La utilidad de los juicios

Mucho se proclama como virtud el “no juzgar”, pero a pesar de ser considerado un gran paso en el camino de la comunión con los otros, el  acto de juzgar tiene una faceta útil: le sirve a quien juzga para darse cuenta de que es lo que le molesta de sí mismo (esto siempre y cuando se logre ver con altura de miras).

El juicio es hijo de la separación, del sentimiento ilusorio de que estamos separados. Cuando uno acepta que somos parte de una trama, que somos como gotas conformando un gran océano, uno logra darse cuenta de que “el otro” ( todo “lo otro”) está actuando como un espejo que me devuelve imágenes de aquello que estoy siendo, y dentro de eso hay imágenes que nos gustarán y otras que intentaremos negar, pero que independiente de la aversión que podamos sentir por ellas, son parte de lo que somos.

El “juzgado” seguirá viviendo como vive con o sin las replicas o críticas del juzgador. Mientras este último seguirá viviendo en la ilusión de que el otro es “aparte”.

Si se quiere hacer algún cambio, hay que partir por adentro, ya que lo único que educa y es “enseñable” es lo que uno ES. Enseñar significa mostrar, señalar algo, y lo único que puedo mostrar es lo que soy, no lo que digo que soy o lo que me gustaría ser. Cuando yo digo, por ejemplo,  que no me gusta el futbol o la tele (o expreso mi aversión por cualquier cosa que “juzgo” por “debajo” de mi por inmoral,  por estúpido o por simple) en realidad no estoy enseñando nada, solo muestro que cierta cosa a mi no me gusta. Es casi una queja pueril, un intento de diferenciarme de aquello que a mí no me gusta. Una autodefinición a través de la negación del otro.

Lo que enseña es la convivencia, la experiencia compartida, el espacio conversacional, y ahí el juicio, la queja y similares no sirven mucho. Hay que hacer lo que hace sentido. No imponer tampoco “mi sentido”; compartirlo si, con la esperanza de que en el compartir haga eco.

¿Por qué ocupo la palabra enseñar? ¿Qué pasa si yo no quiero enseñar? Lo queramos o no, todo enseña, porque todo influye en algún grado. No estoy separado ( ni menos por encima) del mundo. Por lo que el simple hecho de relacionarme con otro pone de manifiesto la responsabilidad que tengo como parte de una trama donde todo influye en todo.

Se puede llevar a un nivel consciente y tratar de hacer aportes útiles a la convivencia colectiva, pero aún cuando se viva de modo inconsciente, el ser humano esta inseparablemente unido a las consecuencias de lo por él dicho, hecho o expresado en la forma que sea.

Un ser consciente es un ser responsable, un ser humano debería darse cuenta de que es un ser responsable. Este es solo un paso más en el camino de la impecabilidad.

Seres ilimitados

Somos ilimitados, sin embargo estamos viviendo en un plano material como seres humanos. ¿De qué nos sirve ser ilimitados e infinitos en un plano donde para actuar y relacionarnos bien podría ser útil movernos a través de ciertos límites?

Sería ideal actuar en el plano que estamos sin olvidar nuestra verdadera naturaleza, pero conscientes al mismo tiempo que elegimos el camino humano con las “limitaciones” y definiciones que este tiene.

Para estar aquí es necesario “definirme”, ya que es una forma de crearme a mí mismo, así es como elijo que parte de la totalidad expresar en este momento. Cada acto, palabra y sentimiento es un acto de autodefinición que dice: esto es lo que estoy siendo ahora, pero bajo eso sigue estando, seguimos siendo, el creador ilimitado.

El problema viene cuando me identifico con mis definiciones, incluso cuando esas definiciones son aparentemente amplias  (como ser solo inteligentes, sabios y  luminosos todo el tiempo, sin permitirme hacer algo que se salga de ahí)

En casos extremos, es como si padeciéramos de  un “complejo de autodefinición”, es decir, la necesidad (o necedad) de querer diferenciarme, de querer saber quien soy a través de aquello que es efímero, apegándome a aquello que creo que soy ( mis roles, mis éxitos, y todo aquello que considere positivo en mi, aunque hay casos donde también nos aferramos a nuestras definiciones “negativas”).

Otra aspecto donde surge esta necedad de apegarnos a la definición es cuando denostamos lo ajeno o al otro o sus gustos, para remarcar que “yo no soy eso”. En el fondo, quizás, esa actitud solo muestre el miedo oculto y subterráneo a expresar yo mismo aquello que denosté “afuera. Por ejemplo, cuando alguien remarca su aversión por algo que “estupidiza a la gente”, solo está reaccionando frente al miedo que le provoca verse siendo a sí mismo un estúpido, cuando esa estupidez esta dentro de todos.

Aquí se juntan los dos puntos: como somos ilimitados, tenemos el potencial para expresar TODO lo que existe y es imaginable (somos al mismo tiempo luminosos y oscuros, inteligentes y estúpidos), por lo que lo único que hago cuando me cierro (mediante la crítica o la negación del otro) a ciertas posibilidades, es  negar una parte de mi mismo que estoy viendo reflejada en el otro. Somos todo lo que existe, ¿Por qué me negaría la posibilidad de expresar una parte del todo?

El punto es hacer lo que te haga sentido, soy potencialmente todo, pero elijo ser aquello que me sea útil para expresar aquella parte de mí que me hace sentido. Esto no va separado de darle al otro la posibilidad de expresar aquella parte del todo que para él/ella tenga sentido.  ¿Quién soy yo para criticar a otro? Puedo señalarle que, quizás, lo que está haciendo no sea útil para algunas cosas, pero si lo rechazo solo está hablando el miedo que tengo de verme expresando a mi mismo eso que veo afuera.

