La aventura del proceso creativo

Dentro del proceso creativo a veces no sabemos como empezar a materializar las cosas, situaciones o elementos que deseamos.

En parte esto ocurre porque no sabemos pedir, de hecho “pedir” ya es algo que no ayuda. Cuando elevamos una petición, indirectamente estamos asumiendo que carecemos de aquello que pedimos, ya que ¿para que voy a pedir algo que ya tengo o que ya soy?.

Una solución sería dar por sentado que ya tenemos o somos aquello que queremos ver manifestado. Una herramienta para hacer esto es agradecer. Cuándo agradezco lo que ya tengo, voy generando un impulso creador. Ser agradecido abre la puerta a todo aquello que queremos ver manifestado. En vez de pedir (y generar el sentimiento de carencia) agradezcamos aquello que queremos como si ya lo tuviéramos (así generaremos un sentimiento de abundancia).

Por otro lado, otro “error” que se comete en el proceso creativo es invertir el paradigma “ser, hacer, tener”. Nos acostumbraron a pensar que primero hay que tener (dinero por ejemplo), para luego hacer (una actividad, una acción, pagar por algún producto) que finalmente nos llevará a ser (más feliz, por ejemplo). En realidad es mucho más simple.

Cuando estoy conciente de que en este momento Yo Soy (feliz, por ejemplo), voy haciendo cosas producto de ese “ser feliz” ( como dedicarme al servicio), para finalmente terminar teniendo (dinero para vivir, una casa, comida etc).

Estos dos puntos pueden ser de mucha ayuda al momento de abordar la aventura del proceso creativo. El potencial creador que tenemos se expresará de mejor manera si nos situamos en un contexto de gratitud y al mismo tiempo recordamos que el ser, lleva al hacer y termina con el tener.

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Sanar la ciudad

Vivir en comUnidad es un ideal al que deberíamos apuntar. Apuntar a ser como Uno, a relacionarnos sabiendo que el otro es una parte de mí.

Nos agrupamos en ciudades que tienen centros de comercio, fuentes importantes de trabajo, comodidades, entretenciones, pero no vivimos en comunidad.

La ciudad nos mantiene prisioneros, nos ofrece un aire enrarecido, nos hace vivir hacinados. Calles donde hay más basura que árboles, más autos que bicicletas, más cemento que tierra.

La ciudad está enferma, y aún así la amamos. La amamos, pero también la odiamos. Nos quejamos de todo lo que nos ofrece, pero no dejaríamos su comodidad para ir a vivir a una zona rural, sin electricidad, sin malls o supertiendas.

¿Qué hacer entonces frente a esta relación fluctuante, frente a este pesar voluntariamente soportado?

La ciudad está enferma, pero no muerta. Podemos sanar nuestra urbe, embellecerla. Volver a conseguir que el centro de la ciudad sean las bibliotecas, las plazas, los mercados y dejar de lado a quienes han usurpado sus lugares, los centros comerciales, las tiendas que ofrecen la felicidad en cuotas.

No niego la ciudad, es hija de la civilización, pero el humano a fin de cuentas es un animal, un animal urbano, pero animal. No podemos negar nuestra animalidad, esa necesidad de sentirse protegido bajo la sombra de un árbol, o acogido por los rayos del sol de la mañana. ¿Cómo es posible que haya quienes salen de su casa sin ver el amanecer, pasan el día en un edificio, y vuelven cuando el sol ya se ha puesto? ¿Cómo puede haber personas que  apenas se vislumbra la lluvia se aterran porque no tienen refugio?

La ciudad está enferma y nos corresponde sanarla. La arquitectura deber estar orienta a este propósito, a integrar a todos los actores urbanos, a generar un ambiente amigable. El diseño debe realizarse considerando nuestra necesidad mamífera de tener contacto con la tierra, ya basta de vivir rodeados de cemento, químicos y humo.

La ciudad está enferma y nos corresponde sanarla. Si nosotros empezamos a vivir de manera sana, la ciudad se sana. Comer sano, vestir sano, pensar y actuar sano. Lo que hacemos repercute en el Mundo, sanar la ciudad es nuestra responsabilidad.

La tierra sigue viva bajo el manto plomizo que la cubre, escuchémosla.