Trascender el cuento que nos contamos

La única “versión de la verdad” que nos hará sentido será la que vayamos descubriendo por cuenta propia. Por descubrir me refiero literalmente a ir des-cubriendo lo que ES, a ir retirando los velos y atravesar lo ilusorio para contactar y reconocer la esencia que lo sustenta.

Tomar las ideas de otros como apoyo es útil, pero justamente si las tomamos como eso: un apoyo. El verdadero buscador escucha, está abierto a todo, pero luego debe comprobar por sí mismo.

No tenemos la costumbre (o mejor dicho, la habilidad) de reconocer que cuando “pensamos” o “hablamos” la mayor parte de tiempo solo estamos repitiendo sin cuestionar lo que hemos escuchado. Aceptamos como ciertas historias, mitos, interpretaciones, ideas, creencias y conocimientos, los ajenos y también los propios (porque, seamos honestos, uno también se inventa cuentos que termina por creerse)

El primer afectado por esta falta de filtro hacia nuestros pensamientos somos, por supuesto, nosotros mismos. Es así como, a veces durante años, creemos y defendemos ideas que nos distraen de lo esencial, ideas que tomamos como ciertas pero que solo constituyen un velo más, velo que nos negamos a correr ya sea por costumbre, comodidad o miedo. Todo esto obviamente también afecta  a quienes nos rodean, sobre todo cuando nos obstinamos en defender, priorizar y sobreponer nuestros cuentos personales por sobre los cuentos ajenos. Entre defender lo que creo y el fanatismo hay un par de pasos.

Cuando de verdad estás en paz con tus creencias, cuando te hacen real sentido, menos tiempo y energía le dedicas a difundirlas o defenderlas. Las vives, y dejas vivir a los demás sus propias convicciones.

¿Quién soy yo para querer cambiar al otro? No somos tan importantes como nos gusta creer. En este escenario lo que podemos hacer es apuntar a la impecabilidad personal, a la limpieza de todo aquello que es accesorio, a la transparencia y la amplitud de la mirada. Esto nos pondrá en un nuevo escenario, más amplio y siempre susceptible de seguir expandiéndose. Queda confiar en que al co.existir con otros que también están en este camino, logremos inspirarnos mutuamente para perseverar en esta tarea autoimpuesta de experimentar lo que es.

Puedo compartir mi visión, puedo (ojala con mis actos y mi propia vida) transmitir que cierta forma de pensar conduce a cierta autenticidad, a una ligereza de paso, a un estado de salud, a la tan anhelada paz. Pero remarco la palabra “compartir”, cada cual es libre de aceptar o no aquello que le llega a la vista.

No somos nuestra historia personal, ni mucho menos la batería de cuentos que nos contaron y que, luego de eso, nosotros seguimos nutriendo. Somos la esencia que sustenta todo eso ( y esto también es solo un cuento hasta que no lo experimentamos por cuenta propia).

La vida es diversa, de hecho una de las características que le han permitido a la vida sobre este planeta adaptarse al continuo cambio que la Tierra nos ofrece es justamente la biodiversidad: mientras más formas distintas de hacer  lo mismo (vivir) más posibilidades de que frente a ciertos eventos podamos adaptarnos (como colectivo).

Nuestras formas de aproximarnos a lo que ES también son diversas, hay muchos caminos. Es naturalmente humano abordar los fenómenos desde distintas perspectivas, es natural crear diversas explicaciones para intentar comprender el fenómeno de la vida. Idealmente, nuestra forma de leer el mundo debería tender a ser amplia, integradora y tolerante, pero si nuestra filosofía personal no tiene esas características, aún así es una de las formas que existen, y eso le da cierta validez.

Pero, independiente de la forma, “la verdad es una tierra sin caminos”, por lo que bien le haría a nuestra mutua tolerancia reconocer que la ideología que sigue el otro está sustentada por la misma sustancia que sostiene al camino que recorremos nosotros.

Ir des-cubriendo lo que ES, quitar las capas ilusorias que se interponen entre lo que creemos y lo que ES, nos ayudará a reconocer y privilegiar aquello que nos une, por sobre aquello que nos separa.

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La decisión más importante

¿Cómo saber que quiero cuando desde todos lados me bombardean con ofertas, y a veces también con “invitaciones a ser profesional” que tengo que aceptar prácticamente a la fuerza?

¿Cómo limpio, transparento y aquieto esa parte de mi que tiene que tomar un decisión “tan importante” como lo es escoger un camino laboral/profesional?

No es fácil escoger un camino, y no lo es porque estamos confundidos. No sabemos quiénes somos. La educación nos ha llenado la cabeza de datos e información, pero no se ha dado el tiempo de poner al ser humano en el centro y de facilitar un descubrimiento de lo que somos. Si no sabemos quiénes somos ¿Cómo es posible que se nos pida claridad al momento de saber que queremos?

