Sobre las instituciones

Cuando uno permanece mucho tiempo amarrado a una institución, poco a poco deja de pensar por si mismo y empieza a aceptar como propio el pensar de la institución.

No importa si es una institución militar, religiosa o dedicada al altruismo, es una institucionalidad que necesita de la alienación de sus participantes para sobrevivir.
El propósito de la institución puede ser muy noble (y muchas veces así es) pero el precio que uno paga es caer en un servilismo que subyuga la libre voluntad a la voluntad de la institución.

Por un tiempo uno se siente bien, la institución nos es útil porque nos brinda un propósito y nos da un sentido de pertenencia, y al mismo tiempo nosotros le somos útiles a la institución ayudándole con la mejor de las disposiciones a cumplir sus objetivos.

El problema llega cuando creemos que nosotros somos la institución, y que su sentir es nuestro, y que su pensar es nuestro, al punto de que nos ofendemos a nivel personal cuando los formas de actuar de la institución son cuestionadas (formas que muchas veces nada tienen que ver con nosotros en lo más intimo)

Entonces ya me identifique, me atraparon, cedí un poco de mi intimidad ¿quien soy yo si no estoy ahí? ¿cual es mi propósito si dejo de estar ahí?

Es bueno cuidarse de esto. Las instituciones están para el servicio (ojala de los intereses más elevados) pero son corruptibles, tienen su luz y su sombra.

No perdamos nuestra valiosa intimidad, nuestra valiosa individualidad poniéndola por debajo de intereses que si bien pueden ser muy nobles, si nos descuidamos, nos pueden absorber la vida.

Hay que recordar, que independiente de donde estemos, el único lugar en donde no podemos dejar de estar es en nosotros mismos. Actuar siendo fiel al sentir personal que nos acerco a uno u otro lugar. Observar, atento, si aún puedo ser quien soy en medio de lo que se me pide que haga, no transar. Cuando estoy en mi, mi ser y mi actuar son uno solo.

Todo en su justa medida.