¿Por qué no deberíamos seguir enseñando “religión” en los colegios?

El ambiente nos condiciona, desde que nacemos estamos sometidos a estímulos, ideas, comportamientos y creencias de quienes se convierten (a veces sin estar conscientes de serlo) en nuestros referentes. Aprendemos imitando, estamos naturalmente equipados para “copiar” y luego “reproducir”, somos seres muy permeables. Este hecho pone de manifiesto la importancia de propiciarnos ambientes saludables, que nos nutran en vez de intoxicarnos, sobretodo en nuestra infancia que constituye esa etapa fértil en la que brota cada semilla que nos contacta.

Nuestra batería de creencias es parte de esas “semillas” que otros depositan, intencionada o inconscientemente, en nosotros.

Creo que es transversal a todos los seres humanos el querer vivir una vida “tranquila”, una vida que podamos disfrutar, que nos permita expresar nuestras potencialidades. Nadie en su sano juicio elegiría el sufrimiento. Sin embargo, muchas de las cosas que nos transmitimos entre nosotros, sobre todo a nivel de ideologías, ideas y creencias, apuntan o son un terreno propicio para la propagación de ese sufrimiento.

No tenemos la costumbre de cuestionar u observar neutralmente el efecto que tienen las ideas que, por ejemplo, se promulgan entre los niños en edad escolar. Solemos, bien intencionadamente,  divulgar normas de buen comportamiento, códigos de conductas y ética, pero gran parte de las veces son palabras vacías. Nos preocupamos más de decir que de hacer, es muy difícil enseñar realmente encarnando aquello que vociferamos.

En este contexto se enmarca la enseñanza de “religión” en los colegios. Aparentemente se busca con esto abordar un ámbito del ser humano que incluya una dimensión más espiritual, dónde se eduque a la persona en cuanto a valores y “buena conducta”. Sin embargo esto parece no estar dando resultado. Las clases de religión en un colegio suelen ser esa hora “libre” en la que uno conversa con sus compañeros. Los estudiantes se “defienden” de una educación que les es irrelevante comportándose como los niños y adolescentes que son, lo cual es algo de lo más natural.  El tema es que, pudiendo constituir una instancia realmente formativa, ese tiempo de clases en realidad constituye un desgaste para los actores del sistema educativo, una pérdida de tiempo y energía, y tiempo y energía son bienes escasos en nuestro mal diseñado sistema educativo.

La enseñanza de la religión busca fomentar valores como la compasión, la empatía y la solidaridad, pero muchas veces no lo logra (por diversas razones que merecerían más análisis), al contrario, muchas veces la difusión de ideas religiosas son la base para que se disemine la intolerancia, la confusión interna y el sentimiento de culpa. La educación religiosa constituye más un sesgo del cual un estudiante tendrá que deshacerse que una base sólida sobre la cual apoyarse para convertirse en un adulto empático.

Por otra parte, cuando hablamos de la enseñanza religiosa en un colegio hablamos por lo general de la difusión de una sola corriente de pensamiento, evidentemente la predominante en la cultura a la cual pertenece el colegio. ¿Qué amplitud de mirada puede tener un estudiante a quien por años se le educa en una sola forma de ver el mundo?

La educación debería tener por objetivo el propiciar un terreno para el florecimiento de la esencia del ser humano, encasillar a los niños en una sola religión es limitar esa expresión. Es cierto que uno de los aspectos de nuestra esencia como personas es el ámbito espiritual, esa necesidad intrínseca de transcendencia, y ciertamente la educación debe abordar ese aspecto ya que es algo natural al ser.  Sin embargo, la educación religiosa tiende a ir en contra de ese florecimiento.

Una alternativa a esto es reemplazar la enseñanza de una sola religión por lo que podríamos llamar “la mirada religiosa”, entendiendo por religión a aquello que nos une, una mirada que ponga de manifiesto aquello que nos es común, por sobre aquello que nos separa. Cuando educamos a los niños desde la diversidad de credos estamos sembrando tolerancia. Si nos ocupáramos de abordar esa necesidad de transcendencia introduciendo la idea que como especie somos naturalmente diversos, y que en esa diversidad es también natural que surjan distintos modos de aproximarse al fenómeno de la vida, recién ahí estamos educando para el mutuo respeto y la verdadera tolerancia, pero la de verdad, la que viene de la raíz.

Conocer distintas miradas, distintas formas de aproximarse al fenómeno de lo “divino”, mostrar opciones, hacer estudios de tradiciones comparadas, fomentar la curiosidad, despertar al buscador interno en vez de vender creencias, esa es la verdadera educación religiosa, una educación con conciencia de unidad.

Imponer un credo a un niño es un tipo de abuso.  Hacer sentir culpable a un estudiante por no creer y discriminar a aquellos que están eximidos de las clases de religión son comportamientos que se dan dentro de la sala de clases, y ciertamente no conducen a dónde la enseñanza religiosa dice que está conduciendo a la gente. (Es sabido que, incluso legalmente, un estudiante eximido de religión tiene derecho a que se le otorgue la posibilidad de realizar actividades paralelas a la clase de la cual no es parte. Esto casi no ocurre, y dichos estudiantes “pierden” esa hora)

Con una enseñanza bien aterrizada en lo humano, con una educación centrada en nutrir y no sesgar esa necesidad de conocer lo transcendente, estaremos propiciando una cultura de paz. No se puede respetar lo que no se conoce, gran parte de la intolerancia religiosa pasa por la ignorancia del sistema de creencias del otro.

Resulta evidente que solo  puede educar en el respeto y la tolerancia alguien que vivifique esas actitudes, esto ciertamente requiere que esas personas encarnen un verdadero referente de aquello que están promulgando. Un ser humano debe estar muy bien preparado para conducir y guiar a otros en la aventura que constituye la búsqueda de lo transcendente. Es una tarea difícil pero realizable.

Finalmente, todo este proceso debería tener siempre como columna vertebral el respeto de la libertad interior de cada ser humano. Cada persona, ya desde su madurez, será responsable  de elegir que corriente le hace más sentido, pero habiendo tenido por lo menos un atisbo de lo que promueve cada una. Esa es la base de una tolerancia real, de un “tolerarnos”, de un aceptarnos en nuestras diferencias, de ser realmente libres.

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