Sicodélicos y el derecho de experimentar distintos estados de conciencia

Ningún psicodelico debe ser usado por recreación, ellos tienen una misión seria e importante para con la humanidad.

Graham Hancock.

“En nuestra sociedad tenemos una historia de amor con el alcohol, la más aburrida de las drogas. Adoramos nuestros estimulantes, como el té, el café, las bebidas energéticas, el azúcar.

Todas esas sustancias alteran la conciencia, pero de una manera en que no contradecimos el modo de funcionamiento actual de nuestra sociedad, al contrario, nos hace serle útiles al convertirnos en seres productivos y centrados en lo que “hay que hacer”.

Todo esto es muy bueno para el comercio, para mantener el deplorable estado ambiental en que vivimos, para mantener las guerras, bueno para la política., es decir, para mantener viva a una sociedad que ha tocado fondo”

Salir de la comodidad

Hay cosas que nos indignan: la contaminación, la violencia, el poder del dinero, la manipulación de la información, la pobreza, el sufrimiento y la mala distribución de la riqueza, entre otras cosas con las que, lamentablemente, se podría hacer una muy larga lista.

Es bueno indignarse, alzar la voz, decir algo y mejor aún: hacer algo. Indignarse frente a estas situaciones es la forma en que nos damos cuenta de que algo va mal, es una alarma que nos advierte que algo estamos haciendo mal. Sin embargo muchas veces solo nos quedamos ahí. Nos sentamos frente a nuestras pantallas a observar indignados como “otros” sufren y como “otros” provocan sufrimiento. Pero nos quedamos ahí. Es más fácil indignarse y vociferar que hacer cambios reales, porque esos cambios nos sacan de nuestra comodidad.

Critico al “sistema”, pero en mi cotidianeidad (único espacio sobre el que tengo un cierto control) mis acciones están totalmente alineadas con la forma de funcionamiento de aquello que critico. Si me indignan las abusivas prácticas empresariales, por ejemplo, lo coherente sería dejar de adquirir los productos de esas empresas; si estoy consciente de que la forma en cómo me alimento me está matando,  dejo de consumir los alimentos que sé que me mantienen enfermo; si sé que me están entreteniendo para que no me ocupe de lo medular, dejo de consumir programas de televisión que me mantienen distraído y que siempre tratan de venderme algo. Pero no lo hago, me resisto, porque empezar a hacer eso es movilizarme hacia una forma de vida que me aleja de lo cómodo que estoy.

También puedo argumentar que mi acción individual es irrelevante dado el contexto global en el cual estamos inmersos, pero una pequeña acción individual siempre tiene repercusiones, porque estoy asumiendo el control sobre aquella pequeña parte del mundo sobre la que si puedo hacer algo: mi propia vida.

Es fácil alegar, pero cuando la acción a realizar atenta contra nuestra comodidad, ahí nos engañamos diciéndonos que está todo muy bien, seguimos enganchados a nuestras pantallas comprando, día tras día, la imagen de la sociedad que tratan de vendernos, esa de la cual dicen que es un milagro del desarrollo económico, pero que es la tumba para el desarrollo del espíritu humano.

Autocensura Emocional

Resulta curioso ver que, a pesar de que vociferamos las bondades de la libertad, tenemos la costumbre de censurarnos unos a otros, y también a nosotros mismos.

Por ejemplo, hemos convertido en un tabú la expresión de las emociones “negativas”, lo primero que le decimos a alguien que está triste es: no estés triste. Lo matamos. Le negamos de base la salida, le negamos la expresión de lo que sea que esa persona esté sintiendo ( y que claramente necesita dejar salir).

Le pusimos un velo de negatividad a emociones como el odio, el rencor, la tristeza, el miedo, cuando en el fondo son expresiones del espíritu humano, emociones tan válidas y libres de ser expresadas como sus “contrapartes”

¿Porque te vas a negar la expresión de lo que sea que quieres expresar?

Básicamente nos autocensuramos porque nunca nadie nos enseño que expresar ciertos estados es saludable. Tenemos una reacción violenta, y lo primero que recibimos es el juicio. Estamos tristes, y todo el mundo nos aconseja dejar de estarlo. La emoción negativa debe ser transitada, de lo contrario nunca podrá ser trascendida.

Por otra parte tenemos el otro extremo, cuando nos quedamos masticando esas emociones (convirtiéndolo quizás en una sobreexpresión que más que buscar transcender el dolor, se regocija en él) porque, volvemos a lo mismo, nunca nadie nos enseño como “gestionar” esa expresión emocional. Carecemos de la educación emocional para hacerlo. (pero este es otro tema)

Pero volviendo al primer punto, repito la pregunta ¿Por qué me voy a negar la expresión de un estado que sé que estoy transitando? ¿Por qué voy a criticar o negarle al otro que exprese sus emociones “negativas”? El tema es complejo y tiene muchas aristas, pero lo que quiero expresar es que la autocensura emocional es antinatural. Somos seres amorosos y emocionales (antes incluso que racionales), y es natural que todo aquello que debe ser dicho, sea dicho.