Educar desde lo humano

Las escuelas no enseñan mucho, la mayoría están muy ocupadas en  mantener y nutrir el funcionamiento del sistema. La mayoría de las escuelas no te enseñan cómo vivir, no te dicen cómo encontrar significado en tu vida, ni como estar en desacuerdo con los demás sin enojarte ni hacer un escándalo al respecto. No hay un abordaje de las emociones ni del desarrollo del ser humano como un ser completo. La mayoría está centrada en un trabajo intelectual (mal hecho en muchos casos) con lo que se logra que los estudiantes se transformen en contestadores de pruebas y, en el futuro, en trabajadores obedientes.

Quizás el mayor problema de esta situación es que esa forma de funcionamiento es solo un reflejo del modelo social que sostenemos, y las escuelas solo reproducen ese modelo muchas veces incluso sin notar que lo están haciendo.

La cultura nos atrapa, nos contamina. El medio que habitamos está contaminado por mensajes que fomentan la competencia, el miedo, el lograr el éxito a cualquier precio, una desvalorización de lo simple, un menosprecio a la colaboración. En este marco social  lo que vale es ser productivos, hay que hacer “cosas útiles” con el tiempo, y en ese juego valoramos en exceso lo que nos dicen que es importante (lo que no nos dicen es para quien es importante). No le damos tiempo al aquietamiento, a la calma, al dejar que las cosas sean lo que son y menos a la reflexión sobre la práctica que uno ejecuta, cualquiera que esta sea. Básicamente, reflexionar no es productivo, no nos retorna una ganancia monetaria por lo tanto dedicarle tiempo es un atentado contra la productividad.

Nada bueno va a surgir de una maquina productiva que no se toma una pausa para la reflexión sobre lo que se está haciendo. Cualquier intento de mejorar, de hacer las cosas de manera más sana, parte por la reflexión, por una detención que nos permite ver dónde estamos, cómo estamos y hacia donde nos lleva nuestro accionar. Cualquier avance parte por la aceptación del como se está en el presente. Y nuestro medio no nos deja parar para poder hacer esa observación. Estamos distraídos, y nos perdemos el apreciar la esencia de las cosas.

Hoy el profesor ni siquiera tiene el tiempo suficiente para preparar sus clases, incluso ni siquiera puede disfrutar de su tiempo libre. Aterrizando a las condiciones reales del ejercicio docente, resulta imposible encontrar el tiempo para esa reflexión, paso primordial para la autocorrección del ejercicio profesional. Estamos (o nos tienen) tan entrampados en la lucha por condiciones laborales adecuadas, que esa lucha consume todo el tiempo, energía y atención de los involucrados en el sistema educativo.

Poniéndose un poco paranoico, se podría pensar que incluso está “diseñado” de esa manera, ya que ¿Qué mejor estrategia que mantener a los profesores luchando por sus condiciones básicas, que mantenerlos ocupados, agobiados y agotados para que nos se dediquen a lo esencial?

Resulta obvio decir que hay un paso base para mejorar todo el sistema, y eso parte por humanizar las condiciones de trabajo de los docentes, porque el profesor es central en este juego.

Una valoración social acorde a la importancia de su rol, mejorar las remuneraciones, la disminución de la cantidad de alumnos por curso, y una distribución adecuada entre las horas lectivas y no lectivas son la base. Sin ese cimiento, cualquier modificación que se quiera hacer es solo un maquillaje superficial.

Sin embargo, eso es solo el comienzo. Una vez establecidas estas condiciones, hay que re.humanizar el proceso, porque en este momento el proceso educativo tiene mucho de mecánico, de alumnos autómatas educados por autómatas. El centro del proceso debe ser el ser humano y el florecimiento de su esencia.

En esto de generar las condiciones adecuadas la responsabilidad es compartida. El estado es por un lado el responsable de asegurar dichas condiciones, y los actores del sistema educativo son responsables de aprovechar al máximo dichos escenarios. El sistema está tan normado, regulado, comprimido e intervenido, que a esta altura el único espacio de autonomía que le queda al profesor es el espacio de intimidad que se genera en la relación maestro-estudiante. Ahí es donde está la gran mina de oro de la educación. Y es ahí, bien enraizados en lo humano, desde donde el docente tiene que empezar a actuar. Esto implica ciertamente un proceso de desarrollo personal, y de autoconocimiento si se quiere, que quien educa tiene que emprender por sí mismo, desde mi punto de vista, casi como una responsabilidad inherente a su rol.

El propósito de la educación es formar al ser humano para que exprese sus potencialidades, para que sea un individuo sano, con una relación saludable consigo mismo y con los otros. Para generar eso, quienes están a cargo de ser los referentes de esos niños tienen que ser personas sanas. Los docentes, tal y como está formulado el sistema, no están expresando salud en el día a día, sino todo lo contrario.

Lo que más educa es el espacio psicológico y emocional que crea quien está enseñando a su alrededor. Un maestro estresado, cansado y sobrecargado, difícilmente podrá expresar, ni siquiera en sí mismo, eso que intenta referenciar a los otros.