Lo que queremos hacer se deriva de aquello que somos, pero nuestra esencia está dormida, ha sido eclipsada, y a veces sepultada con toneladas de ideas, información, mandatos y creencias obsoletas y, porque no decirlo, también nocivas.

Creemos que la productividad es nuestra máxima meta a alcanzar, hacer algo nos permita tener el dinero suficiente para no ser pisoteados por esta sociedad cruel e indolente ( y la sociedad es cruel e indolente porque nosotros, quienes la constituimos, priorizamos esos valores). Se nos ha metido en la cabeza que tenemos que perseguir un éxito que está allá “afuera” y que para hacerlo es válido posponernos, posponer nuestra salud, nuestro bienestar, nuestro tiempo libre. Esta creencia es la que nos ha llevado al estado  en el que estamos: un estado en el que perseguimos ser exitosos y el precio que pagamos es perdernos la vida.

Hemos desvalorizado el “hacer nada”, el dedicarle una tarde a la contemplación, a estar quietos, a estar en calma. Hemos olvidado que es desde ese ocio que surge la creatividad profunda, las ideas originales, y también el tiempo para reflexionar sobre nuestro vivir humano ( y poder corregir el rumbo si es necesario)

No tenemos tiempo para pensar porque estamos ocupados produciendo, la productividad es “mejor pagada” que la creatividad, y esto nos está quitando la vida, porque el ser humano es una máquina de imaginar, de crear, y si, de producir, pero a partir de esa profunda riqueza que nos aporta la imaginación.

Es en este contexto desde dónde un estudiante de 16 o 17 años “elige” (como si realmente pudiera elegir libremente) que “hacer con su vida”. Los adolescentes tienen un profundo miedo al fracaso, porque durante años de escolaridad hemos alimentado en ellos el ideal de “la respuesta correcta”, “la buena calificación” y el “miedo a equivocarse”. “Si me equivoco seré mal calificado, y por lo tanto no valgo” piensan muchos estudiantes, y frente al miedo al error, se abstienen de poner en movimiento su maquinaria creativa y se quedan en una no-acción infértil.

Cada año, miles de jóvenes son sometidos a lo que les hemos dicho (erróneamente) que es “la decisión más importante de sus vidas”. Muchos adultos aún no tenemos idea de lo que queremos hacer con nuestras vidas, pero les seguimos mintiendo a los estudiantes diciéndoles que están frente a un momento crítico y que los marcará de por vida, que es casi una decisión sin retorno.

No le resto importancia al momento, solo remarco la excesiva solemnidad de solo una decisión más en la  vida de una persona.

Creo fuertemente que una de las decisiones más importantes que podemos tomar es decidir qué vamos a priorizar, que tipo de vida queremos vivir en el sentido transcendente. Evidentemente que tener claro eso derivará en tomar decisiones respecto a que actividades laborales o profesionales ejecutaremos, pero esto último viene como consecuencia de lo primero, y este sentido trascendente es algo que no dejamos florecer, porque estamos muy ocupados preparando a los niños para el éxito. Paradójicamente, nuestra búsqueda de éxito es lo que nos conduce al fracaso.

El estudiante adolescente ¿Qué debería hacer entonces? Es complejo el escenario, ya que gran parte de los referentes a los que puede mirar están perdidos en la misma tormenta. Pero el panorama no es tan pesimista.

Aquí es donde entra la guía que los docentes, padres y otros actores de su entorno pueden aportar. Se puede, poco a poco, ir mostrando la opción alternativa. El camino poco transitado que pone en el centro al ser humano y sus necesidades más profundas, el camino que nos muestra   que desvivirse por conseguir “estabilidad” (ficticia por cierto) y obedecer las órdenes de la industria publicitaria que nos manda a comprar cuenta tontera existe, ya son ideas obsoletas.

Una vida sencilla es posible. Una vida con sentido. Una vida donde yo de verdad pueda elegir a que actividad dedicar mi tiempo y mi energía, una vida que le aporte creatividad al colectivo. Esta opción ciertamente puede pasar por la vía universitaria, pero todo va a depender de la mirada que uno sostenga al transitar estos caminos.

La decisión más importante no es esa a la que le tememos al salir del colegio, la decisión más importante es elegir vivirse a fondo el tiempo que la vida nos ha dado, y cuando se toma esa decisión, lo “demás” suele acomodarse casi automáticamente.

El miedo al fracaso se quita fracasando. Equivocarse es una de las etapas de la creatividad. Perseguir el éxito suele alejarlo. Tener en mente estas ideas al “elegir” qué hacer con nuestras vidas le aligera la carga a cualquiera, a los adolescentes que están por tomar esas decisiones, y también a los más adultos, aquellos que decimos sin pudor: “aún no tengo idea que quiero hacer con mi vida, pero la estoy disfrutando”