La verdad es una tierra sin caminos

Yo sostengo que la Verdad es una tierra sin caminos, y no es posible acercarse a ella por ningún sendero, por ninguna religión, por ninguna secta. Ese es mi punto de vista y me adhiero a él absoluta e incondicionalmente. La Verdad, al ser ilimitada, incondicionada, inabordable por ningún camino, no puede ser organizada; ni puede formarse organización alguna para conducir o forzar a la gente a lo largo de algún sendero en particular.

Si desde el principio entienden eso, entonces verán cuan imposible es organizar una creencia. Una creencia es un asunto puramente individual, y no pueden ni deben organizarla. Si lo hacen, se torna en algo muerto, cristalizado; se convierte en un credo, una secta, una religión que ha de imponerse a los demás.

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El derrame de la iluminación

La neuroanatomista Jill Bolte Taylor, tuvo la oportunidad de experimentar un accidente cerebral en su hemisferio izquierdo. Le tomó 8 años recuperarse de ese accidente.

En esta charla relata como fue experimentar esa situación y el aprendizaje que significó para ella.

¿Desde dónde pienso el Mundo?

Se puede vivir sin apegarse a lo que uno cree, pero es imposible vivir desentendiéndose de la humanidad que nos sustenta. Cuando digo “humanidad” hablo de lo humano, pero también de lo animal, de lo mamífero, y porque no, también de lo celular.

La vida es un continuo. Desde que comenzó la vida sobre este planeta ese flujo no se ha detenido. Nuestra verdadera edad son millones de años (3.800 millones aproximadamente). En ese flujo continuo cada ser vivo es una expresión temporal de la vida misma.

Tomar consciencia de que somos parte de ese flujo quizás sea una puerta a la trascendencia, a sabernos de alguna manera eternos. (y podemos ir mucho más allá y decir que somos también el Universo)

Cuando percibimos el mundo, nuestra batería de creencias nos aporta una base, y es útil, ya que nos brinda un contexto, pero esa misma batería limita la percepción de aquello que estamos observando. Si queremos realmente descubrir lo que es, experimentar lo que es, un paso ineludible es fundirme con el mundo en una observación que es total. Esta observación requiere soltar las ideas que tengo respecto a lo que estoy observando, y justamente, solo observar, sin juicio, sin expectativa, sin creer que ya sé lo que voy a encontrar. Solo experimentar.

¿Desde dónde estamos pensando el mundo? ¿desde qué cultura? ¿desde qué idioma? ¿desde qué religión? ¿desde que cuento? Cada contexto tiene su mirada, válida y útil, pero ¿me voy a quedar siempre parado en el mismo lugar sabiendo que puedo acceder a una visión menos parcial, una visión que quizás integre todas las miradas?

Soy un mamífero que cuando percibe el mundo usa sentidos que solo captan rangos de toda la gama de estímulos que están disponibles. Soy un mamífero con un cerebro que funciona de cierta manera y que determina el cómo voy a percibir el ambiente. Ese mamífero tiene también un funcionamiento, una fisiología determinada y es desde ese funcionamiento que cada uno de nosotros experimenta el mundo, porque uno no puede negar lo que es.

Por eso es útil mirarse. Cuando empezamos a descubrir cómo estamos constituidos, cómo funcionamos, cómo percibimos, cuando empezamos a pensar sobre nuestros propios mecanismos de pensamiento, ahí es cuando nos acercamos al estado del observador. Y el estado del observador es útil porque nos amplia el mundo, desde ahí podemos contemplarnos como lo que realmente somos: seres trascendentes con un potencial enorme.

¿Nos vamos a quedar atrapados en nuestro contexto familiar? ¿De verdad nos vamos a perder experimentar la maravilla de lo que es por estar encerrados en una sola cultura?

Darnos cuenta de que podemos prescindir de nuestras creencias puede inducir un poco de temor, ya que si suelto lo que creo pierdo el contexto que me da cierta seguridad. Pero cuando vemos realmente, nos damos cuenta de que es más lo que se gana que lo que se pierde. Se gana amplitud de mirada, visión global, nos acercamos a nuestra naturaleza real y logramos ir más allá  de los cuentos que nos contamos.

Los contextos desde los que experimentamos la realidad existen, tienen la utilidad de ser una base desde la cual vamos viviendo el mundo. Entender esto nos aporta tolerancia, ya que, cuando me doy cuenta de que mi forma de pensar es producto de mi familia, de mi país, de mi idioma y de mi cultura, puedo entender que “los otros”, esos que ven el mundo de una manera tan distinta a la mía, solo están haciendo lo mismo que yo, pero enraizados en una familia, país, idioma y cultura diferente.

Ahí nace la tolerancia, porque veo más allá de la diferencia y vislumbro el proceso que subyace a la creación de lo que nos separa, y bajo ese proceso hay un ser vivo, muy parecido a nosotros experimentando el mismo mundo.

¿Nos vamos a quedar siempre en lo conocido? ¿O nos vamos a sumergir en el flujo del que ya somos parte?