afectar al colectivo.

No vemos la trama de relaciones que nos sostiene, la obviamos, nos cuesta vernos como parte de un sistema que está, quien sabe que tan profundamente, relacionado. Nos “afectamos” mutuamente”. Ver eso es tener conciencia de unidad.

No hace falta caer en misticismos para observar que esto es cierto. Basta ver cómo funcionan los ecosistemas.

Sufrimos porque no vemos el origen de nuestros problemas, y ese origen es una conciencia limitada, una visión limitada de las cosas. El origen del sufrimiento es la ignorancia del funcionamiento del mundo, es la ignorancia de cómo estamos interrelacionados.

Por lo tanto, el paso que no estamos dando y que deberíamos dar, es empezar a trabajar para transformar, resolver y atravesar el sufrimiento pero desde su origen. Hacer una “toma de conciencia”, “darnos cuenta”. Cuando vemos el mundo con ojos de unidad y con una mirada global, nuestra acción local, nuestra humilde acción cotidiana se transforma. Aparece el otro, y cuando vemos al otro, aparece la empatía, la compasión, las ganas de avanzar juntos, de no dañarnos.

Cuando llegamos a ese nivel de conciencia unitaria, dejamos de ver el mundo en categorías, desaparecen “los unos y los otros” y vemos que unos y otros son una y la misma cosa: humanidad. Una humanidad en la cual cada uno está haciendo lo mejor que puede con las herramientas que tiene, y darnos cuenta de eso, acaba automáticamente con el juicio que hacemos, tan fácilmente, de los demás. Comprendemos que todos estamos más bien dónde mismo, ninguno sin mucha idea de dónde está parado, tratando de no perder la cabeza en el proceso.

La tarea es personal, cada uno es responsable de ampliar su propia mirada (lo que no significa que no podamos acompañarnos, ayudarnos) Las pequeñas transformaciones en la vida de cada uno suman, aportan a lo colectivo. Una pequeña acción local, con conciencia de unidad, es lo que cambiará la forma en cómo compartimos este mundo.