Uno solo enseña lo que es. Se entra completo a la sala de clase. Se entra con las pasiones, las virtudes y las ganas de trabajar, pero también con las frustraciones, los miedos, el estrés y el temor de quedarse sin trabajo, o de que el sueldo no alcance a fin de mes para que el maestro se ocupe de su propia familia.

El sistema no está dejando que los docentes expresen lo que son. La vocación de educar, el compromiso de ser actores sociales y la gran responsabilidad de los profesores es su mayor capital, y lo bueno es que existe, es real y busca manifestarse, pero se encuentra con murallas que poco a poco van debilitando esa fuerza vital que tiene alguien que decide enseñar.

Por eso es tan importante que, una vez aseguradas esas condiciones básicas sigamos hacia el siguiente eslabón: ampliar el marco dentro del cual está sujeto el accionar educativo, poniendo en el centro del sistema el desarrollo humano, con todo lo que ello implica. (Curioso resulta notar que muchos colegios tienen esto escrito en alguna parte de su proyecto educativo, pero las acciones para ponerlo en práctica son nulas, y esto se observa en la forma de actuar de los directivos con los docentes, de los docentes con los estudiantes y entre los mismos docentes. Lamentablemente es letra muerta)

Un espacio laboral físico, psicológico y emocionalmente sano es lo que necesitan los profesores para expresar el enorme potencial que tienen, y haciendo eso, es inevitable que los estudiantes que conviven con ellos en el día a día no se contagien de eso. El florecimiento necesita un terreno fértil, ese es el terreno que tenemos la misión de propiciar.

Desde lo interior a lo colectivo

Cada día estoy más convencido de que la única re.Evolución realizable (y por lo tanto la más útil) es la que cada uno puede poner en marcha para trascender la propia estupidez. Es una labor personal, silenciosa y muchas veces solitaria.

Probablemente, a vista de muchos, centrar el trabajo sobre sí mismo puede parecer algo egoísta. En realidad es todo lo contrario ya que “ayudarse a sí mismo es olvidarse de sí mismo”, es decir, que al ir profundizando en ti mismo, al ir derribando los muros de la propia estupidez, inevitablemente aparece el otro. Y es más, el otro no aparece como una entidad separada de ti, sino que se muestra en una relación de interdependencia, donde cada acto, gesto, palabra y pensamiento entretejen una trama donde las influencias van en todos los sentidos, donde todos nos “afectamos” unos a otros.

La revolución “en contra” (estar en contra solo refuerza aquello con lo que se lucha) de la propia estupidez parte por aceptarla, por aceptarnos tal cual somos. En esa aceptación hacia uno mismo automáticamente surge la aceptación hacia los demás. Aceptamos que cada cual es libre de seguir el camino que desee y que puede hacer las cosas de la forma que mejor le parezcan. Aceptamos también la tontera ajena, sin juzgarla, porque al haberla reconocido y aceptado en nosotros mismos, nos hacemos tolerantes al proceso del otro, que no es distinto al personal. Todos sentimos igual.

Este proceso también nos abre a ver que cada uno contribuye de una forma muy particular al colectivo. No todos somos buenos para lo mismo, no nos hacen sentido las mismas cosas, ni las mismas formas de abordar ciertos temas. Algunos tienen un rol más extrovertido, otros están centrados en una transgresión más silenciosa. Pretender que los distintos tipos de seres luchemos por lo mismo, y más aún de la  misma forma, es negar al otro, y por ende no amarlo.

Amar es dejar que el otro aparezca, tal cual es. Si yo tengo una forma de ver el mundo, si me he construido una visión sobre como contribuir con lo colectivo, eso está muy bien, hay que hacerlo, practicarlo. Pero pretender que los demás adhieran ciegamente a mi método o forma, solo porque mi me funciona, eso es negar al otro.

En esta revolución para trascender la propia estupidez cada cual es libre de hacer como le plazca, al ritmo que le corresponda. Juzgar al otro porque no se suma “a mi lucha” es seguir construyendo barreras. Aceptar el proceso y el ritmo del otro, es amarlo, dejarlo ser lo que es.

Hay cosas que nos hacen más sentido, hay causas que nos movilizan colectivamente, hay cosas que solo le hacen sentido a unos pocos. Independiente de eso ¿Quién soy yo para siquiera opinar sobre lo que al otro lo mueve?

Ayudarse a sí mismo es olvidarse de sí mismo. Olvidarse de mismo es dejar aparecer al otro. Dejar aparecer al otro es aceptarlo. Cuando pensemos en el nivel global, en la comunidad que formamos todos, bien nos haría recordar esto.

El trabajo personal es integrador, expansivo y afecta al colectivo. Y en un sentido estricto, el trabajo personal sobre nuestro entorno inmediato en la cotidianeidad es el único trabajo que si podemos hacer, porque depende solamente de nosotros. Es, al mismo tiempo, ineludible.

No hay trabajo interno que no derive en una colaboración, en un aporte a lo global. Pero no hay colaboración ni aporte a lo global sin trabajo interno. La revolución vociferante que solo grita consignas sin volcar la mirada al interior, es solo eso: vociferación. Hay que abordar ambas miradas, la interna y la externa, porque solo integrando ambas, y observando que están íntimamente relacionadas, esas miradas se funden en una verdadera Visión.