Desde lo local a lo global

En el proceso de experimentación del mundo, muchas veces nos deslumbramos por métodos, formas y tradiciones de lugares exóticos, a los que por desconocimiento les cargamos a veces un misticismo exagerado, sobrevalorando quizás lo que realmente son y menospreciando en el camino a toda la sabiduría que tenemos alrededor nuestro. Mientras más fácil se nos hace acceder a toneladas de información sobre culturas lejanas, más caemos en el error de despreciar lo local.

No estoy diciendo que lo “ajeno” y lo “extranjero” carezca de valor, lo tiene ciertamente, me refiero a no despreciar lo local en el proceso de aprendizaje. Hemos nacido en un territorio y mi exploración del “resto” del mundo tiene que partir por el reconocimiento e integración de ese territorio (algunos estarán de acuerdo en decir que incluso hemos elegido nacer en determinado territorio)

Somos mamíferos, primates y humanos. Como mamíferos tenemos una forma de percepción del mundo de la que no nos podemos desentender. La experimentación desde lo local empieza incluso por la aceptación de que nos estamos viviendo el mundo desde el rol de un animal más o menos inteligente en pleno proceso de evolución. Además, hemos nacido en un contexto cultural y geográfico que nos determina en mayor o menor grado desde que nacemos. Es desde aquí desde donde tendría que empezar nuestro proceso de expansión.

No estoy diciendo que “somos” nuestras determinaciones locales, no me refiero a que debamos apegarnos a lo local, porque en el fondo y en un nivel sutil, tampoco somos eso, sino que lo estamos experimentando temporalmente. Lo que estoy diciendo es que no podemos negarlo, porque es un aporte, una batería de habilidades y herramientas basal con la cual puedo “salir al mundo”

Hay un ejemplo que refleja muy bien este tema: la celebración del Solsticio de Invierno, fecha a la cual la cultura cristiana asoció la Natividad.

A veces hay cosas obvias, pero que a pesar de serlo, se nos olvidan. Los solsticios han sido y aún son fechas de mucha importancia para los seres humanos desde los orígenes de nuestra especie. Somos mamíferos que hemos desarrollado la agricultura y que dependemos de ella para sobrevivir (si, los alimentos que hay en el supermercado vienen de la tierra). En este arte del producir alimentos es necesario conocer muy bien la ciclicidad natural de las estaciones, lo cual es la base para el desarrollo de una buena agricultura.

Esta es una de las razones de la importancia de estar atento a los ciclos naturales (entre otras muchas, algunas no tan relacionadas con la alimentación). Con solo este dato ya podemos comenzar a entender (o a recordar lo que siempre hemos sabido) la “sacralidad” de los ciclos naturales: básicamente vivir alineados con ellos nos ha mantenido vivos a lo largo de nuestra historia.

Al solsticio de invierno se lo asocia con el comienzo del año, es la fecha en la que el Sol comienza a acercarse nuevamente a la tierra, aumentado con ello cada día la cantidad de luz y calor. Y lo obvio es esto: en el hemisferio Norte el solsticio es alrededor del 21 de Diciembre, pero en el hemisferio Sur es alrededor del 21 de Junio. Lo que hemos hecho, como sociedad globalizada alejada de lo local, es olvidar eso, y regirnos por el calendario acomodado a las fechas del hemisferio Norte (que es donde históricamente se han ubicado los centros de poder que “marcan las pautas del mundo”)

Entonces, en el hemisferio Sur celebramos una fiesta basada en el solsticio de invierno, pero en la fecha correspondiente al solsticio de verano. En las tiendas se promociona una Navidad invernal, con nieve y árboles exóticos, ajenos al territorio, con personajes vestidos con ropas abrigadas, y lo más raro, es que creemos que es normal.

No hay ningún problema en conocer las celebraciones de otras regiones del mundo, pero el inconveniente reside en que hemos sobrevalorado algunas en desmedro de las propias ¿Cuántos de nosotros le damos la misma sacralidad al solsticio de Invierno del hemisferio Sur? En rigor, ese es nuestro año nuevo.

Cada cultura tiene sus ritos, y la mayoría de estos ritos están arraigados o determinados por la territorialidad. Extraer un rito, celebración o técnica, desentendiéndome del contexto en el que fue concebida, puede ser una puerta de entrada a una confusión.

Investiguemos, compartamos, experimentemos, todo nos puede enseñar algo, todo puede sumar y contribuir a nuestro desarrollo o a satisfacer nuestra curiosidad, pero partamos por lo local. Hemos nacido en un territorio, con un pulso natural, con una frecuencia si se quiere, con un cielo distinto (depende del lugar en donde estemos será la visión que tengamos de las estrellas).

Propongo eso, que nuestra experimentación del mundo sea global, pero que tenga sus raíces bien puestas en lo local, no sobrevalorar ni despreciar, observar sin volverme hacia afuera. No sea que vayamos a caer en lo que podríamos llamar la “espiritualidad de supermercado”, paseando fascinados mirando las vitrinas llenas de productos exóticos sin haber probado los sabores de la tierra que nos vio nacer, sin tener la más mínima idea de cómo se trabaja la tierra, sin haber nunca puesto una semilla, un semilla de ese producto local que puede llegar a ser muy sabroso.

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Esta entrada fue publicada en Palabras.

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