La transgresión silenciosa

Si cada uno de nosotros se hiciera cargo de sí mismo, creando una vida con sentido, una vida con la cual sentirse en paz, sería inevitable que colectivamente “el mundo” empezara a cambiar.

Hay personas que lo han logrado, algunas de ellas se convirtieron (o los convirtieron) en grandes maestros, otros viven en el anonimato y nos topamos con ellos todos los días.

Podemos lograr cierto estado de paz, cierta libertad dentro de un sistema que nos coarta y comprime cada día más.

Sería fácil llegar hasta ahí, quedarnos tranquilos porque hicimos nuestra parte, nos ocupamos de nosotros mismos, y así, desentendernos de la colectividad. Sin embargo, con esa libertad y esa paz personales, llega algo que muchas veces no sabríamos que llegaría, y eso es un sentimiento de responsabilidad por el estado de los demás, y del mundo a fin de cuentas.  Es la letra chica del contrato del camino a la felicidad: la felicidad es colectiva, no individual, transciende mi pequeña personalidad.

Ese aparente estado de equilibrio que uno puede disfrutar después de haber realizado cierto “trabajo personal” es muy breve, si se lo intenta mantener se cae incluso en el egoísmo. Es inevitable la aparición de “el otro”.

Esto ciertamente encarna un “problema”: ¿Cómo abordo al otro? No puedo ir y empezar a desarmar la construcción de la realidad que los demás se han armado, porque les está sirviendo para vivir. A ninguno de nosotros nos gustaría que viniera alguien y empezara a criticar cada una de las cosas que hacemos porque supuestamente no nos llevan a un estado de equilibrio, salud o paz. Sin embargo este mismo punto encarna una gran contradicción, ya que quizás un fuerte remezón sea justamente lo que necesitamos.

Las construcciones de la realidad que hemos creado (por lo menos las observadas en el mundo occidental industrializado) necesitan una revisión y una re.edición, básicamente porque nos están arrastrando a un estado enfermizo, donde la publicidad nos hace creer que tenemos necesidades que en realidad no tenemos, donde lo que comemos nos está enfermando, donde nuestra concepción de éxito nos hace dedicar nuestra vida a una rutina esclavizante para alcanzar y sostener un nivel de vida que me dijeron que era “deseable”.

La transgresión, que rompa con esa concepción del mundo, debe ser inteligente, silenciosa, profunda y personal. Empieza contigo, conmigo, en lo cotidiano, observando que en realidad no necesito tantas cosas, que no tengo tantas necesidades como me hace creer la industria publicitaria, que merezco comer mejor, que tengo que ampliar mi batería de creencias, que me haría bien cuestionar lo que creo que sé, lo que me han dicho.

Se puede vivir libre, gastando poco y siendo útil para los demás. El punto es que ese nivel de vida echa abajo muchos negocios. Se puede vivir en paz, se pueden compartir las comprensiones que voy teniendo y que me van acercando a esa forma de vivir.

La transgresión es una autotransgresión, es violenta, porque desarma mi mundo y me obliga a reconstruirlo, pero no es bulliciosa, no es escandalosa. Es profunda porque me aporta una nueva mirada, pero no pierde tiempo mostrándose. Tiene que haber una re.educación que también es una autoeducación. Nos hace bien conservar la “mirada del principiante”, que se sorprende porque amanece y eso le basta para sentirse agradecido.  Una mente principiante es una mente fresca, por ende dispuesta a aprender y libre para observar.

Esa es la transgresión subterránea, uno a uno, donde nos co.inspiramos entre todos para seguir desaprendiendo y avanzando. Es más un proceso de aprendizaje que una pelea contra el mundo. Es un proceso de “darse cuenta” de que somos más amplios de lo que nos dijeron que éramos, que nos toca a nosotros inspirarnos mutuamente, no erigiéndonos a nosotros mismos como portadores de la nueva verdad y el camino hacia la salud y la paz, sino simplemente compartiendo lo que nos ha ido dando resultados, para que le sirva también al otro. Es mostrar que la opción existe, los demás decidirán por cuenta propia que hacer, igual que nosotros.

Uno a uno. Tú Eres el mundo que hay que cambiar.

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Esta entrada fue publicada en Palabras.

Un comentario el “La transgresión silenciosa

  1. Juan dice:

    Me quedo con la última frase: Tú eres el mundo que hay que cambiar.

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