Amar tiene que ver con dejar que el otro aparezca, completo. Para dejar que el otro aparezca tengo que soltar el juicio, bajarme de mi trono imaginario donde “yo se”, es un primer paso para dejar aparecer al otro, y por ende, amarlo.

El no juicio, el desapego a las ideas de mi mismo, la empatía y el recordar que somos seres ilimitados experimentándonos momentáneamente como seres que quizás necesitan definirse, abre la puerta a la aceptación de lo que es, tal cual es. Abre la puerta a amar.

 

 

“Tu fe te ha salvado”

Buscamos la salud muchas veces sin tener idea de que es la salud. La imaginamos como un estado de equilibrio, donde el cuerpo/mente/sexo/emociones funcionan bien, un estado sin dolor al cual llegaremos si nos “sanamos”. Ciertamente suena a ideal. Sin embargo, la salud no es un estado estático, es más bien una forma, una actitud con la cual se camina por la vida.

Si consideramos a la “salud” como un estado en el cual no solo entra en juego el equilibrio y buen funcionamiento de nuestra fisiología mamífera, sino también otros aspectos más sutiles (emocionales y hasta espirituales), esa salud a la que podemos aspirar reside en adoptar y abrirnos a formas de vida que nos acerquen a lo que somos, que nos aligeren, que no entorpezcan el libre flujo de la vida a través de nosotros. De aquí que se hace útil adquirir y practicar hábitos alimenticios, de descanso, de limpieza, etc. que nos permitan conectar con esa salud que ya portamos ( y digo que ya portamos, porque ese estado al que aspiramos llegar ya nos es natural y de alguna manera ha sido bloqueado por diversas causas, por lo que volver a “acceder” a ese estado pasaría como ya dije por, “simplemente”, restablecer el libre flujo de la vida a través de nosotros)

Ligado a esto está el tema de aquellos que intentan vendernos salud, y nos hacen creer que con una pastillita, un cursito o unas sesiones de la terapia que sea, quedaremos sanos. Siento que el estar sano es llegar a un estado que probablemente nos tome la vida entera, cada terapia, meditación o sesión de lo que sea que hagamos, constituye una puerta que atravesar en un camino que quizás sea muy largo. Mantener ese estado es un trabajo cotidiano y personal.

En palabras de Guillermo Borja “La única curación que uno puede brindar es que uno ha reconocido el sufrimiento de uno mismo, el dolor en uno mismo y los ha trascendido”, es decir mostrar lo que has hecho contigo mismo. Nadie puede curarte si  no quieres (así como nadie puede dañarte si tu no lo permites, en realidad nada de lo que te pasa es en contra de tu voluntad).

Lo que podría pasar (y que de hecho, pasa) es que al ver que el otro pudo con su dolor, uno se inspire y encuentre dentro de si mismo esa misma voluntad para trascender el propio dolor  (y ese otro puede ser un amigo, maestro, gurú, terapeuta, santo, chaman, viejo, vieja, señora que vende fruta y mantiene a siete hijos)

No desestimo la ayuda que podamos dar o recibir. Es importante recurrir a quienes ya se han recorrido el camino, pero siempre recordando que no vamos a ellos para que nos sanen, sino para que nos ayuden a despertar adentro a nuestro propio sanador.

Desde Jesús hasta los terapeutas de nuestros días lo dicen: “tu fe te ha salvado”.

Análisis del Árbol Genealógico y Lecturas con el Tarot de Marsella

 

Detenerse y reflexionar sobre lo que se está haciendo (y cómo se está haciendo) es el primer paso para ir puliendo nuestra vida y nuestras relaciones.

Analizar la trama de relaciones de nuestro árbol genealógico es mirarnos a nosotros mismos, porque lo veamos claramente o no, nosotros somos esa trama. El observar la historia de nuestra familia es un ejercicio de auto observación, una puerta de entrada a esa tarea de toda la vida que es conocerse. Y es una buena puerta para comenzar, ya que es desde el árbol que nosotros heredamos la forma en cómo nos paramos frente al mundo.

Fortalezas, virtudes, herramientas, pero también comportamientos dañinos y heridas. Están todas ahí, esperando que miremos.

Por lealtad al clan, porque en nuestra familia “las cosas siempre se han hecho así”, repetimos comportamientos, formas de relacionarnos, fracasos. Dar una mirada a la dinámica de nuestras relaciones familiares es un paso en el camino para “dejar de repetir”, entendiendo que solo me puedo sacar de encima aquello que he notado que llevo encima, aquello de lo que me hago consciente.

La auto observación y el desarrollo personal no pueden estar separados del proceso de reconocimiento y aceptación de nuestros ancestros, no hay posibilidad de “by-pass”, no se puede  dar un rodeo en torno a la trama de relaciones que nos dio la vida, ya que en todo momento los llevamos adentro. Somos el fruto de esas relaciones.

En este proceso de análisis, el Tarot resulta ser una gran herramienta de apoyo para irnos ayudando a ordenar esa historia, debido a que nos permite ver eventos y situaciones que a simple vista obviamos y no aceptamos de manera consciente.

.¿Te atreves a mirar?

Para consultas escribe a lenicolastamayo@gmail.com. Duración: 1 hora y media aproximadamente.

Lectura presencial en Santiago de Chile, costo $20.000

Lectura para otros países vía Skype, costo US$37

Tarot Marsella