Una cosa es convencer, otra distinta es mostrar opciones

Es parte del proceso del “darse cuenta” ir viendo que ciertas actitudes, comportamientos o formas de pensar nos hacen bien, nos aligeran la carga, nos aportan salud, nos permiten mayor conexión con el flujo de la vida, etc. Cuando nos damos cuenta de que hemos “encontrado” ese algo que nos hace sentido, el riesgo inmediato es querer que los demás hagan lo mismo.

Se nos olvida que ese “darse cuenta” es personal, que lo que tiene sentido para mí, no tiene porqué tenerlo para el otro, y que está muy bien que así sea.

Nos sentimos tan bien, estamos tan autoconvencidos de que estamos contentos, que nuestro camino es “el camino” que llegamos al extremo incluso de querer imponerlo a los otros, sobretodo a aquellos que amamos, ya que los queremos tanto, que también queremos que estén sanos y felices como nosotros.

Nos olvidamos que ese amar es dejar que el otro sea como es, olvidamos que es un acto de amor tener respeto por el ritmo del otro, por la visión del otro, que en todo momento también es válida, ya que proviene de su contexto vivencial y ¿quién soy yo para juzgar lo que ha vivido el otro?

Una cosa es convencer, otra distinta es mostrar opciones. Si viéramos cuanto tiempo y energía perdemos defendiendo creencias, intentando imponerlas, dejaríamos de inmediato nuestros intentos de convencer al otro.

En este contexto, el verdadero acto enraizado en el amor sería el mostrar la opción. Mostramos nuestra opinión, nuestra visión, nuestro actuar frente a esto o aquello, pero recordando siempre que el otro es perfectamente libre de tomar lo que le estamos mostrando o no.

Nuestro trabajo en el ámbito del mostrar siempre llega hasta la “mitad del camino”, la otra mitad depende de los demás.
Se sintonizarán con lo que nosotros estamos mostrando aquellos que estén abiertos a hacerlo, y lo mismo nos pasará a nosotros cuando alguien nos venga a contar sus cuentos: nos sintonizaremos con aquellos que nos hagan sentido.

En este proceso ayuda mucho la visión crítica, el pensamiento abierto, que logra aceptar que todas las miradas son válidas. Ayuda a ir ampliando la mirada el ver en el otro a un igual, a alguien que siente igual que yo, pero cuya historia lo ha cargado con una batería de creencias distinta a la mía.

En etapas posteriores del darse cuenta uno podría incluso prescindir de las creencias y opiniones personales, porque reconocemos que nos cargan con un peso que necesitamos soltar para viajar ligeros. Una vez ahí se nos haría evidente que el querer convencer a los demás es un ejercicio inútil que nos saca de la vivencia, que nos impide entregarnos por completo a aquello que nos hace sentido a nosotros, ya que estamos más preocupados de lo que piensa el de al lado.
Mostrar opciones, sin convencer a nadie, probablemente sea la vía más efectiva para entregar ese mensaje que tanto nos urge comunicar.

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